Iniciar actividades, emprender acciones y asumir compromisos, forma parte de la vida; sin embargo, también es importante aprender a terminarlos. Considero que esto es parte de la educación y de los aprendizajes que, desde niños, madres y padres pueden ayudar a desarrollar: la responsabilidad, la constancia, el seguimiento y la satisfacción de concluir aquello que decidimos comenzar.
Quizá parezca normal que, durante la infancia, algunas cosas se queden a medias. Comprar unos zapatos para bailar y asistir solamente a una clase; inscribirse a natación y abandonar después de la primera semana; pedir un instrumento musical que se toca una sola vez. “Es niño”, “es joven”, “es normal que quiera probar cosas nuevas”, y sí, experimentar es parte del crecimiento. No todo lo que comenzamos tiene que convertirse en un compromiso para toda la vida.
El problema aparece cuando abandonar lo que iniciamos deja de ser una decisión consciente y se convierte en un hábito; cuando llegamos a la vida adulta y trasladamos esa práctica al ámbito profesional: comenzamos proyectos que surgieron en una reunión, planteamos planes de trabajo, proponemos cursos, establecemos estrategias, asumimos compromisos y abrimos conversaciones que, con el paso del tiempo, quedan suspendidas en algún punto.
Entonces aparecen los tiempos que se alargan, los pendientes que se acumulan, las justificaciones para explicar por qué todavía no hay resultados y la dificultad para reconocer que aquello que se inició quizá nunca llegará a un cierre.
De las ideas y las propuestas se puede vivir entusiasmado durante mucho tiempo. El verdadero desafío está en convertirlas en resultados, porque eso exige disciplina, constancia y seguimiento. Aquello que durante la infancia o la adolescencia podía parecer una simple exploración, querer incursionar en todo, probar cosas nuevas y después dejarlo, puede convertirse, con los años, en una forma de relacionarnos con nuestros compromisos. Y esto no ocurre únicamente en el ámbito profesional; también puede reflejarse en nuestras relaciones personales, amistades, proyectos y decisiones de vida. No se trata de profundizar aquí en esos ámbitos, pero sí de reconocer que dejar las cosas a medias de manera constante puede tener consecuencias mucho mayores de las que imaginamos.
Entonces vale la pena preguntarnos: ¿cuántas cosas dejamos a medias porque realmente perdieron sentido y cuántas porque no tuvimos la disciplina para darles continuidad? Porque tampoco se trata de terminar absolutamente todo lo que comenzamos. Hay momentos en los que debemos reconocer que algo ya no funciona, que dejó de aportar o que las circunstancias cambiaron. Tomar la decisión de detener un proyecto también puede ser una muestra de responsabilidad; la diferencia está en hacerlo de manera consciente, comunicarlo y cerrar adecuadamente el proceso.
En las organizaciones, dejar algo a medias tiene consecuencias. Cuando una iniciativa comienza y después desaparece sin explicación, las personas pueden experimentar cansancio, confusión, frustración o escepticismo. Con el tiempo, pueden dejar de creer en las nuevas propuestas porque han aprendido que muchas de ellas simplemente no llegarán a concretarse. Por eso, una organización responsable no debería acumular iniciativas inconclusas; necesita cerrar procesos, confirmar decisiones, informar resultados, agradecer la participación de quienes estuvieron involucrados o decir con claridad: “Esto no continuará y estas son las razones”.
Todo lo que iniciamos implica una responsabilidad, no necesariamente la responsabilidad de llevarlo hasta el final tal como fue planteado originalmente, pero sí la de darle seguimiento, evaluar su pertinencia, tomar decisiones y comunicar el resultado. En las organizaciones, no basta con ser reconocidos por la cantidad de iniciativas que proponemos; también es necesario preguntarnos qué logramos concretar, qué resultados generamos y qué aprendimos de aquello que no funcionó.
Tristemente, algunas organizaciones pueden acostumbrarse a vivir de las propuestas, de las grandes narrativas y de los discursos que entusiasman, persuaden e incluso, en ocasiones, pueden ocultar la ausencia de resultados concretos. Y quizá todos conocemos personas que han construido su trayectoria profesional más alrededor del discurso y las apariencias que de aquello que realmente logran entregar. Tal vez alguna vez hayas pensado que replicar ese comportamiento es una forma de sobrevivir profesionalmente. No lo hagas.
Responder con resultados a la confianza que una organización deposita en nosotros tiene un valor que ninguna narrativa puede sustituir. Cumplir, dar seguimiento, cerrar procesos y asumir la responsabilidad de nuestras decisiones también es una forma de ética profesional, porque empezar entusiasma, pero terminar compromete.










