A continuación presentamos el texto íntegro de la Primera Cátedra impartida por el Doctor Jorge Medina Delgadillo.
Queridos estudiantes de la UPAEP:
Cada año esta Universidad abre el curso con la Primera Cátedra, que no es otra cosa que la primera clase del ciclo escolar (para algunos, su primera clase en la Universidad). En esta ocasión me toca a mí el privilegio de impartirla. Quiero decirles desde el arranque por qué esta cátedra se imparte fundamentalmente a ustedes: porque ustedes son la razón por la que existe todo lo demás: los docentes e investigadores, el personal administrativo, las aulas y los laboratorios, las instalaciones deportivas, los reglamentos y los sistemas informáticos. Y precisamente por eso quiero empezar diciéndoles algo que quizá nadie les diga durante estos primeros días: ustedes no vienen aquí solamente a recibir. Vienen a responder.
I. Una palabra a la que estamos acostumbrados
Es ya cotidiano escuchar que se diga: “este joven es muy talentoso” o “esta chica tiene tal o cual talento”. Existen shows de talentos, donde los espectadores presencian cómo un diestro en el canto, en la música, en la magia, en las acrobacias o en el baile hace gala de sus dotes; o circunstancias en las que una persona tiene una capacidad admirable para resolver problemas o administrar recursos, por mencionar otros ejemplos, y en unos y otros, nos sorprendemos todos.
Tal vez aquí todos podemos bailar, unos con más gracia y otros con menos: habrá más de alguna Shakira, y habrá quienes tenemos dos pies izquierdos. Como fuera, nadie duda que hay gente que tiene talento para el baile. Y cuando nos preguntamos a qué se debe, tenemos que reconocer que a la confluencia de dos factores: algo que le viene de nacimiento —facilidad, encanto, destreza— y algo que la propia persona forjó con disciplina, práctica y esfuerzo. Al final, una persona es talentosa para el baile porque se le da, ciertamente, pero también porque lo disfruta, porque ensaya coreografías con sus amigos y porque lo practica todos los días. Quedémonos por ahora con esto: el talento es dado, pero también cultivado; es don, pero también fruto del esfuerzo.
II. Medidas de peso y sistema monetario
Pero ¿saben de dónde viene la palabra ‘talento’? El talento era originalmente una unidad de peso y, por extensión, una enorme cantidad de dinero. Hace muchos siglos, en la antigua Mesopotamia y en las culturas de la media luna fértil, se pesaba así: la unidad menor era el siclo (lo que después los hebreos llamaron ‘shekel’), unos diez gramos —imaginen un manojo de llaves o tres cucharadas de azúcar—. Sesenta siclos conformaban una mina, alrededor de seiscientos gramos: el peso de una comida completa con pan, arroz, algo de carne y verduras. Y sesenta minas equivalían a un talento, porque aquel sistema era sexagesimal. Con las variaciones propias de los siglos, en el sistema hebreo de pesos y medidas, heredero del babilónico, un talento venía a ser unos treinta y cuatro kilogramos. Eso pesa un niño. Eso pesa un bulto de cemento. Eso pesa un costal lleno de comida.
Saben bien que las unidades de peso también fueron unidades comerciales, es decir, moneda, cuando el peso del que se hablaba eran los metales preciosos, como la plata y el oro. Por eso el siclo fue moneda, lo mismo que el talento.
Te invito ahora a otro pequeño ejercicio de aritmética. Cuando preparé esta clase, un gramo de oro de 24 quilates, según datos del Banco de México, se cotiza alrededor de $2,680 pesos. Un kilogramo de oro son casi dos millones setecientos mil pesos. Si nos vamos a la antigüedad y queremos entender: recibir un siclo de oro era recibir el equivalente a unos 27 mil pesos, y un talento (un costalito de 34 kilos de oro) equivaldría a $91,120,000. La gran mayoría de los mexicanos no veremos jamás un patrimonio así en toda nuestra vida.
III. La exigente actualidad de un pasaje de la Escritura
En la Sagrada Escritura, en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, aparece la famosa parábola de los talentos. Por cierto, inmediatamente después de esa parábola sigue la del juicio final. Sobre este dato volveré al final.
La parábola de los talentos cuenta que un hombre, a punto de emprender un largo viaje, llamó a sus siervos y les entregó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad. Los dos primeros pusieron aquella fortuna a trabajar y la duplicaron. El tercero cavó un hoyo y la escondió. Al volver, aquel hombre llamó a sus siervos, y fueron entregando los talentos recibidos más los talentos ganados: el primero diez, el segundo cuatro; pero al llegar al tercero, él respondió: “Señor, sabía que eras exigente y tuve miedo, fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. Por supuesto, el hombre se enojó, le quitó su talento y echó fuera a aquel siervo inútil.
