Necesidad, forma y límites de la crítica
08/10/2026
Autor: Juan Pablo Aranda Vargas
Cargo: Director del Instituto Promotor del Bien Común UPAEP

I

Soy afortunado. Y privilegiado. Es algo que escucho seguido en los pasillos de la universidad y que asumo como cierto. Tengo el gran privilegio de tener una amistad de años con nuestro rector, el Dr. Jorge Medina. A lo largo del tiempo, como profesores, hemos discutido, argumentado, disentido, acordado y publicado juntos dos artículos de investigación, uno sobre la personalidad ontológica del cigoto-feto y otro sobre Emmanuel Lévinas y el sufrimiento del migrante. Soy afortunado de poder sentarme a cruzar y confrontar ideas con él de manera regular, como amigos, como colegas, como universitarios.

Nuestra última conversación terminó con el rector lanzándome un reto. Soy una persona crítica, eso todo mundo lo sabe: algunos probablemente hayan sufrido mi intensidad, y muchos seguramente le saquen la vuelta a este rasgo de mi personalidad. No puedo disculparme por ello, aunque siempre pediré perdón cuando mi crítica me lleva a cruzar la línea de lo correcto. Ahí surge la pregunta del Dr. Medina: ¿Dónde está la línea? ¿Quién la ha pintado, con qué colores, con qué matices y materiales? ¿Qué crítica es aceptable, y cuál no?

Aceptando el reto, y dedicando esta breve reflexión a los doctores Águila y Cantón, vicerrectores de docencia e investigación, respectivamente, con quienes he estado cruzando argumentos últimamente y practicando el derecho de crítica, me abocaré a la cuestión.

II

La crítica es un elemento fundamental en todo inquirir filosófico; sin embargo, incluso en ella hay múltiples formas de ver las cosas: no es lo mismo la crítica que hará Aristóteles a su maestro, Platón, que la crítica de Nietzsche al cristianismo y la modernidad. Evidentemente, cada quien trabaja aquí con distintas comprensiones de la misma palabra.

Analicemos algunas otras situaciones que aproximan la crítica o pueden confundirse con ella. Si yo insulto a alguien diciéndole que es un naco, nada hay en ello de filosófico. De hecho, nada hay en ese enunciado que tenga algún valor. A veces a esto se le llama, incorrectamente, “criticar a alguien” cuando en realidad estamos insultándolo. Por otro lado, al decir “la gravedad es una fuerza relacionada con la masa de los cuerpos”, afirmo un hecho antes que hacer una crítica; si alguien descubriera que lo que he llamado “hecho” no es tal, entonces procedería a formular una crítica que muestre la debilidad de mi enunciado. En este sentido, la crítica se muestra siempre abierta a la discusión, pues se nutre de cierta subjetividad, aunque no se reduce a ella, lo que la convertiría en mera opinión. La crítica parece, pues, suspendida entre el juicio y la opinión, yendo de un lado a otro del espectro sin confundirse con ningún extremo, tomando de ambas y a veces desembocando en territorio de uno u otro extremo.

La crítica busca mostrar grietas en un argumento, propuesta, proyecto o idea, arrojando luz sobre ciertas deficiencias que emergen al considerar lo criticado desde distintas aristas. En la crítica, lo criticado es mostrado desde varios puntos de vista, a fin de “completar” la imagen discutida. Igualmente, lo criticado debe ser visto a menudo en su relación con las cosas, procesos e ideas que lo rodean. Es ese, precisamente, el sentido del pensamiento sistémico, que busca entender los cambios dentro de sistemas complejos que permitan tomar mejores decisiones, comprendiendo mejor la forma como un cambio, por pequeño que sea, puede tener grandes efectos en el sistema en su totalidad. Un ejemplo de estos grandes problemas generados por un planteamiento no sistémico fue la campaña contra los gorriones en China, en 1958, que exterminó gorriones que consumían granos, ignorando el hecho de que esas mismas aves eran depredadores de langostas, orugas y otros insectos dañinos a las cosechas.

La crítica, finalmente, no busca necesariamente destruir un argumento. En muchas ocasiones se trata más bien de pulir una idea o proyecto, no tanto de dinamitarlo (la diferencia entre Aristóteles y Nietzsche ejemplifica esta idea). Por ejemplo, podemos estar de acuerdo en que necesitamos más estudiantes en la universidad y, no obstante, diferir en los mecanismos específicos para lograr la meta: quizá algunos quieran solidificar la excelencia de los profesores, mientras otros apuesten por una campaña de mercadotecnia muy vistosa y con muchos colores, y otros más piensen que el éxito está en tener mejores instalaciones. Dicho de forma general, muchas de nuestras discusiones son sobre medios antes que fines. Y si bien las riñas sobre fines y medios pueden hacer saltar chispas por su virulencia y apasionamiento, ciertamente un acuerdo sobre fines puede encauzar una discusión, mientras que un desacuerdo sobre fines y medios nos pone dos pasos detrás del objetivo.

