Según datos reportados por la OMS, se estima que en 2022 murieron más de 19 millones de personas debido a que sufrieron alguna enfermedad cardiovascular, siendo el infarto y el accidente cerebrovascular los más destacados. Los diferentes tipos de cáncer dieron como resultado en 2024 cerca de 10 millones de personas fallecidas, lo que implicó una de cada seis defunciones. En conjunto, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, las enfermedades respiratorias crónicas y la diabetes representan una parte muy importante de la mortalidad mundial.
Si volteamos la mirada a México encontramos que el INEGI reporta en sus estadísticas de defunciones en 2024 que las primeras causas de muerte en el país fueron las enfermedades del corazón, la diabetes, los tumores malignos, enfermedades en el hígado y enfermedades cerebrovasculares, siendo el corazón, la diabetes y el cáncer los tres primeros lugares entre las causas de muerte en México durante 2024.
Una enfermedad no es solo el diagnóstico; enfermar no afecta únicamente al cuerpo. Puede impactar en los diferentes ámbitos de nuestra vida: en el trabajo, la manera en que nos relacionamos con los demás, la movilidad, los planes que tenemos, inclusive en la forma en que nos percibimos. Una enfermedad puede venir a revolucionar la vida de una persona y, si no somos conscientes de eso, la situación puede convertirse en un camino casi imposible de transitar.
El duelo no ocurre solamente ante la muerte. También puede surgir cuando perdemos capacidades, autonomía, rutinas, proyectos, trabajo o una determinada forma de vivir. Por eso, un diagnóstico puede generar miedo, incertidumbre, enojo y tristeza, junto con preguntas como: ¿qué va a pasar conmigo?, ¿podré seguir trabajando?, ¿necesitaré que me cuiden? La enfermedad ocurre en una persona con una historia, vínculos, responsabilidades y proyectos; por ello, dos personas con el mismo diagnóstico pueden vivir experiencias muy diferentes.
Una pérdida frecuente es la confianza en el propio cuerpo. Actividades cotidianas como caminar, dormir, conducir o salir de casa pueden convertirse en desafíos. El dolor, el cansancio, los cambios físicos y las limitaciones pueden generar la sensación de “ya no reconozco mi cuerpo”. También puede perderse la vida cotidiana que conocíamos: el trabajo, los viajes, el deporte, las actividades familiares o aquellas pequeñas rutinas que daban estructura a nuestros días.
La enfermedad puede afectar también la identidad. Una persona acostumbrada a ser fuerte, independiente, profesionista o cuidadora puede preguntarse: “¿Quién soy ahora?”. Necesitar ayuda puede entrar en conflicto con la imagen que tenía de sí misma. Reconstruir esa identidad requiere tiempo. Estar vivo y agradecerlo no elimina necesariamente la tristeza por lo perdido; ambas experiencias pueden coexistir.
Las relaciones familiares también se transforman. Pueden cambiar los roles y responsabilidades, generando amor, preocupación, cansancio, miedo, impotencia o enojo. Cuando la enfermedad implica la posibilidad de morir, puede aparecer un duelo anticipado, tanto en quien está enfermo como en quienes lo acompañan.
Acompañar estas experiencias no significa imponer optimismo ni intentar eliminar el sufrimiento. Muchas veces significa escuchar y preguntar: “¿Qué ha sido lo más difícil para ti?”, “¿Qué has perdido desde que comenzó la enfermedad?” o “¿Quieres que te escuche o que busquemos juntos una solución?”. La recuperación tampoco implica necesariamente volver a la vida anterior; pueden permanecer limitaciones, temores, cambios en las relaciones o proyectos que ya no podrán realizarse.
Desde la tanatología, reconocer estas pérdidas permite comprender el duelo que acompaña a la enfermedad. Nombrar lo perdido evita que permanezca como un duelo silencioso, pero también permite reconocer aquello que permanece: vínculos, valores, recuerdos, decisiones y posibilidades.
Por eso, quizá la pregunta no deba ser únicamente “¿qué enfermedad tienes?”, sino “¿qué ha significado esta enfermedad para ti?”. Detrás de un diagnóstico hay una persona con una historia, vínculos, proyectos, pérdidas y miedos. Acompañarla implica mirar esa totalidad, sin reducirla a su enfermedad y sin apresurar su proceso de duelo.
Ahí comienza un acompañamiento verdaderamente humano, que pone a la persona al centro y en donde lo más importante es saber por lo que está pasando.