Cuando Jesús habla de talentos, la palabra guarda todavía, en su raíz, la memoria del peso. Del bulto. Del costal. De algo que se carga.
Fíjense ahora en lo que ha pasado con esa palabra, porque la historia es hermosa. Del nombre de aquella medida nació el sentido que hoy le damos: hablamos del talento de una violinista, del talento de quien resuelve problemas, del que sabe escuchar. Y es un sentido bueno y verdadero: nombra algo real, que se descubre, se ejercita y se agradece; y nació precisamente de esta parábola, que enseñó a Occidente a mirar las capacidades de una persona como un don y no como algo accidental. Por otra parte, en el Evangelio el talento no es sólo un atributo: es un depósito confiado por alguien, que habrá de devolverse acrecentado. Los tres siervos administran algo que no les pertenece. Y de ahí lo primero que quiero que consideren: nada de lo esencial que constituye su vida es obra suya. No se dieron la inteligencia con la que se aventuran en la búsqueda de la verdad, ni la salud, ni la familia, ni el siglo en que nacieron, ni la curiosidad que los trajo a esta carrera y no a otra. Nadie se dio a sí mismo la vida. Todo eso les fue confiado, con un peso concreto y una fecha de rendición de cuentas que nadie conoce.
Regresemos, si me lo permiten, a la aritmética (o a las finanzas) para experimentar algo de vértigo. El que recibió cinco talentos recibió 171 kilos de oro: unos 455 millones de pesos. El que recibió dos, 68.4 kilos: unos 182 millones. Y el tercero, al que ingenuamente podríamos compadecer porque “recibió poquito” (un talento), recibió 34.2 kilos: más de 91 millones de pesos. Nadie en esta parábola recibió poco. ¡Nadie!
Y hay algo que conviene no perder de vista: lo que tú recibiste no llegó una sola vez y para siempre. Se te vuelve a entregar cada mañana. No te ganaste la salud con la que hoy te levantaste, ni la cabeza con la que estudiarás esta tarde, ni el día entero que tienes por delante; todo eso se te acaba de dar otra vez, hoy y gratis. El don es un depósito que se renueva, y que por eso mismo pide, cada día, una respuesta nueva.
¿Por qué usaría Jesús cifras tan estratosféricas, tan lejanas de sus oyentes? La exageración tiene el propósito pedagógico de hacer notar al que escucha lo extraordinariamente bendecido que ha sido. Me viene a la mente la canción de Violeta Parra, Gracias a la vida: ojos para ver el cielo estrellado y el rostro de quien amamos; oído para captar canciones y voces; pies para subir montañas con los amigos; corazón, capacidad de estremecimiento ante el bien. Verdaderamente son talentos: costales de oro que cargamos sin darnos cuenta. Y esa inconsciencia a veces nos hace ser malagradecidos.
Haz ahora, en silencio, el inventario de tu propio costal. Acabas de inscribirte en una institución de educación superior, cosa que logra apenas una minoría de los jóvenes de tu edad en este país, y alguien paga esa colegiatura. Tienes bases de datos internacionales a las que se entra desde el teléfono, profesores con doctorado a los que puedes preguntar y grandes investigadores de quienes vas a aprender, laboratorios, campos de práctica, convenios con universidades de decenas de países. Y tienes por delante cuatro o cinco años: posees ‘tiempo’, el bien más escaso, y el que menos se nota mientras se tiene.
IV. Una idea de Gregorio Magno
Una tarde, hablando con un entrañable amigo justamente sobre la parábola de los talentos, estudiábamos una frase que san Gregorio Magno (siglo VI): “Cum augentur dona, rationes etiam crescunt donorum”, “aumentando los dones, crecen también las responsabilidades”. La dijo predicando al pueblo, en la basílica de San Silvestre, comentando exactamente este pasaje de la Sagrada Escritura. Y la dijo con una advertencia que le queda perfecta a nuestra Universidad: quienes parecemos haber recibido algo más que los demás no salimos mejor librados por eso, sino al revés. Tanto más humilde y tanto más pronto para servir debe ser cada uno en razón del don recibido, cuanto más obligado se ve a rendir cuentas de él. Ahí está todo lo que quiero decirles hoy. El don recibido produce humildad y prisa por servir. San Gregorio Magno, la dijo mil seiscientos años antes de que Stan Lee la pusiera como el consejo definitivo del Tío Ben a Peter Parker (Spiderman): “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” (“with great power comes great responsibility”).
