¿Qué hacer contra los populismos? (Primera parte)
13/10/2026
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor Investigador de la Escuela de Relaciones Internacionales

Las personas de claras convicciones democráticas lo tenemos claro: la democracia en el mundo no está precisamente en su mejor momento. Amenazas viejas, como Vladimir Putin, siguen vigentes, con la mira puesta en los países europeos; regímenes otrora democráticos se tambalean, como los Estados Unidos, gobernado por un autócrata de la peor calaña; y amenazas más o menos nuevas han asaltado con éxito el poder. Me refiero con esto último al populismo, del color que mis cuatro amables y fieles lectores deseen, y ya sea de izquierdas o de derechas. Al final de cuentas, las variantes del populismo son muy parecidas, y todas carecen por completo de un compromiso claro con la democracia y con el respeto de sus valores más elementales. Durante un tiempo parecía que los populismos de izquierdas se imponían en América Latina y los de derechas, en Estados Unidos y en Europa, pero ese mapa ha cambiado dramáticamente en los últimos tiempos.

Ante este avance, al parecer imparable, de esos regímenes autoritarios -los populismos lo son-, cabe preguntarnos qué podemos hacer, cómo podemos influir un poco en nuestro entorno personal inmediato y qué podrían hacer algunas instituciones -como las universidades, por ejemplo- para enfrentarnos a este fenómeno que seduce a tantísimas personas a lo largo y ancho de las sociedades y de los continentes.

Sabemos que es importante debatir sobre la manera adecuada de abordar a los representantes y a los partidarios de las opciones políticas radicales y extremas. En un sistema político es bueno que los electores dispongan de partidos políticos que cubran una paleta amplia de opciones, siempre y cuando dichos partidos políticos compartan, como “mínimo común múltiplo”, el respeto por la democracia. Lo que tienen en común las opciones extremas del espectro político -como los partidos de ultraderecha o de ultraizquierda- es que carecen precisamente de esa convicción democrática, de ese compromiso con el respeto y la defensa de los valores de la democracia y del Estado de Derecho. Ante la discusión de cómo enfrentarse a este fenómeno de radicalización y polarización, tenemos que pensar en diferentes ámbitos: el individual, el político, el social y el mediático. Por lo que alcanzo a percibir, noto la ausencia de estrategias uniformes, aunque supongo que es natural que así sea, dadas las numerosas variables que caracterizan a los movimientos populistas y a la diversidad de contextos. Por eso, creo que la manera de enfrentarnos a este fenómeno debe variar en función no solo del contexto, sino también de los actores implicados, teniendo siempre en cuenta que las distintas formas que escojamos para actuar pueden conllevar tanto oportunidades como riesgos.

Para empezar, tenemos que considerar que puede haber tres modalidades fundamentales de actuación: ignorar, confrontar y debatir. Esto quiere decir que dichas opciones pueden desembocar en resultados diferentes e incluso ambivalentes; es decir, pueden resultar tanto beneficiosas como perjudiciales.

Ignorar algo puede constituir una forma de estrategia, siempre y cuando no se deba a una falta de interés o al desgano, sino que se aplique de manera deliberada y consciente. En determinadas circunstancias, resulta sensato no caer en las provocaciones, como las maniobras dirigidas a generar escándalo para desviar el debate hacia un tema concreto. Recordemos que los populistas suelen ser expertos en la provocación y en el arte de desviar la atención hacia temas ajenos al debate de ese momento. Ignorar esos intentos por desviar la plática o no caer en las provocaciones son recursos que permiten negarles la atención que buscan o mantenerlos dentro del campo temático de la discusión.

Sin embargo, en otros contextos, ignorar una situación -por ejemplo, dejar sin réplica una declaración ofensiva contra minorías o contra elementos esenciales de los derechos humanos- puede interpretarse como una aprobación tácita, como una postura que se comparte. Esta percepción puede surgir no solamente en el actor ignorado, sino también en las personas allí presentes. Debemos pensar muy bien en dónde están los límites de lo que sería aceptable decir y permitir en nuestro discurso, pues, de lo contrario, podemos caer en la trampa de normalizar posturas, argumentos y banderas de los movimientos radicales.

