En nuestra colaboración anterior hemos comenzado a explorar el terreno para responder a la pregunta de cómo podemos actuar para enfrentar a los diferentes tipos de populismo que campean en nuestros días por muchos países. Comentando el tema con un querido y muy apreciado colega y amigo, José Ramón López Rubí, demócrata convencido, conveníamos en la necesidad de hacer algunas distinciones que nos ayuden a aclarar el panorama. Tenemos que trazar una línea en la relación de los populismos con la democracia, en relación con los extremos en las posturas políticas y con el nacionalismo. Esto es importante porque, para poder enfrentarnos con éxito al populismo, debemos conocerlo lo mejor posible.
Generalmente se tiende a identificar a los movimientos populistas con los extremos (hacia la izquierda o hacia la derecha) del espectro político. Esto no es necesariamente así: es cierto que tenemos muchos movimientos populistas identificados con extremistas de derecha, como la AfD en Alemania, pero no todos los extremistas de derecha son populistas. Un ejemplo lo encontramos en algunas corrientes de la República de Weimar (1918-1933), como la representada por Armin Mohler, Carl Schmitt, Ernst Jünger y Moeller van den Bruck, que era estrictamente antidemocrática, nacionalista y autoritaria, pero que se distanciaba explícitamente del nacionalsocialismo -considerado por ellos como “plebeyo” y orientado a las masas- o de un populismo superficial.
Sin embargo, en el panorama político actual, resulta difícil mantener una distinción estricta entre la “extrema derecha” y el “populismo”, debido a que casi todos los partidos y movimientos modernos del espectro de extrema derecha -como el Rassemblement National en Francia, el FPÖ en Austria o la AfD- emplean el populismo como estrategia central para movilizar a sectores del electorado situados en el centro social. Quienes hoy se sitúan en una derecha puramente elitista, antipopulista y autoritaria suelen operar dentro de ámbitos intelectuales o subculturales cerrados -por ejemplo, ciertas editoriales, círculos o grupos de reflexión de la “nueva derecha”- y no se manifiestan como movimientos de masas.
En cuanto al ámbito de la izquierda extrema, encontramos algunos casos en América Latina de confluencia con movimientos populistas -de larga tradición en ese subcontinente-, de carácter socialista radical, estatal y de liderazgos carismáticos, como puede ser el caso de Venezuela bajo Hugo Chávez y Nicolás Maduro: el “chavismo” se considera el ejemplo paradigmático del populismo de izquierda latinoamericano radical. Chávez dividió la sociedad, mediante la retórica, en el “verdadero pueblo indígena/pobre” y la “oligarquía imperialista corrupta”. Financiados con los ingresos petroleros, se pusieron en marcha programas sociales clientelares, al tiempo que se erosionaban las instituciones democráticas y se estatizaba la economía.
También en Europa hay ejemplos de populismo de izquierda radical, sobre todo después de la crisis financiera y del euro de 2008, que se dirigió principalmente contra las políticas de austeridad de la UE. El caso más conspicuo es Grecia, en donde la Coalición de Izquierda Radical (Syriza, por su acrónimo en griego), bajo el liderazgo de Alexis Tsipras, llegó al poder canalizando la indignación de la población griega ante las exigencias de austeridad impuestas desde Bruselas y Berlín. Aunque prometieron poner fin de forma tajante a las políticas de austeridad de la UE, tras asumir el gobierno en 2015 se vieron obligados a aceptar fuertes condiciones ante los acreedores internacionales.
Pero también encontramos movimientos de izquierda radical que no son populistas, como el tristemente célebre “Sendero Luminoso”, de Perú, considerado incluso por diversos organismos internacionales como un movimiento terrorista.
Dentro de esta relación del populismo con las diversas corrientes del espectro político, debemos mencionar que los hay también relacionados con la izquierda no radical. Un ejemplo es MORENA, pues, aunque podamos discutir si en verdad se trata de un partido de izquierda, así se asume él mismo, sin ser de izquierda extrema (además, algunos de sus militantes difícilmente podrían ser catalogados ni siquiera dentro de la izquierda o del populismo).