Volvamos un momento a Gregorio. Lo que su frase afirma es una proporción: la responsabilidad crece en la misma medida en que crece el don. Y de ahí se sigue la bisagra de toda la parábola: responder no es conservar. Noten esto, porque es un tanto contraintuitivo: el reproche nunca es haber perdido dinero. El siervo inútil de la parábola no es quien negocia y quiebra. No hay castigo para el que se equivoca intentándolo; hay castigo para el que no intenta.
Y con esto podemos volver a la pregunta: ¿qué son los talentos? No cualquier ‘don’ en general. San Gregorio sostiene que los cinco talentos del primer siervo son los cinco sentidos del cuerpo: vista, oído, gusto, olfato y tacto. Por ahí entra todo lo que sabemos del mundo, y a eso le llama “la ciencia de las cosas exteriores”: lo que hoy llamaríamos el dato, la observación, el trabajo de campo. Los dos talentos del segundo siervo son otra cosa: el entendimiento y la acción, intellectus et operatio; entender por dentro lo que se ve por fuera, y hacer algo con eso. Y el talento único del tercer siervo es el entendimiento a secas, sin obra que lo acompañe.
Según la interpretación de Gregorio, por tanto, los talentos de la parábola dejaron de ser dinero para representar las facultades con las que conocemos y actuamos: los sentidos que reúnen datos, la inteligencia que los entiende, las manos que obran el bien a los demás. Un hombre del siglo VI describió, sin saberlo, lo que una universidad hace todos los días: observar, comprender, actuar, solucionar, entender, inventar, dialogar, crear... En otras palabras: darse cuenta de lo que se tiene delante, comprenderlo bien y hacer algo con ello.
V. Formas de enterrar un talento
Aquí quisiera detenerme, porque es la parte que me interesa más. Y empiezo por lo más raro de la parábola: enterrar el talento no es robarlo. El tercer siervo no es un ladrón, es un hombre honrado. No malversó, no huyó, no se gastó el dinero en fiestas, sino que devolvió íntegro y puntual lo que le confiaron, y seguramente esperaba una felicitación. Lo que se le reclama no aparece en ningún código penal, y por eso cuesta verlo. Con él, simplemente, no pasó nada.
“Esconder el talento en la tierra —lo define Gregorio— es emplear el ingenio recibido en ocupaciones terrenas, no buscar la ganancia espiritual, no levantar nunca el corazón de los pensamientos terrenos”. No habla de torpeza ni de mala fe. El siervo usó su ingenio; lo que le faltó fue horizonte y valentía. Y ahí está lo interesante, porque describe algo que no se nota desde fuera: una vida puede funcionar bien y quedarse sin fruto. La capacidad, por sí sola, no decide hacia dónde apunta.
Y lo incómodo del asunto es que aquí también, en nuestra querida UPAEP, se puede enterrar un talento sin romper una sola regla. Nadie te sancionará por ello, nadie levantará un acta, no se verá reflejado en tu kárdex. Se puede pasar por esta Universidad, cumplir con todo y salir con el costal igual de pesado que como entró. Pero de la universidad no deberían egresar personas que simplemente conserven lo recibido. Deben egresar personas que lo transformen.
Antes de decirte cómo, quiero detenerme en un error común: creer que en esta historia a ti o a mí nos tocó el papel del tercer siervo, el que —pensamos— casi no recibió nada. Y de ahí a decir “a mí no me tocó ninguno” hay un solo paso. Pero nadie puede decirlo con verdad, y san Gregorio lo muestra con un reparto que todavía sirve. ¿Recibiste inteligencia? Tu tarea es enseñar. ¿Recibiste bienes? Tu tarea es repartir. ¿No recibiste ni lo uno ni lo otro, pero aprendiste un oficio que te sostiene? Ese oficio ya es tu talento. Quien es servidor público recibe el talento de la autoridad, y lo entierra el día en que, teniendo voz o decisión, no la usa en favor de quien no tiene manera de hacerse escuchar. Tal vez en unos años la autoridad sea el talento de muchos de ustedes. ¿Cómo lo pondrán a trabajar?
Nadie, entonces, está exento. Y por eso conviene mirar de cerca las maneras concretas en que un talento se entierra.
Se entierra el talento cuando la carrera se convierte en un trámite: cuando la pregunta ya no es qué quiero llegar a ser, sino cuántas materias me faltan; cuando se elige el horario más cómodo antes que el mejor maestro; cuando se pregunta si algo “viene en el examen” en lugar de “si es verdad”. Aquí y en cualquier otra Universidad, un estudiante puede titularse sin haberse formado, en el sentido pleno y profundo del término. Henos aquí con la manera más elegante de devolver el talento intacto.
