Mis cuatro fieles y amables lectores lo saben, y lo saben bien: en el escenario de la política internacional, si bien la ONU no puede resolver los graves problemas que aquejan al mundo, sigue siendo un actor político importante y la tribuna más alta desde la que los dirigentes mundiales exponen su visión de las cosas. Es por eso que el mes de septiembre, cuando inician las sesiones de la Asamblea General, es testigo de la llegada de los líderes más importantes, que visitan la sede de las Naciones Unidas para participar en ese inicio de sesiones.
Es cierto que no falta el comentarista que afirma que no es tan importante participar con algún discurso en esas ceremonias, pues pronto se olvidan. Lo que sí se les olvida a dichos comentaristas es que lo importante no necesariamente es pronunciar un discurso en la ONU, sino los escenarios paralelos en los que se mueven los políticos: las reuniones bilaterales, el encuentro informal, las visitas, el conocer a otros protagonistas del acontecer mundial, así como mostrar presencia e interés en lo que ocurre en la convivencia, nada sencilla, de las naciones.
Y es que, al igual que en la política interna da cada país, en la política internacional hay que atender no solamente a las palabras, sino también a los gestos, al estilo de cada dirigente, al lenguaje simbólico, a la personalidad que cada dirigente muestra, a quién saluda y a quién no, quiénes se quedan a escuchar el mensaje y quienes ostensiblemente abandonan la sala. Todo esto puede pesar más que las palabras pronunciadas. Por eso creo que es un nuevo desatino en la política exterior de México que la presidente Sheinbaum no haya asistido a la Asamblea General, pues eso muestra una vez más el sello de la casa de la 4T: la creencia equivocada de que la mejor política exterior es la interior, el descuido por los escenarios internacionales, el no darse cuenta de que un país que aspire a ser grande tiene que distinguirse por una política exterior activa y propositiva, y el desinterés por buscar contactos personales e institucionales con otros jefes de Estado y con otras naciones. La ausencia de un Jefe de Estado o de Gobierno en la ONU manda una señal negativa: a su país no le interesan los acontecimientos internacionales, a su gobierno no le interesa ser protagonista en el escenario diplomático, su mentalidad es “ranchera” -permítasenos la expresión- y cerrada al mundo, y no se ha dado cuenta de lo importante que es defender los intereses nacionales en esos niveles altos de la política internacional.
El lado incómodo del asunto es que hay que escuchar uno que otro discurso disparatado -como el de hace un año de Donald Trump-, pero va una cosa por otra. Por cierto, en su participación de hace unos días, Su Majestad Donald I se vio más mesurado que en 2025, aunque se lanzó muy fuerte contra Irán, en un discurso más propio de un matón de barrio que de un Jefe de Estado. Y aunque tuvo palabras elogiosas para la presidente Sheinbaum, tuvo palabras despectivas para México, al hablar un tanto desordenadamente de los problemas de la delincuencia organizada.
Ya en esta columna, en otra ocasión, hemos comentado que el lenguaje de los políticos no coincide necesariamente con el lenguaje científico o académico. Esto no está mal, simplemente hay que ver que la política tiene sus propios intereses, muy alejados de los intereses científicos. Por eso es comprensible que Trump diga, sin bases teóricas, que los grupos de la delincuencia organizada son organizaciones terroristas. Está empleando un lenguaje que sus bases electorales entienden (o creen entender).
Recordemos, en lo que toca a este tema, algunas consideraciones. Podemos abordar el terrorismo no desde una definición única o simplista, sino como un fenómeno de violencia política de carácter destructivo que impacta el orden global y dinamita la estabilidad democrática. Debemos resaltar los siguientes ejes sobre la naturaleza de este fenómeno:
- El terrorismo es un arma política y desestabilizadora, pues actúa en estrecha relación con movimientos radicales (por ejemplo, el auge de grupos libertarios extremistas o populismos autoritarios), enfocados en debilitar los pilares de la sociedad, la confianza en las instituciones y los estilos de vida democráticos.
