Juventud: libertad, unión y futuro
24/09/2026
Autor: Eduardo Espinoza Hernández
Programa Académico: Misraim Álvarez Bolaños

A continuación presentamos el discurso que presentó Eduardo Espinoza Hernández, estudiante de Estrategia y Creación Publicitaria, y miembro del Comité Red durante el acto cívico que conmemoró el 205 aniversario de la Consumación de la Independencia.

«Ya saben el modo de ser libres; a ustedes les toca el modo de ser felices».

Con estas palabras, pronunciadas el 27 de septiembre de 1821, Agustín de Iturbide se dirigió a los habitantes de una patria que apenas daba sus primeros suspiros. Horas antes, México no existía en los mapas del mundo como una nación soberana; era solo un anhelo forjado entre el fuego, la incertidumbre y la esperanza.

La libertad de la que hoy disfrutamos posee un valor inconmensurable, pagado con el sacrificio de miles de vidas. Sin embargo, hay una verdad profunda que debemos reconocer: diez años de guerra no nos dieron la independencia por sí solos. La verdadera emancipación no nació del exterminio del enemigo, sino del momento histórico en que bandos contrarios, mentes antagónicas y voces enemigas se atrevieron a conocer la otra orilla, a mirarse a los ojos y a construir puentes en nombre del bien común.

En 1810, el cura Miguel Hidalgo inició la insurrección con pocos cientos de hombres. En cuestión de semanas, esa chispa se convirtió en una marea de decenas de miles almas. Eran corazones movidos por la indignación: cansados de la esclavitud, de la injusticia y de los privilegios de unos cuantos. Aquel no fue un ejército entrenado; fue el grito desesperado y valiente de un pueblo que exigía un futuro distinto.

Pero la guerra se prolongó por once dolorosos años, cobrándose la vida de cientos de miles de personas. Al ver a un país devastado, ocurrió lo que parecía imposible: el comandante realista y el líder insurgente decidieron detener la carnicería. Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero entablaron el diálogo, sellaron el Abrazo de Acatempan y pactaron la paz en el Plan de Iguala, naciendo así nuestro México independiente.

Aquel pacto se sostuvo sobre tres pilares fundacionales, representados en los colores de nuestra bandera: Independencia, Religión y Unión.

En aquel contexto, la Independencia significaba romper las cadenas con la Corona española; la Unión garantizaba la igualdad de derechos para toda la población; y la Religión ofrecía un manto de identidad y fe compartida para cohesionar a una sociedad fragmentada.

Hoy, como jóvenes universitarios, como mexicanas y mexicanos del siglo XXI... ¿cómo mantenemos vivos esos tres valores?

Hoy la Independencia ya no se mide expulsando ejércitos extranjeros. La independencia moderna vive en la autonomía de nuestro pensamiento. Somos independientes cada vez que tomamos una decisión ética sin vendernos al dinero, sin someternos a la aprobación

social, sin paralizarnos por el miedo y sin entregarle nuestro criterio humano ni nuestra conciencia a un algoritmo o a una inteligencia artificial. La independencia actual es pensar con cabeza propia.

La Religión representa el sentido de unificación y de consenso como sociedad, enraizado en nuestros valores, el sentido de trascendencia, la ética e integridad moral, y esa fe inquebrantable de que nuestras acciones individuales deben servir a una causa más grande que nosotros mismos.

Y la Unión... la Unión es, quizás, la urgencia más grande de nuestro tiempo. Vivimos en una época atrapada en la polarización, donde nos hemos acostumbrado a invalidar a quien piensa distinto, a cancelar al que no encaja en nuestras ideas y a tratar como enemigo a quien camina por la acera de enfrente.

Pero les aseguro algo: independientemente de nuestra ideología, de nuestro origen, de nuestra fe o de nuestra clase social... todas y todos los que estamos aquí compartimos el mismo anhelo: queremos un México próspero, seguro y justo. Debemos entender de una vez por todas que pensar diferente no nos hace enemigos, y que los grandes proyectos de esta nación no se construyen uniformando mentes, sino uniendo voluntades.

Compañeras y compañeros:

Nuestra universidad no es una burbuja ajena a la realidad del país; es el laboratorio donde se diseña el México de las próximas décadas. Los profesionales que aquí nos formamos no podemos ser espectadores apáticos del destino nacional.

Hace doscientos cinco años, una generación de mujeres y hombres nos entregó la libertad en el papel. Nos dijeron: «Ya saben el modo de ser libres». Hoy, la historia no nos pide empuñar las armas; nos pide empuñar el conocimiento, la empatía, la honestidad y el liderazgo cívico.

La pregunta que el 27 de septiembre dejó abierta para la posteridad no es qué hizo Iturbide o qué hizo Guerrero, sino ¿qué vamos a hacer nosotros?

No esperemos a que alguien más venga a resolver a México. Seamos nosotros los arquitectos de los nuevos acuerdos. Seamos nosotros quienes volvamos a atrevernos a conocer la otra orilla para construir los puentes que este país necesita. Asumamos con valentía, con orgullo y con compromiso la consigna que heredamos de aquel 1821:

Demostremos que esta juventud universitaria sabe, quiere y puede construir el modo de ser felices.

¡Muchas gracias!