Una segunda forma fundamental de abordar la situación consiste en debatir el contenido de las posturas y los actores populistas de izquierdas o de derechas. Dicha confrontación puede adoptar diversas formas, como entablar un diálogo con actores de movimientos populistas, refutar posturas extremistas, demostrar la falsedad de las afirmaciones de esos actores con hechos verificados o defender una postura propia mediante argumentos sólidos en un debate.

El riesgo que uno corre con el debate es que, involuntariamente otorgamos visibilidad y atención a tales posturas o actores; pero el punto positivo es que la confrontación permite marcar límites, desenmascarar falsedades, fomentar la concientización de las personas y poner de relieve la importancia de los valores democráticos. Sin embargo, debemos resaltar que los populistas no se caracterizan precisamente por esgrimir argumentos cuando discuten o debaten, sino que tienden prácticamente siempre a inventar datos (como lo hacen Andrés Manuel López en México, Marine Le Pen en Francia o Nigel Farage en el Reino Unido) o a encerrarse en posiciones irreductibles. Además, el hecho de que se asumen como representantes legítimos y únicos de un pueblo monolítico, bueno y sabio, hace que, para ellos, debatir carezca de sentido, pues se creen con la razón histórica y moral de su parte. Además, piensan: ¿por qué debatir y confrontarse con los representantes de las élites saqueadoras o con quienes representan valores ajenos al propio pueblo? A esto se debe, en parte, que los populistas generalmente sean incómodas contrapartes en un debate.

Es por eso que la cuestión de si merece la pena debatir con los populistas sigue siendo objeto de una intensa discusión en los ámbitos político, académico y social. No existe una respuesta unívoca de “sí” o “no”, ya que la valoración depende en gran medida del enfoque elegido, de las condiciones contextuales, de las características personales de los participantes y de la concepción de la democracia que sirva de base. Las investigaciones en Ciencia Política demuestran que la mera indiferencia rara vez conduce al éxito, pero combatir al populismo desde una postura puramente emocional o moralizante frecuentemente los empuja a adoptar un papel de víctimas que les granjea nuevos apoyos. Por ello, muchos expertos abogan por una democracia “defensiva, pero abierta al diálogo”: firme en el fondo frente a los argumentos, pero dispuesta a dialogar con los ciudadanos. Como este tema de la confrontación es de suma importancia, volveremos a él con mayor profundidad en posteriores colaboraciones.

La confrontación y la exclusión de los populistas son opciones que van más allá del debate y la indiferencia. En este tipo de respuesta, una persona partidaria de movimientos populistas es expulsada de la asociación o se rescinde el contrato de un empleado, por ejemplo, a raíz de declaraciones o acciones de corte racista o xenófobo. Por un lado, esto deja claro que traspasar ciertos límites conlleva consecuencias tangibles; ello puede ejercer un efecto disuasorio y reafirmar que los propios valores se defienden no solo con palabras, sino también con hechos. Por otro lado, tales reacciones pueden alimentar el mito de la victimización, propio de los actores populistas de derechas y de izquierdas. Asimismo, existe el riesgo de ahuyentar a personas que aún estarían abiertas al diálogo democrático; en lugar de abordar su postura mediante la conversación y el debate, la exclusión podría llevarlas a endurecer sus posiciones ideológicas, a respaldar a los expulsados y a radicalizarse aún más.

Como podemos ver, hay una ambivalencia fundamental para saber qué hacer, que combina oportunidades y riesgos en las formas de reacción, pero que también influye en las estrategias de actuación adoptadas en los distintos niveles.

Como una conclusión de lo que hasta ahora hemos expuesto, digamos que, para contrarrestar eficazmente el populismo de izquierda o de derecha desde la acción personal, se requiere una combinación de tres elementos: 1) la capacidad para emprender un debate sustantivo; 2) la capacidad para romper las imágenes simplistas que el populista tiene de sus adversarios y de la realidad; y 3) la convicción de la necesidad de fortalecer las instituciones democráticas. Mientras que el populismo de derecha suele definirse mediante la exclusión étnica e incluso religiosa, el populismo de izquierda recurre a una división social y moral: “la gente sencilla y trabajadora”, “el pueblo bueno y sabio” frente a “las corporaciones codiciosas y las élites corruptas y saqueadoras”. En ambos casos, los valores democráticos liberales brillan por su ausencia.