Notas sobre la Fides et ratio de san Juan Pablo II. Parte II. La Revelación de la sabiduría de Dios
22/10/2026
Autor: Roberto Casales García
Cargo: Profesor Investigador de Formación Humanista

Toda reflexión de la Iglesia se hace desde la conciencia de ser depositaria de la Revelación, en cuanto que esta propone al hombre la palabra de Dios: “en el origen de nuestro ser como creyentes hay un encuentro único en su género, en el que se manifiesta un misterio oculto en los siglos” (§7). Dios se reveló a sí mismo: “por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina” (§7). Como iniciativa gratuita, Dios desea y se da a conocer, para que el hombre, en el conocimiento que tiene de Él, profundice su conocimiento sobre el sentido de su existencia. Se reafirma, pues, el carácter sobrenatural de la revelación de Dios, en contraposición a la crítica racionalista que pretende negar todo conocimiento que no sea fruto de nuestra razón. Así, el Concilio Vaticano I nos enseña que la verdad alcanzada por la fe y la razón “no se confunden, ni una hace superflua la otra” (§9). Fe y razón suponen dos órdenes de conocimiento distinto no solo por su principio, sino también por su objeto. Por su principio, ya que en uno se conoce por la razón natural y en el otro por fe divina. Y por su objeto, ya que la fe apunta a ciertos misterios que de otra forma no podríamos conocer.

La fe se funda en el testimonio de Dios y se apoya en la gracia, razón por la cual se distingue del conocimiento filosófico, que se apoya en la percepción de los sentidos y la experiencia, y se mueve a la luz de la razón. La fe en la Revelación, centrando su mirada en Jesús como revelador, apunta a su carácter salvífico: el plan de la revelación se realiza en la historia de la salvación, verdad profunda que resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación. Se trata, pues, de una revelación inserta en el tiempo y la historia, concretamente en la encarnación de Jesucristo, donde tiene lugar la plenitud de los tiempos.

La verdad revelada y comunicada por Dios, así, es una verdad “que ha sido pronunciada de una vez y para siempre en el misterio de Jesús de Nazaret” (§11). Dios, que nos había hablado a través de los profetas, nos habla ahora por el Hijo, enviando a su Hijo para que habitara entre nosotros como Palabra hecha carne, a través de la cual se realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. De esta forma, la historia es comprendida como “el lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la humanidad” (§12). Es el lugar en el que Dios se manifiesta, por ser más fácil de verificar y familiar a nosotros, por ser parte de nuestro contexto cotidiano. Así, la verdad expresada en la revelación de Cristo no queda restringida a un territorio o a una cultura, sino que permanece siempre abierta a todo hombre y mujer que quiera acogerla.

“Con esta Revelación se ofrece al hombre la verdad última sobre su propia vida y sobre el destino de la historia… Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble” (§12). No hay que olvidar, sin embargo, que la Revelación está llena de misterio y que nuestro conocimiento de Dios es siempre finito y fragmentario, de modo que “solo la fe permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente” (§13). Ante la Revelación, por tanto, el hombre se somete con la fe, de modo que la fe “es la respuesta obediente a Dios” (§13). Una obediencia que conlleva reconocer a Dios en su divinidad, trascendencia y libertad suprema: “El Dios, que se da a conocer desde la autoridad de su absoluta trascendencia, lleva consigo la credibilidad de aquello que revela” (§13).

En la fe damos asentimiento a este testimonio divino reconociendo plena e integralmente la verdad de lo revelado. Una verdad ofrecida al hombre que se inserta en el “horizonte de la comunicación interpersonal e impulsa a la razón a abrirse a la misma y a acoger su sentido profundo”. No es raro, en este sentido, que el acto con el que uno confía en Dios sea considerado como una elección fundamental, en la cual está implicada toda la persona: “Inteligencia y voluntad desarrollan al máximo su naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla un acto en el cual la libertad personal se vive de modo pleno. En la fe, pues, la libertad no solo está presente, sino que es necesaria. Más aún, la fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad” (§13).

Solo a través de la fe podemos realizarnos de manera plena, pues solo en ella la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma. La Revelación ofrece a la razón signos que permiten profundizar en la verdad, no solo porque le “dan mayor fuerza a la razón”, permitiéndole “investigar en el ministerio con sus propios medios”, sino que también “la empujan a ir más allá de su misma realidad de signos, para descubrir el significado ulterior del cual son portadores” (§13). Se trata de signos que poseen una verdad escondida a la que la mente debe dirigirse. Esto se hace patente, por ejemplo, en el horizonte sacramental, particularmente en el signo eucarístico, donde la profundidad del misterio se puede captar en la unidad entre la realidad y su significado. En la Eucaristía está Cristo verdaderamente presente y vivo, aunque lo que aparece, como dice Santo Tomás, es un signo que esconde en el misterio realidades sublimes.

La fe no anula el misterio, “solo lo hace más evidente y lo manifiesta como hecho esencial para la vida del hombre”, a saber, su vocación, “que es participar en el misterio de la vida trinitaria de Dios” (§13). Es así que la enseñanza de los dos Concilios Vaticanos abre un nuevo horizonte para la filosofía, en especial al dar cuenta del modo en el que la Revelación “introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia”, al mismo tiempo que nos “remite constantemente al misterio de Dios”, un misterio que, según san Juan Pablo II, “la mente humana no puede agotar, sino solo recibir y acoger en la fe” (§14).

La Revelación, en este sentido, introduce en la historia una verdad universal y última que impulsa a nuestra inteligencia a ampliar su conocimiento. En esta tarea nos encontramos con la ayuda de “inteligencias más fecundas”, como la de san Anselmo, quien nos enseña a admirar la grandeza del Señor con una actitud de humildad. La verdad de la Revelación, así, es una verdad que nos permite acoger el misterio de nuestra propia vida, obligándonos a abrirnos a la trascendencia, pero respetando nuestra libertad. De este modo, la relación entre verdad y libertad llega a su punto más elevado. La Revelación constituye, por tanto, “la verdadera estrella que orienta al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una lógica tecnocrática” (§15). De modo que, si el hombre que aspira a conocer la verdad, “aún es capaz de mirar más allá de sí mismo y de levantar la mirada por encima de sus propios proyectos, recibe la posibilidad de recuperar la relación auténtica con su vida, siguiendo el camino de la verdad” (§15). Se trata de una Revelación cuya verdad es cercana a nosotros, una verdad que, como decía san Agustín, habita en nuestro interior.

A partir de lo cual se impone una primera conclusión: “la verdad que la Revelación nos hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la razón” (§15). Es una verdad que se presenta bajo la forma de la gratuidad, que genera pensamiento y exige ser acogida como expresión de amor. Es anticipación de la visión última y definitiva de la visión de Dios, reservada para los creyentes que lo buscan con corazón sincero. No es raro decir, en este sentido, que uno de los objetos de estudio de la filosofía y la teología es el fin último de la existencia personal, aunque con medios y contenidos diversos.