Cuando un profesor muere, muchas cosas
mueren también: su errancia en los salones,
su trazo efímero en los pizarrones,
su sombra en los pasillos, parca y briosa.
Mas no muere la frase misteriosa,
semilla, acaso, de arduas discusiones;
no su ímpetu, su voz, ni las razones
de hacer del aula una trinchera honrosa.
Hoy tú partes, Quintana, y tu preclaro
bastión, la Universitas real, poblana,
es de la juventud legado caro.
Ingeniero de fe, fuiste, Quintana,
de líderes y libros, norte y faro,
mensajero de la Guadalupana.














