La transformación de Corea del Sur suele explicarse por sus exportaciones, sus grandes empresas o la acción del Estado. Pero existe una base más profunda: la acumulación de capital humano. Un país con pocos recursos naturales invirtió durante décadas en educación, formación científica y aprendizaje tecnológico, y coordinó esas capacidades con una estrategia industrial competitiva.
La lección no es que México deba copiar el modelo coreano. Las circunstancias históricas y sociales son distintas. Lo relevante es entender cómo Corea convirtió la educación en innovación productiva mediante una relación estrecha entre gobierno, empresas, universidades y centros de investigación. Esta articulación permitió que el conocimiento llegara a las fábricas y generara productos, empleos y exportaciones.
El contraste con México merece atención. Según los datos disponibles de la OCDE, el gasto mexicano en investigación y desarrollo fue apenas 0.3% del PIB en 2023, frente a un promedio de 3% entre sus miembros y a 5.13% de Corea en 2024. El problema no consiste solamente en la insuficiencia del presupuesto público, sino también en la débil participación empresarial. Sin inversión privada, las universidades producen conocimiento, pero encuentran dificultades para transformarlo en soluciones industriales.
Corea enfrentó un desafío semejante. La solución fue que, desde los años ochenta, el Estado no se limitó a aumentar su presupuesto: utilizó incentivos, financiamiento, infraestructura científica y apoyos condicionados para inducir a las empresas a invertir. La participación privada llegó a superar el 70% del gasto nacional en I+D. Cuando la prestigiosa revista Nature ya examinó los datos de 2014, destacó que Corea había invertido 4.29% de su PIB en investigación, por encima de Israel, y que las empresas aportaron 49.2 de los 63.7 billones de wones invertidos. Su liderazgo innovador no dependía sólo del gobierno, sino de convertir la investigación empresarial en una función central de la economía.
Desde entonces, Corea se ha mantenido en la vanguardia de los índices de innovación de Bloomberg y de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO). En 2026 ocupó el cuarto lugar mundial en el Índice Global de Innovación, con liderazgo en investigación empresarial, investigadores empresariales y patentes internacionales. Estos resultados no eliminan problemas, como la concentración en grandes conglomerados, pero demuestran la importancia de una alianza sostenida entre ciencia y producción.
Esa experiencia ya se extiende a la agricultura. Desde 2018, Corea impulsa granjas inteligentes que emplean sensores, internet de las cosas, inteligencia artificial y datos para controlar cultivos. Cuatro Valles de Innovación de Smart Farms integran producción, capacitación, investigación y emprendimiento. No se trata simplemente de comprar tecnología, sino de formar agricultores jóvenes, permitir que empresas emergentes prueben soluciones y vincular la investigación con problemas de productividad y clima.
México podría adaptar esta lógica a sus fortalezas agrícolas e industriales. La cooperación con Corea debería incluir laboratorios conjuntos, fondos para investigación universidad-empresa, movilidad de investigadores, centros regionales de demostración tecnológica y formación vinculada con proyectos productivos. La propiedad intelectual debe protegerse, pero también compartirse con reglas claras cuando la innovación sea desarrollada conjuntamente.
La primera Cumbre de Rectores México-Corea, celebrada en Seúl en 2022 con 24 universidades mexicanas y 20 coreanas, abrió un canal estratégico. No debería reducirse a convenios ceremoniales o intercambios aislados. Debe convertirse en una plataforma permanente que reúna universidades, empresas y gobiernos, seleccione proyectos binacionales y mida resultados: investigadores formados, patentes compartidas, tecnologías comercializadas y soluciones adoptadas por productores y PYMES.
La cooperación académica tendrá sentido si convierte el intercambio tecnológico en capacidades compartidas. El mejor homenaje a la experiencia coreana no sería imitarla, sino utilizarla para que México fortalezca su sistema de innovación. Corea, a su vez, ganaría socios científicos, talento y oportunidades para innovar desde México hacia América del Norte y América Latina. Se espera que la recién cumbre de los presidentes de Corea y México sirva como otro momentum para su coproperidad.










