Ya en su discurso en el Areópago, san Pablo advierte que “en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios” (§24), un deseo que nos mueve a buscarlo y cuyo punto de partida reside en la capacidad de la razón para trascender el ámbito de lo contingente, en aras de alcanzar lo infinito. Deseo que se manifiesta de diversas formas, como ocurre con la literatura, la pintura, la escultura, etc., pero que es expresado de manera peculiar a través de la filosofía. Ya Aristóteles advertía que todos los hombres, por naturaleza, desean saber, deseo cuyo objeto propio es la verdad. De toda la naturaleza, el ser humano es el único ser que no solo sabe, sino que también sabe que sabe y se interesa por la verdad, razón por la cual, como sostiene san Juan Pablo II, “nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si se descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si confirma su verdad, se siente satisfecho” (§25). Algo que aplica no solo al ámbito de la teoría, sino también al de la praxis, donde la persona anhela alcanzar el camino de la felicidad y la perfección. El ser humano no solo aspira o desea un saber teórico, sino que también anhela una verdad práctica, en virtud de la cual pueda elegir valores verdaderos que sean capaces de orientarlo existencialmente. Valores cuya verdad se encuentra “no encerrándose en sí mismo, sino abriéndose para acogerla incluso en las dimensiones que lo trascienden” (§25).
Verdad que se manifiesta, inicialmente, como interrogación, como la pregunta ineludible por el sentido de nuestra vida, y, al confrontarse con nuestra finitud –“lo inevitable de nuestra muerte”-, adquiere mayor relevancia y radicalidad: “cada uno quiere –y debe- conocer la verdad sobre el propio fin” (§26). Nos preguntamos, así, si la muerte es el término definitivo de nuestra existencia o si es que hay algo que sobrepasa la muerte, es decir, “si le está permitido esperar en una vida posterior o no” (§26). Estas son cuestiones existenciales a las que nadie puede sustraerse, pues “de la respuesta que se dé a las mismas depende una etapa decisiva de la investigación”, a saber, “si es posible o no alcanzar una verdad universal o absoluta” (§27). Con esta universalidad nos referimos no solo al carácter universal que debe encerrar toda verdad, incluso si se trata de una verdad parcial, sino también a una verdad universal “que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás” (§27). El ser humano, en efecto, busca las causas últimas y los primeros principios, una verdad última sobre la cual “enraizar la propia existencia” (§27). Una verdad cuyo anhelo se ve reflejado en los filósofos, sea en un sistema o en otro, sea desde una escuela de pensamiento u otra: cada una manifiesta este deseo de alcanzar la verdad.
Pero en esta búsqueda debemos reconocer que “el límite originario de la razón y la inconstancia del corazón oscurecen a menudo y desvían la búsqueda personal” (§28). Esto explica por qué hay quienes la evitan cuando empiezan a divisarla. Con todo, “siempre es la verdad la que influencia su existencia”, al grado que podemos definirnos como “aquel que busca la verdad” (§28). Esta búsqueda, así, no puede ser del todo inútil y estéril, pues el hecho mismo de que busque la verdad y se haga ciertos cuestionamientos es signo de que puede confiar en sus capacidades. Puesto que, como sostiene san Juan Pablo II, “el hombre no comenzaría a buscar lo que desconociese del todo o considerase absolutamente inalcanzable” (§29). El científico, así, emprende su labor con la confianza de que su búsqueda dará frutos lo que ocurre de forma semejante cuando se trata de las cuestiones últimas: “la sed de verdad está tan radicada en el corazón del hombre que tener que prescindir de ella comprometería la existencia” (§29). Cada uno lleva consigo la urgencia de algunas cuestiones existenciales, a la vez que abriga en su interior el atisbo de sus correspondientes respuestas.
Para comprender esto, sin embargo, conviene mencionar brevemente las diversas formas de verdad. La primera forma es la propia de lo cotidiano y de la investigación científica, donde la verdad se apoya sobre las evidencias inmediatas o confirmadas experimentalmente. En otro nivel se encuentran las verdades de carácter filosófico, a las que llegamos “mediante la capacidad especulativa” de nuestro intelecto. Finalmente están las verdades religiosas. Respecto a las verdades filosóficas, vale decir que estas no se limitan a las meras doctrinas, efímeras y contingentes, de los filósofos de profesión: “cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, filósofo y posee concepciones filosóficas propias con las cuales orienta su vida” (§30). Así, cada uno se forma una visión global y una respuesta sobre el sentido de su vida, a partir de la cual interpreta las vicisitudes personales y se orienta existencialmente. Punto en el cual debiera plantearse todas aquellas cuestiones sobre la relación entre las verdades filosófico-religiosas y la verdad revelada.
Antes de ahondar en esto, sin embargo, conviene añadir un dato filosófico más, a saber, que “el hombre no ha sido creado para vivir solo” (§31). Nace y crece en una familia, para después insertarse en la sociedad, lo cual implica que está inmerso en diversas tradiciones, de las cuales recibe no solo el lenguaje y cierta formación cultural, sino también muchas creencias a las cuales asiente instintivamente. Verdades que pueden ser puestas en duda y discutidas, que pueden ser maduradas, despertando una cierta actitud crítica. A pesar de esto, “en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal” (§31). El ser humano, en este sentido, no solo es un ser que busca la verdad, sino también un ser que vive de creencias. Al creer, confiamos en los conocimientos adquiridos por otros, lo que conlleva una cierta tensión: “por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no solo las posibilidades cognitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas” (§32).
Verdades que apuntan fundamentalmente a “la verdad misma de la persona”, de modo que su perfección no está en adquirir un conocimiento abstracto de la verdad, sino también “en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro”, donde la creencia alcanza “plena certeza y seguridad… que se funda sobre la confianza” (§32). Este es el caso de los mártires, quienes confían haber encontrado la verdad sobre su vida en su encuentro con Jesucristo. Su testimonio de vida se vuelve ejemplar, pues “se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer… el mártir suscita en nosotros una gran confianza” (§32). Esto supone la capacidad de encontrar y reconocer esta verdad vital y esencial para nuestra existencia. Verdad que se logra no solo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas. Ser capaz de confiar es fundamental, además, en la medida en que la razón “necesita ser sostenida en su búsqueda por un diálogo confiado y una amistad sincera” (§33). La amistad y la confianza, en este sentido, son fundamentales para crear un contexto adecuado para la búsqueda de la verdad.
La fe nos ofrece, así, una posibilidad de ver realizado el objetivo de esta búsqueda, ya que supera el orden de la simple creencia y “coloca al hombre en ese orden de gracia que le permite participar en el misterio de Cristo… así, en Jesucristo, que es la verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida a la humanidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia” (§33). Una verdad que no se opone a la verdad alcanzada por la razón, sino que supone un orden de conocimiento diferente que apunta, de igual forma, a la verdad en su plenitud. Esto implica que, aunque hay dos órdenes de conocimiento, se apuesta por la unidad de la verdad, donde “la Revelación de la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la historia de la salvación” (§34). La unidad de la verdad natural y revelada tiene su sede en Cristo, Palabra viva y eterna, Palabra encarnada que revela al Padre, alcanzando lo que la razón humana busca sin conocerlo. De ahí que Cristo sea la plenitud de la verdad y la plenitud de la verdad de todo ser. Aquella verdad “que nos llega por la Revelación es, al mismo tiempo, una verdad que debe ser comprendida a la luz de la razón” (§35), algo que debemos considerar para comprender la relación entre la fe y la razón, particularmente entre la fe y la filosofía.










