Notas sobre la Fides et ratio de san Juan Pablo II. Parte I. Introducción a la Encíclica
13/10/2026
Autor: Roberto Casales García
Cargo: Profesor Investigador de Formación Humanista

No solo nos percatamos del papel que juega la fe y la razón en la contemplación de la verdad, sino que también advertimos su relevancia para alcanzar una verdad plena sobre nosotros mismos. Una verdad que solo es asequible a nosotros en la medida en que Dios puso en nuestros corazones un cierto anhelo de verdad y de conocerlo. Solo conociéndolo y amándolo logramos esa verdad plena sobre nosotros mismos. El ser humano es el único ser capaz de preguntarse por el sentido de las cosas y de su propia existencia: solo el ser humano es “conocedor de sí mismo”. No es raro, en este sentido, que el ser humano se haga o formule preguntas existenciales, preguntas cuya respuesta, según san Juan Pablo II, orienta nuestra existencia. De ahí que, si la Iglesia ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, la diaconía de la verdad sea una de sus tareas fundamentales, haciendo a la comunidad creyente partícipe del esfuerzo de toda la humanidad por alcanzar la verdad. La Iglesia, a través de este servicio, también está obligada a responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas. De entre todos los medios que poseemos para progresar en el conocimiento de la verdad, destaca la filosofía, por contribuir de forma directa a formular la pregunta por el sentido de la vida.

La filosofía, entendida como amor a la sabiduría, surge desde que empezamos a cuestionarnos el sentido de las cosas y su finalidad, algo inherente a la razón humana. Al ser inherente a la razón humana, no es raro que tenga una gran incidencia en la formación y el desarrollo de las culturas, algo que se refleja en los postulados que subyacen a las diversas legislaciones que regulan o pretenden regular la vida social. De ahí también que, movidos por ese anhelo por descubrir el sentido último de las cosas y de nuestra vida, busquemos adquirir conocimientos universales, derivados del asombro suscitado por la contemplación de la creación: “el ser humano se sorprende al descubrirse inmerso en el mundo” (§4). El asombro nos lleva a descubrir nuevos horizontes de conocimiento y a no caer en la repetitividad. La filosofía nos permite elaborar una forma de pensamiento riguroso, a partir del cual se construye un saber sistemático y se elaboran sistemas de pensamiento. Existe la tentación, sin embargo, de querer identificar el todo del pensamiento filosófico con una sola corriente, incurriendo en “soberbia filosófica”: la soberbia de quien cree que solo su perspectiva, siempre incompleta, finita y contingente, constituye una lectura universal.

San Juan Pablo II, en este sentido, admite la existencia de “un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento”, como ocurre con “el principio de no contradicción”, el “de finalidad” y el “de causalidad”, así como también con la concepción de la persona como sujeto libre, inteligente y capaz de conocer a Dios, la verdad y el bien. Todos estos conocimientos constituyen una suerte de patrimonio espiritual de la humanidad y debieran servir como punto de partida o referencia para las diversas escuelas filosóficas. “Cuando la razón logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico y deontológico, entonces puede considerarse una recta razón” (§4). La Iglesia, así, ve en la filosofía el camino para conocer las verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre, y como ayuda “para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio” (§5). A lo largo de la historia se han construido sistemas de pensamiento complejos, los cuales han dado frutos en diversas áreas del saber. Pareciera, sin embargo, que hemos olvidado que el ser humano también está llamado a orientarse hacia una verdad que lo trasciende, sin la cual la persona termina por ser valorada meramente a partir de criterios pragmáticos, basados en el dato experimental.

Nos hemos vuelto incapaces de levantar la mirada hacia lo alto para atrevernos a alcanzar la verdad del ser. La filosofía moderna, así, ha dejado de orientar su investigación sobre el ser para, en lugar de apoyarse en su capacidad para conocer la verdad, darle prioridad al estudio de sus límites. Esto ha derivado en diversas formas de agnosticismo y relativismo, llevado a la filosofía a extraviarse en las arenas movedizas de un escepticismo general. Como consecuencia de esto, se han infravalorado incluso verdades de las que estábamos seguros: “la legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas” (§5). Hay una profunda desconfianza en la verdad, reduciéndolo todo a mera opinión. Ha surgido en el hombre contemporáneo, como consecuencia, una profunda desconfianza en la capacidad del ser humano para aspirar al conocimiento de la verdad, conformándonos con verdades parciales y provisionales, “sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social” (§5). De ahí que la Iglesia, como depositaria de la Revelación, reafirme la necesidad de reflexionar sobre la verdad, asumiendo la misión de anunciar abiertamente la verdad.

Debemos ser testigos de la verdad y en especial la verdad de la fe, ya que “reafirmado la verdad de la fe podemos devolver al hombre contemporáneo la auténtica confianza en sus capacidades cognoscitivas y ofrecer a la filosofía un estímulo para que pueda recuperar y desarrollar su plena dignidad” (§6). Surge la necesidad de reflexionar sobre esta temática, especialmente ahora, en el contexto actual, donde algunas verdades fundamentales de la doctrina católica corren el riesgo de ser deformadas o negadas. Nos encontramos, en efecto, en una época de “rápidos y complejos cambios” que generan “la sensación de que se ven privadas (las nuevas generaciones) de auténticos puntos de referencia”, a lo que san Juan Pablo II añade: “La exigencia de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero al rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alanzar el verdadero sentido de la existencia” (§6). Nos encontramos frente a un mundo que nos lleva a preferir el éxito inmediato sobre la investigación paciente sobre todo aquello por lo que merece la pena vivir. De ahí que la filosofía tenga “la responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la búsqueda de lo verdadero” (§6), que es su vocación originaria.