La relación del populismo con el nacionalismo también es complicada, pues generalmente los populismos tienen una fuerte base nacionalista, pero no todas las corrientes nacionalistas son populistas. Hay que subrayar que populismo y nacionalismo son dos fenómenos políticos distintos; sin embargo, en el actual populismo, sobre todo el de derecha, ambos se traslapan; algunos teóricos hablan, por lo tanto, de una especie de “nacionalpopulismo”. Las diferencias fundamentales son las siguientes:
- Nacionalismo: es una ideología política y un movimiento social que predican que la nación, la identidad nacional y la soberanía del Estado tienen la máxima prioridad.
- Populismo: es una estrategia política o una ideología muy “delgada” que contrapone a un “pueblo” -supuestamente bueno, homogéneo y “puro”- frente a un grupo de “élites” corruptas o a grupos étnicos o culturales diferentes al propio.
- El “pueblo” como nación: los populistas definen a menudo el concepto vago y emocional de “pueblo” a través de la pertenencia nacional o etnocultural. La nación les sirve como marco concreto para delimitar un sentimiento de pertenencia frente a supuestos enemigos.
- No existe una relación necesaria: no todo nacionalista es automáticamente populista (también existe un nacionalismo liberal o moderado). Del mismo modo, teóricamente existen fenómenos como el populismo de izquierda, que no siempre se basa tanto en el nacionalismo clásico, sino más bien en motivos vinculados a la lucha de clases o a una postura antiélites de carácter social; no obstante, la estrecha simbiosis entre populismos y nacionalismo resulta determinante e innegable en el discurso político moderno.
Como conclusiones, podemos anotar las siguientes, que se complementan con las que enunciamos en la colaboración pasada:
- Apoyar a las organizaciones democráticas: participar como voluntario o realizar donaciones a iniciativas, fundaciones o proyectos educativos que luchen contra la discriminación y el autoritarismo, y que defiendan la democracia y los derechos fundamentales.
- Mostrar solidaridad pública: unirse a otros para abogar por una sociedad pluralista y abierta y defender de manera visible los valores democráticos.
- No imitar el populismo: los partidos democráticos no deben intentar vencer a los populistas adoptando sus demandas, ondeando sus banderas o haciendo suyos sus recursos estilísticos (por ejemplo, ofreciendo soluciones simplistas y engañosas en materia de migración o política económica). A largo plazo, esto solo fortalece al populismo.
- Resolver problemas reales: la política debe reforzar la confianza en el Estado, la administración, la seguridad social y las infraestructuras mediante un trabajo sólido y a largo plazo.
- Fomentar espacios de debate: abordar cuestiones complejas de cara al futuro (como la protección del clima, la migración y la promoción de la democracia y sus valores) con propuestas propias y realistas, en lugar de ceder el terreno a la polarización.
- Ser conscientes de que no es lo mismo luchar contra el populismo cuando este aún no ha llegado al poder -es decir, cuando todavía nos encontramos en un ambiente democrático o parcialmente democrático-, que cuando su acceso al poder ya ha ocurrido -es decir, en condiciones de una democracia en franco retroceso o ya desmantelada-. Este tema es muy complejo y merece ser abordado en otra oportunidad, dado que la lucha contra el populismo se torna más difícil y de más largo aliento cuando ya ha conquistado el poder y puede, desde allí, desmantelar las instituciones preexistentes, construir sus estructuras antidemocráticas y echar a andar diversos mecanismos para afianzarse a toda costa en el poder.
Como seguramente podrán advertir mis cuatro fieles y amables lectores, muchas de esas actividades para “vacunar” a los ciudadanos contra el populismo y la autocracia, y para promover los valores de la democracia, pueden ser emprendidas de manera idónea por instituciones como las universidades, pues son el espacio propicio para esgrimir argumentos, enseñar a pensar y fomentar el sentido de responsabilidad política.










