Como cada 21 de septiembre desde hace 44 años, se conmemora el Día Mundial de la Paz con el propósito de hacer un llamado al cese al fuego, a la no violencia y a fortalecer los ideales de la paz entre todos los pueblos y naciones del mundo. Aunque es una fecha que suele quedar en una conmemoración simbólica, inevitablemente debe exigirnos como comunidad universitaria reflexionar sobre las condiciones que hacen la paz posible desde la educación, la cultura, las instituciones y la comunidad.
La paz no es un concepto único; es una realidad multidimensional. Los estudios de paz reconocen que incluso hoy debe hablarse de “paces” dados los distintos contextos, matices y alcances que puede tener. Por esa razón, es importante que como universidad tengamos claro el lugar y la postura desde donde queremos definirla, para entender mejor su significado común y su alcance verdadero. Nuestra identidad católica nos remite a enunciar la paz de una manera particular: la paz de Cristo resucitado. El Papa León XIV lo expresó con claridad en el mensaje inaugural de su pontificado: “La paz esté con ustedes[…] esto es una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante”.
En su mensaje durante la LIX Jornada Mundial de la Paz, celebrado el primer día de este 2026, el Santo Padre nos da una detallada explicación de cómo caminar hacia esa paz “desarmada y desarmante”. En ella destaca que la paz de Cristo no proviene desde la simple no violencia ni desde la imposición de la fuerza, sino de un proceso de confianza, encuentro y conversión. En una realidad tan marcada por la violencia como la que hoy vive nuestro país y ante la escala mundial de conflictos bélicos, todos podemos comprender la importancia de la “paz desarmada”. Sin embargo, quizá poco hemos reflexionado sobre lo que implica la “paz desarmante”.
Esta última encierra un profundo sentido político, referente a la manera en que una sociedad organiza y procesa sus conflictos. La “paz desarmante”, además de cuestionar cualquier orden sostenido por la coerción, el miedo o la violencia, también tiene la capacidad de procesar los conflictos abriendo espacios donde se busca cambiar la agresión por la palabra y la escucha.
Esta paz que enunciamos no es pasiva; es un “hacer”. No basta con rechazar y pronunciarse contra la violencia; en realidad eso resuelve poco o nada. La paz necesita acción. Por ello, la universidad tiene el deber público de educar, formar, investigar, dialogar, vincular, incluir e incidir desde y para la paz. La realidad nos demanda con urgencia profesionistas con capacidad crítica, habilidades y compromiso social; no basta con que solo sean competentes y técnicamente impecables en el ejercicio de sus disciplinas. De tal forma, la paz no debe negar el conflicto: debe educarlo.
La “paz desarmante” hace de la universidad una infraestructura cultural, educativa y de acción colectiva. Sí, una infraestructura para la paz, no tanto por disponer de edificios, aulas, pizarrones y pupitres, sino porque es una comunidad viva donde se concentran capitales sociales y se institucionalizan y norman procesos que permiten pensar cualquier iniciativa en un horizonte de tiempo deseable. La paz encuentra en la universidad no solo reflexión, sino también método y pedagogía para educarla, anunciarla y practicarla. Su tarea será educar no solo para una buena convivencia, sino también en ciudadanía, en la preocupación por el otro, por su entorno físico, en el desarrollo de habilidades psicoemocionales que permitan a las personas y a las comunidades procesar sus conflictos de manera positiva. Pero la educación para la paz solo es creíble cuando se practica en la vida cotidiana, no bastan las narrativas y discursos que se limitan a anunciarla.
La universidad que educa desde y para la paz no tiene todas las condiciones ni todas las respuestas. Como lo decía el Papa León XIV, siendo el camino para la paz “humilde y perseverante”, debemos reconocer que construirla es un proceso compartido que requiere de la efectiva inclusión de todos. Para ello es fundamental propiciar -también educar- el encuentro. Por eso, como institución educativa, la mejor forma para conmemorar el Día Internacional de la Paz no será con un mensaje bonito y esperanzador, sino haciéndola. Al final, paz es posible, se construye, pero solo como resultado de decisiones públicas valientes y perseverantes.










