Fernanda Vieyra Valdivia
Estudiante de la Licenciatura en Humanidades y Gestión Cultural
Mientras agarro una guitarra abandonada
que un gris polvorín cubre su madera rosada,
y la limpio, recuerdo una dulce melodía
que a mi memoria llega desvaída.
Cortada como el vuelo del pájaro negro,
sus plumas toman el aire como juego
que se postró en mi ventana observando
esa guitarra que me vivía tocando.
Al volver a voltear el de pico amarillo, voló
de la ventana para posarse en un árbol;
con las alas rotas que se enseñó a usar
su vida entera esperando a poder volar.
Saldría teniendo las cuerdas entre mis dedos,
rasgando una canción conocida por mis miedos,
recordando a aquel mirlo que me observa
desde la distancia que en las nubes reserva.
Mi voz rota, por el momento, que olvide
por dolor que mi mente jamás me pide,
el mirlo lo recordaba volando alrededor
de un familiar que me hizo un favor.
No me podía acercar mucho, era asustadizo
pero era sonriente, era sorprendente, era único;
me hubiera gustado conocerlo un poco más
antes de que sus alas se extendieran de más
y volara lejos de todos, de mi tía, su gran amor,
de su familia y la mía... Lejos de cualquier dolor.
Tampoco aguantó, como yo, la vida humana,
y ambas deseábamos volar por la ventana.
Solo que yo me frené y ahora solo puedo tocar
aquella música para recordarte, para evocar
que mi memoria jamás olvidará aquel mirlo,
ni esa canción que mi tía cantó, cuando el ave voló,
sellando su adiós.
