- Es un proyecto de control e imposición ideológica: cuando analizamos el terrorismo, como el de carácter yihadista o como el de los movimientos etnonacionalistas históricos, vemos que detrás del acto violento existe un proyecto político autoritario. Aquí hay que advertir que la narrativa política a menudo comete el error de intentar "suavizar" o matizar el terrorismo bajo la etiqueta de simples "violencias", omitiendo su verdadera raíz ideológica.
- La mediatización y la percepción de amenaza: desde el punto de vista de la geopolítica, el terrorismo contemporáneo se nutre del impacto psicológico masivo, lo que obliga a las agendas de seguridad global a reformular constantemente sus estrategias de defensa para no sufrir de vulnerabilidades o "cegueras" operativas frente a las nuevas amenazas globales.
Así que, como vemos, las organizaciones de la delincuencia organizada no cumplen con ninguno de estos factores. El hecho de que unos malandrines pertenecientes a algún grupo criminal echen mano de un coche bomba no los hace terroristas, así como el uso de armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas no los convierte en militares. Simplemente tenemos a criminales haciendo uso de medios terroristas o de medios militares. Para convertirse en terroristas les faltan los elementos que hemos señalado arriba y de los que, evidentemente, carecen. Pero para el discurso político de Trump (la “narrativa”, como se estila ahora en decir), es conveniente catalogarlos como terroristas, pues él cree que eso le da libertad para actuar al margen de la ley, como cuando manda bombardear y hundir lanchas de presuntos narcotraficantes, antes siquiera de tener la certeza de que lo sean. Eso, en lenguaje liso y llano, es una ejecución extrajudicial.
En lo que respecta a su comparación -igualmente sin sustento- de que las organizaciones de la delincuencia organizada son similares al mal llamado “Estado Islámico”, hagamos un par de observaciones.
Hay algunos puntos en los que la delincuencia organizada (DO) y el Estado Islámico (EI) pudieran ser, en efecto, comparables, ya que ambos operan como redes clandestinas transnacionales, emplean la violencia como medio y se financian a través de mercados ilícitos (drogas, contrabando, extorsión, etc.). No obstante, existe una diferencia fundamental en su motivación principal: mientras que la DO busca primordialmente el lucro y el poder económico, el EI persigue una agenda ideológico-religiosa con el objetivo de destruir las estructuras estatales y establecer su propio califato, es decir, su propio gobierno de carácter teocrático. Es por eso que el EI ha llegado a establecer gobiernos locales que atienden escuelas, universidades, infraestructura civil, etc. En este contexto, los expertos y las fuerzas de seguridad -como la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, por sus siglas en alemán)- suelen hablar de una “convergencia” o del denominado “nexo entre crimen y terrorismo” (Crime-Terror Nexus).
Podemos anotar otras diferencias y similitudes:
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En su relación con el Estado, la DO se infiltra en el Estado, recurre a la corrupción y busca preservar las estructuras existentes, puesto que le convienen para poder llevar a cabo sus negocios -recordemos que no puede haber DO sin la colusión de entidades gubernamentales-; por su parte, el EI combate frontal y directamente al Estado, ya que aspira a su destrucción y a ejercer su propio control territorial, social y político.
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En lo que atañe al uso de la violencia, la DO la emplea de forma estratégica, frecuentemente en la sombra, para proteger sus negocios; por su parte, el EI ejerce la violencia de manera ostensible y escenificada (actos terroristas), para sembrar el miedo entre la población y en los actores políticos.
En cuanto a su estructura, la DO opera generalmente de manera jerárquica o en red; muchas veces con vínculos familiares o étnicos; el EI, por su lado, tiene una estructura híbrida, ya que es una combinación de un pseudo-Estado burocrático con células terroristas globales descentralizadas.
Como vemos, el lenguaje académico y el político no se encuentran frecuentemente. Por eso no vale la pena perder el tiempo tratando de convencer a los políticos que deben ser más precisos en el empleo de muchos términos. Eso no les interesa, sino el efecto que sus palabras tengan en el público al que quieren llegar e impresionar.










