En México, septiembre reúne el orgullo por nuestra Independencia y, al mismo tiempo, la desafortunada memoria de los estragos causados por los sismos del 19 de septiembre de 1985 y 2017. Aunque estos fenómenos pueden ocurrir en cualquier época del año, aquellas experiencias son un recordatorio tangible de que la prevención debe ser una responsabilidad cotidiana.
Si bien los simulacros son un camino para fortalecer nuestra preparación y respuesta ante estas situaciones, debemos ser conscientes de que esta cultura debe cultivarse desde las familias y acompañarse de decisiones responsables sobre dónde construimos, cómo supervisamos nuestras construcciones y de qué manera las conservamos. Asimismo, se requieren políticas públicas pertinentes y confiables que prioricen la seguridad y el bienestar de los ciudadanos, destinando los recursos necesarios para la investigación, la seguridad y la mejora continua de los estándares actuales.
En este sentido, el riesgo sísmico surge de la interacción entre la amenaza, las personas y los bienes expuestos, y su vulnerabilidad. Por ello, podemos reducirlo mediante el fortalecimiento de una cultura colectiva orientada a la prevención, una mejor planeación urbana, la calidad de las construcciones y su mantenimiento.
En Puebla, los daños del sismo del 19 de septiembre de 2017 refuerzan la necesidad de contar con un programa continuo de evaluación de edificaciones, priorizando su condición estructural, ocupación y función social. Es necesario identificar aquellas con daños pendientes de atención y dar seguimiento a las recomendaciones derivadas de sus evaluaciones, para reducir los riesgos que puedan comprometer su integridad en el futuro. De igual manera, los inmuebles históricos requieren especial atención en su monitoreo y evaluación continua, ya que es necesario proteger a sus ocupantes y, al mismo tiempo, preservar su valor patrimonial.
Por otro lado, nuestros municipios necesitan fortalecer su capacidad técnica para incorporar los atlas de riesgos a la planeación urbana, revisar proyectos y supervisar el cumplimiento de los reglamentos. Estas acciones deben acompañarse de asesoría accesible y apoyos para las familias que autoconstruyen o amplían su vivienda, ya que la autorización de construcciones y nuevos desarrollos urbanos sin un sustento técnico adecuado puede contribuir al incremento del riesgo.
Es precisamente en este ámbito donde la gestión integral de riesgos en las construcciones juega un papel fundamental para mitigar el impacto de los sismos sobre nuestras obras de infraestructura, ya que debe estar presente desde la concepción inicial de cada proyecto. Al inicio deben identificarse los peligros y las necesidades; durante la planeación, comparar alternativas y prever recursos; en la ejecución, verificar materiales y procedimientos; mediante el monitoreo y control, corregir desviaciones; y, al cierre, comprobar la calidad de lo entregado. Esta responsabilidad debe continuar durante la vida útil de la infraestructura, mediante programas de mantenimiento, registros de las intervenciones y responsables definidos.
Para sostener estas acciones resulta indispensable asignar presupuestos y contar con el compromiso de las administraciones para dar continuidad a las evaluaciones de la infraestructura y establecer metas públicas medibles: edificios evaluados, intervenciones concluidas y población atendida. Más allá del aspecto económico, toda inversión pública debe valorarse por su contribución a proteger vidas, el bienestar social, el patrimonio y los servicios esenciales. Es aquí donde las universidades, colegios profesionales y autoridades deben colaborar conjuntamente en los diagnósticos, la investigación y la formación técnica de especialistas que contribuyan al desarrollo y mantenimiento de nuestra infraestructura.
Los sismos no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse mediante decisiones responsables, informadas y congruentes. Honrar la memoria de quienes han sufrido sus efectos no debe limitarse al recuerdo, sino traducirse en acciones concretas que fortalezcan nuestra cultura de prevención. De esta manera, la seguridad de nuestras comunidades se construye todos los días, con responsabilidad, preparación, y la participación de todos.










