Ya en las Sagradas Escrituras se ve con claridad el vínculo entre la fe y la razón, concretamente en los libros sapienciales, donde no solo se recupera la riqueza de las civilizaciones y culturas ya desaparecidas, como Egipto y Mesopotamia, sino que también describe al hombre sabio como aquel “que ama y busca la verdad” (§16). Con ello se afirma también que todo hombre desea conocer, algo que solo es posible gracias a la inteligencia. Se trata de un texto cuya peculiaridad “consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe” (§16). Que el mundo y todo lo que en él ocurre se puedan ver, analizar y juzgar con los medios de la razón no implica que, en todo este proceso, la fe sea extraña: la fe no hace menos la autonomía de la razón, ni limita su espacio de acción, sino que nos permite comprender que Dios está presente en todos esos acontecimientos. El mundo y todo lo que en él acontece no se pude comprender a cabalidad “sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos” (§16).
La fe, en este sentido, agudiza la mirada interior y abre la mente a lo trascendente. Así, en el libro de los Proverbios se dice que “el corazón del hombre medita su camino, pero es el Señor quien asegura sus pasos” (16, 9). La luz de la razón nos ayuda a reconocer el camino, camino que solo puede reconocer de forma libre desde el horizonte de la fe: “la razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios” (§16).
No entran en competencia, pues cada una tiene su espacio de realización. Suponen una relación única, a saber: “en Dios está el origen de cada cosa, en Él se encuentra la plenitud del misterio, y esta es su gloria, al hombre le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en esto consiste su grandeza” (§17). Nuestro deseo de conocer es tan grande, pues, que supone un dinamismo en el que nuestro corazón, a pesar de ser consciente de su finitud “suspira hacia la infinita riqueza que está más allá, porque intuye que en ella está guardada la respuesta satisfactoria para cada pregunta aún no resuelta” (§17). La fe abre la razón al camino del misterio, haciéndonos ver “que la razón debe respetar algunas reglas de fondo para expresar mejor su propia naturaleza” (§18).
La primera regla nos dice que “el conocimiento del hombre es un camino que no tiene descanso”; la segunda, “que dicho camino no se puede recorrer con el orgullo de quien piense que todo es fruto de una conquista personal”; y, finalmente, la tercera, fundada en el temor a Dios, que la razón “debe reconocer a la vez su trascendencia soberana y su amor providente en el gobierno del mundo” (§18). Cuando se aleja de estas reglas, se expone al fracaso y a la necedad, una necedad que amenaza la vida: “el necio se engaña pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad no es capaz de fijar la mirada sobe las esenciales”, lo que “le impide poner orden en su mente y asumir una actitud adecuada para consigo mismo y para con el ambiente que le rodea” (§18).
Esto pasa cuando niega la existencia de Dios, momento en el que se aleja de la verdad plena de las cosas. Dios se da a conocer por medio de la naturaleza; de ahí que, en el libro de la Sabiduría, al reconocer que el hombre es capaz de conocer la estructura del mundo, se advierta que “razonando sobre la naturaleza, se puede llegar hasta el Creador” (§19), por analogía. Se reconoce que, a través de sus propios medios, el hombre puede llegar al conocimiento del Creador, de modo que, si no llega a reconocer a Dios como creador de todo, no es por falta de un medio adecuado, sino por un “impedimento puesto por su voluntad libre y su pecado” (§19).
Estos contenidos, cuyos alcances solo se pueden comprender cuando nos situamos dentro de un horizonte más amplio, que es el de la fe, nos permiten entender que “la fe libera la razón en cuanto le permite alcanzar coherentemente su objeto de conocimiento y colocarlo en el orden supremo en el cual todo adquiere sentido” (§20).
El conocimiento, según lo anterior, no se fundamenta solo en una observación atenta del hombre, del mundo y de la historia, sino también en la fe y en los contenidos de la Revelación. De ahí que solo podamos comprendernos como “ser en relación”, ya sea consigo mismo, con el pueblo, con el mundo y con Dios, y que para el creyente la apertura al misterio sea fuente de un verdadero conocimiento.
Esta última, en efecto, nos dota de “posibilidades de comprensión hasta entonces insospechadas” (§21), sin que ello deje de suponer la dificultad “que supone enfrentare con los límites de la razón” (§21). Una dificultad ante la cual el creyente no se rinde, pues se ve impulsado a seguir en el camino de la verdad por la “certeza de que Dios lo ha creado como un «explorador», cuya misión no es dejar nada sin probar a pesar del continuo chantaje de la duda. Apoyándose en Dios se dirige siempre y en todas partes hacia lo que es bello, bueno y verdadero” (§21). San Pablo, en este sentido, nos dice que “a través de la creación los «ojos de la mente» pueden llegar a conocer a Dios” (§22).
La razón humana, en este sentido, parece superar sus mismos límites naturales, no estando limitada al conocimiento empírico o sensorial, sino también abierta a reflexionar sobre sus causas, lo que constituye la “capacidad metafísica” del ser humano. Ya en el proyecto originario de la creación, según el Apóstol, “la razón tenía la capacidad de superar fácilmente el dato sensible para alcanzar el origen mismo de todo”, capacidad que quedó mermada con la desobediencia: “la ceguera del orgullo hizo creer a nuestros primeros padres que eran soberanos y autónomos, y que podían prescindir del conocimiento que deriva de Dios” (§22).
El pecado original produce así heridas en la razón que obstaculizan el camino hacia la verdad plena, ofuscando nuestra capacidad para conocer la verdad, especialmente en lo que respecta a nuestro conocimiento de Dios: “los ojos de la mente no eran ya capaces de ver con claridad: progresivamente la razón se ha quedado prisionera de sí misma” (§22). Solo la venida de Cristo ha podido redimir a la razón de su debilidad, liberándola de los cepos que la encadenaban. De ahí que la relación del cristiano con la filosofía requiera un discernimiento radical, pues “la profundidad de la sabiduría revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión, que no son capaces de expresarla de manera adecuada” (§23).
Este dilema se presenta con mayor intensidad con la muerte de Jesucristo en la cruz, donde “todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura lógica humana está destinado al fracaso” (§23). El plan salvífico de Dios excede por completo nuestra comprensión natural y reclama “dar un paso decisivo para acoger una novedad radical”, ya que “el hombre no logra comprender cómo la muerte puede ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvación precisamente lo que la razón considera «locura» y «escándalo»” (§23).
La cruz encierra una sabiduría, por tanto, que excede todo “límite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora” (§23). La relación entre fe y razón “encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad” (§23). Este punto evidencia la frontera entre fe y razón, así como también se aclara el espacio en el cual se encuentran.










