En la frontera del miedo, la belleza de atreverse: Mi historia misionando en África
29/08/2025
Autor: Emiliano Montes García
Foto: Cortesía

 Emiliano Montes García, estudiante de Ingeniería Biónica en la UPAEP, comparte cómo su vivencia como misionero en África lo llevó a superar miedos, abrazar nuevas culturas y descubrir la fuerza de la fe y el servicio.

 

“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” (Hechos 4:20)

 

El alma no puede callar aquello que es visto con el corazón. Querido lector o lectora, este texto presenta mi experiencia como misionero en África; en particular, en Kenia, lugar donde pude conocer a personas increíbles, encontrar una cultura única, descubrir una espiritualidad hermosa e incluso ser testigo de realidades sociales muy complejas. Este proceso no solo representó una profunda transformación personal y espiritual, sino también una de las mayores aventuras de mi vida. A continuación, me gustaría compartir un poco de esta experiencia contigo.

Al inicio tenía miedo. Jamás había salido del país y, de un día para otro, me disponía a viajar al otro lado del mundo, a un lugar que solo conocía en los mapas. Por momentos me preguntaba si tenía la formación suficiente, tanto profesional como espiritual, para realizar esta misión; sin embargo, el tiempo me mostró que era imposible estar 100% listo. Siete meses de preparación, una misión en la Sierra Tarahumara y otra en la Sierra Norte de Puebla no hicieron más que evidenciar lo mucho que aún tenía que aprender y todos los aspectos en los que podía mejorar. Entendí que nunca tendré todas y cada una de las herramientas necesarias para resolver los problemas del futuro; de hecho, es todo lo contrario: buscar el contexto perfecto para actuar solo provoca que jamás lo hagas. Una misión laica no se trata de convertirte en un “doctor de la fe”, sino en tener un corazón genuinamente dispuesto a amar y dar aquello que te hace único. Es a través de esa entrega como podrás aprender lo que necesites en el camino.

Después del miedo, vino el asombro. Como dice el dicho: “No hay fecha que no llegue ni plazo que no se cumpla”. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba a 14,000 kilómetros de casa, haciendo algo que hace años solo podía atreverme a soñar. Para dar un poco de contexto, en total éramos cuatro equipos formados por estudiantes de la UPAEP y la UIC. Dos de ellos misionaron en territorio masái (ubicado a unas cuatro horas de la capital), mientras que los otros dos lo hicieron en zona urbana, en especial en Kibera, uno de los barrios marginales más grandes de África. Nuestro equipo entraba en esta última categoría. La misión comenzó casi de inmediato: llegamos a Kenia aproximadamente a las 11 de la noche, y apenas 30 minutos después ya estábamos en la parroquia que sería nuestro hogar durante los siguientes 40 días. 

Tras el asombro, nació el amor. Nuestros primeros días no se trataron de conocer la parroquia, sino su corazón: su gente. Cada uno de los miembros de la comunidad nos hizo sentir genuinamente bienvenidos; desde una sonrisa hasta un saludo sincero, ninguno dudó en recibirnos con los brazos abiertos e incluso abrirnos las puertas de sus hogares. La hermana Priscila, Pamela, Bryan, Vincent, todos los niños de la escuela parroquial y todas las personas que conocimos se volvieron parte crucial de la misión. A través de ellos aprendimos sobre la entrega y el verdadero significado de dar la vida por los demás. Gracias a su ejemplo y a su trato lleno de amor, como misioneros terminamos siendo misionados. Sin darnos cuenta, dejamos de ser “Muzungus” para volvernos “Rafikis”, es decir, dejamos de ser extranjeros para volvernos amigos.

Entonces pude vivir toda una vida en 40 días. Nuestra misión se centró principalmente en poner nuestros talentos profesionales al servicio de un proyecto de impacto social. En particular, realizamos actividades formativas para incentivar la vivencia de valores dentro de las escuelas. También organizamos dinámicas para hablar de temas como drogas, pandillas y violencia con adolescentes y jóvenes de Kibera. Pero no nos limitamos a ello: también tuvimos la oportunidad de visitar enfermos, acompañar a otros equipos misioneros y participar en actividades en internados, prisiones y casas de hermanas consagradas.

El acompañamiento religioso fue la experiencia más bella de todas. Las celebraciones litúrgicas en África son completamente distintas de las que se viven en México: pueden durar hasta dos horas y en todo momento hay cantos, bailes, tambores y una alegría contagiosa. Los tiempos de adoración y la intensidad con que la gente abraza su fe te dejan genuinamente sorprendido. Algo importante de mencionar es que Kenia tiene una gran diversidad religiosa, lo cual ha sido aprovechado por congregaciones como los Misioneros de Guadalupe para promover iniciativas de diálogo interreligioso que beneficien a la comunidad en general. Incluso tuve la oportunidad de participar en una mesa de diálogo entre sacerdotes católicos y el equivalente a seminaristas musulmanes.

Ahora es tu turno. Querida lectora y querido lector, después de esta misión regresé con muchos aprendizajes, reflexiones y anécdotas. Genuinamente puedo decir que cada momento de duda y miedo valió la pena. Realmente hay muchas más cosas que no conté y mil vivencias que cada vez que recuerdo me sacan una sonrisa. Sin embargo, quiero aprovechar estas últimas palabras para invitarte a buscar tu propio “Kenia”. No te canses de perseguir lo que deseas, de dar ese salto que parece imposible. Personalmente aún tengo un gran camino por recorrer para encontrar esas “Kenias” que me esperan. Incluso cuando algunas me aterran, estoy dispuesto a darlo todo para alcanzarlas.

En ese mismo sentido, te invito a hacer lo mismo: no desistas y no te canses de buscar. Un maratón comienza con un primer paso, y te prometo que si superas ese miedo inicial no habrá nada que pueda detenerte. Para cerrar este testimonio, quiero compartir una frase que una gran amiga me dijo alguna vez: “No hay sueño tan pequeño que no tenga la grandeza de hacerse realidad.”