III

¿Existen, entonces, límites a la crítica? Y, en caso afirmativo, ¿cuáles son estos? Iniciaré diciendo que, siempre que los fines sean nobles y las personas los persigan con sinceridad, la discusión sobre los medios podrá ser acalorada, pero esperanzada en que lo principal, el objeto de nuestros esfuerzos, nos reúne. Mucho más cuando el fin apunta a las más altas cimas del espíritu humano, como es el caso de nuestra universidad.

Cuando entendemos la universidad como esa cofradía de estudiantes y profesores en aras de la verdad; cuando detrás de cada uno de los estudiantes vemos a una persona cuya altísima dignidad le viene dada por haber sido amada por Dios desde su concepción; cuando vemos la investigación como algo más que mero positivismo, cuando el saber quiere convertirse en acción en torno al bien común; cuando mi encuentro con el otro está marcado por la certeza de un compañerismo profesional; siempre que la universidad se vea en estos términos, las discusiones sobre los medios deberán ser vistas con alegría, pues no son otra cosa que aproximaciones, desde la diversidad y la creatividad humanas, a los objetivos que nos congregan día con día en esta comunidad universitaria.

Si los fines no están claros, por otro lado, la discusión y la crítica deben elevarse hasta el nivel de lo axiomático antes que quedarse en lo pragmático. La pregunta ya no es cómo arribamos a este fin que juntos hemos definido, sino qué es aquello que queremos conseguir con nuestra actividad. En este nivel nos jugamos la pulpa de nuestro espíritu, eso que somos en lo profundo. Cuando una comunidad no acierta a definir, en términos básicos y siempre respetando el derecho a la diferencia, qué es y para qué existe, esto es, cuando los fines humanos difieren al punto de enfrentarse, cualquier discusión sobre medios debe esperar a la más importante y difícil empresa de encontrar el para qué de la acción.

Considerando lo anterior, concluyo con algunas normas que orienten el uso de la crítica, específicamente enfocadas en lo que refiere a la actividad universitaria:

  • La crítica es no solamente bienvenida, sino necesaria.
  • Una universidad sin capacidad crítica es un coche sin combustible, un cadáver.
  • El insulto es siempre contrario al espíritu de la crítica, y debe ser rechazado.
  • Toda crítica hecha hacia los fundamentales de una asociación o proyecto pone en riesgo la vida de la agrupación, por lo que (a) no puede hacerse a menos que con ella se busque mostrar que el proyecto o grupo se ha desviado de valores axiomáticos (por ejemplo, una universidad católica que ha dejado de comportarse según el ethos cristiano); (b) debe ser hecha con suma cautela y siempre evitando publicitarla (es decir, no es ético lanzar un foro o un conversatorio en la UPAEP para criticar los fundamentos de esta universidad).
  • La crítica sobre fines puede darse en una universidad, pero siempre bajo ciertas condiciones: (a) que exista claridad sobre los postulados básicos que hacen de la universidad esta y no otra (valores fundacionales, ideario, modelo educativo, estilo, etc.); (b) que la discusión busque reflejar mejor esos valores fundacionales; y (c) que la crítica sea llevada a cabo en grupos controlados a fin de evitar el escándalo, la tiranía de las mayorías, el acuerdo por aclamación o prácticas demagógicas.
  • Los límites establecidos en las dos ideas anteriores se deben no a la limitación de la libertad de pensamiento individual, sino al hecho de que abrir indiscriminadamente la puerta a una crítica del ser mismo que nos reúne conduciría al inmovilismo y, en el peor de los casos, a la destrucción del vínculo que nos hace ser lo que somos.
  • La crítica sobre medios debe darse siempre en una universidad, pues esta crítica alimenta no solamente las aulas, sino los corredores y las oficinas administrativas. A este respecto:

Recular respecto de la crítica le hace un flaco favor a la universidad.

Evitar la crítica por miedo a las repercusiones le hace daño a la universidad.

Asumir el status quo acríticamente es pernicioso y anti-universitario.

Criticar los medios es prerrogativa de todo colaborador, sin distingo.

Criticar es un acto de caridad cuando busca valorar mejor los fines.

Criticar es un acto de esperanza, pues asume que todo es perfeccionable.

Toda crítica ayuda al criticado, ofreciéndole un espacio de mejora.