Confiar sin ser ingenuo es una frase que aprendí de mi papá. Él siempre me decía que no perdiera la confianza en la gente. Sin embargo, creo que a través de los años he abusado un poco de esa confianza y, con las personas que quiero, generalmente confío al cien por ciento. Es una situación que no me ocurre con quienes no tengo el gusto de convivir o con aquellas personas que observo y con quienes no me nace construir algo más allá del vínculo necesario.
Porque confiar en las personas no significa que ellas también confiarán en nosotros, y mucho menos que esa confianza sea sinónimo de lealtad. En las organizaciones podemos convivir, compartir, apreciar, intercambiar experiencias personales o familiares y vivir situaciones que nos llevan a pensar: “debo confiar en esta persona”. Pero quizá, con el tiempo, esa persona falla y la imagen que habíamos construido de ella comienza a nublarse. Entonces aparece el miedo a lo que sigue: a no ser correspondidos, a descubrir que aquello que considerábamos una relación de confianza quizá nunca fue más que una convivencia cordial.
Y entonces surge la pregunta: ¿debemos dejar de confiar?
Yo no me imagino la vida de una persona que no confía en casi nadie. Imagino que, de alguna manera, todo se vuelve gris. Hay que caminar con cautela, porque seguramente hasta las buenas intenciones dejan de verse de la misma manera; de inmediato se construye una barrera, especialmente en la comunicación, porque aparece la necesidad de protegerse.
Pero tampoco podemos confiar en todas las personas. Tristemente, hay quienes fingen o simulan personalidades solo para quedar bien con los demás. En las organizaciones podemos encontrarnos con líderes que te sonríen, con quienes aparentemente todo está bien y a todo responden que sí, pero cuando dan la vuelta aparecen expresiones poco constructivas, críticas o incluso contradictorias con lo que acaban de decir.
La confianza construye, fortalece vínculos y permite que nuestra vida trascienda junto con los otros. Confiar no es ser ingenuo; es importante tener una visión periférica y aprender a observar objetivamente aquello que quizá otros no ven.
Confiar también significa saber que existe la posibilidad de que alguien nos falle y, aun así, decidir relacionarnos desde la buena fe. Incluso cuando las personas no valoran nuestra confianza o terminan fallándonos, eso forma parte de la madurez y de la experiencia laboral y personal. Se trata de aprender a percibir objetivamente: observar cómo se expresa una persona, si reconoce sus errores, si es congruente, si sabe escuchar, si argumenta o descalifica, si asume sus responsabilidades o si solamente dice aquello que sabe que los demás quieren escuchar. Y, sobre todo, si sus acciones coinciden con sus palabras.
La ingenuidad puede ser auténtica o fabricada, hay personas a quienes quizá les conviene aparentar que no ven lo que sucede, porque así encuentran una manera de sobrevivir dentro de las organizaciones. A veces parece más sencillo simular que nada pasa y que todo, o casi todo, está bien, pero aceptar las realidades puede sorprendernos.
Quizá, en algunas ocasiones, vimos de los otros lo que quisimos ver. Puede ser que esa persona nunca haya cambiado y que siempre haya sido así; fuimos nosotros quienes quisimos encontrar en ella algo diferente.
Los actos de quienes confiamos y que finalmente no fueron positivos siempre serán experiencias. Cada persona es libre de decidir cómo actuar. Lo que resulta doloroso es cuando alguien abusa de la capacidad que otros tenemos para confiar, y confiar, desde luego, no significa dejar de cuidarnos ni hacer caso omiso de las señales que la realidad nos presenta.
Confiemos a partir de lo que la realidad nos muestra y no únicamente de lo que queremos creer. A veces, al parecer, idealizamos a los seres humanos y olvidamos que nadie es perfecto; todos nos equivocamos y todos podemos fallar.
Lo ideal sería que nunca existiera el dolo, que nuestras relaciones fueran honestas y que pudiéramos construir vínculos significativos y duraderos. Pero la realidad es otra y también tenemos que aprender a vivir con ella. Podemos intentar ignorar algunas situaciones, pero los hechos están ahí y nuestras acciones, así como las de los demás, pueden trascender.
Por eso sigo creyendo que vale la pena confiar, solo que ahora entiendo mejor lo que mi papá quiso decirme: confiar no es cerrar los ojos, es abrirlos, mirar con claridad y, aun así, elegir relacionarnos desde la buena fe.