Se entierra el talento cuando se va a la biblioteca porque ahí hay enchufes para cargar el celular, sin reparar en lo obvio: los libros de sus estantes; bases de datos con millones de artículos revisados por pares; revistas científicas que un investigador de hace treinta años habría cruzado el mundo para consultar tres tardes; normas técnicas, jurisprudencia y series históricas; los repositorios de universidades que todavía no conoces. Por cierto, un comercial: cualquier material que no tenemos en nuestra biblioteca casi siempre puede pedirse prestado a otra biblioteca de México o del extranjero. Por si fuera poco, en el mostrador hay alguien cuyo oficio es, literalmente, encontrar lo que uno no sabe cómo buscar. Tienes, entonces, toda esa riqueza a un paso; y, sin embargo, hay trabajos que se entregan citando tres páginas de internet, con copy/paste y escribiéndole a ChatGPT un prompt que dice algo así: “Querido Chat, toma esta info y haz un trabajo que no parezca copiado”.
Se entierra el talento —y ésta es la forma más nueva y la más silenciosa— cuando se le encarga a una máquina la parte del trabajo que servía para hacernos crecer. En el primer tomo de la novela Duna, se relata una conversación interesantísima entre la ‘Reverenda Madre’ y Paul Atreides, ella le cuenta de un lamentable tiempo en el que la humanidad terminó sometida por su propia tecnología: “Una vez, los hombres entregaron su pensamiento a las máquinas con la esperanza de que esto los liberaría. Pero eso solo permitió que otros hombres con máquinas los esclavizaran”. No les pediré que no usen las herramientas de su tiempo: quien mejor las use trabajará mejor. Les pido que distingan. Úsenlas para llegar más lejos; usarlas sin pensar, es cavar la tierra para enterar el talento. Un texto que ustedes entregan y que nadie escribió, que nadie entendió y del que nadie puede responder, es un costal devuelto con moño. Y el precio no lo paga quien lo califica: lo pagan ustedes, en forma de una capacidad que no se desarrolló.
Se entierra el talento cuando se está en el aula sin estar, cuando se toma nota sin discutir, cuando nadie debate, cuando pasan cuatro años sin haberle preguntado nunca a un profesor en qué investiga. Esa mujer o ese hombre que está frente a ustedes ha pasado muchos años preparándose para poder responderles. Un maestro al que no se le pregunta es un talento enterrado por los dos.
Se entierra el talento por miedo: la convocatoria de movilidad que no se llenó porque “seguro no me la dan”, la beca de verano de investigación que se leyó y se cerró, el idioma que se abandonó porque “el italiano o el francés no son para mí”. Y es curioso cómo funciona ese miedo: asusta mucho más intentar algo y no lograrlo que quedarse exactamente donde estamos, que es lo único que garantiza no lograrlo. Nadie se pone nervioso al no aplicar.
Se entierra el talento cuando el servicio social se firma en lugar de hacerse, y cuando la comunidad a la que vamos es un requisito y no rostros con nombre. Un profesionista sin oficio no sirve a los pobres; pero un profesionista con oficio y sin decisión tampoco.
Y se entierra el talento del otro, que es la forma que a mí más me preocupa: el equipo donde uno solo trabaja y los demás firman; el compañero que come solo desde el primer semestre; la idea que se ridiculizó en clase y no se volvió a decir en cuatro años. Ustedes tienen el poder de despertar o de apagar el talento de quien tienen al lado, y lo hacen todos los días sin darse cuenta.
Reparemos, por último, en la coartada del siervo. Acaba poniendo al amo como el malo de la película: “sé que eres un hombre exigente; por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: aquí tienes lo tuyo”. Llama duro a su señor, cuando lo único que tendría que haberle preocupado era devolvérselo sin ganancia. Esa frase se escucha en las universidades con muchos acentos: el maestro no explica, la materia no sirve, no hay tiempo, el sistema no lo permite. Algunas de esas quejas son verdaderas, y a mí me toca atenderlas; para eso estoy. Pero ninguna queja multiplica el don recibido. Es el trabajo y el esfuerzo lo que deja frutos. Si hemos recibido mucho, por tanto, debemos mucho. Y ¿cómo pagamos esta deuda? Sirviendo y multiplicando.
VI. Un ejemplo contemporáneo
Y para no quedarnos en la teoría, un caso que varios de ustedes conocen mejor que yo. Guillermo del Toro nació y creció en Guadalajara; empezó haciendo maquillaje y efectos especiales, y durante años sacó adelante sus proyectos con lo poco que tenía y con una terquedad admirable. Hoy su Frankenstein acumula nueve nominaciones al Oscar. Los dones que poseía los puso a trabajar durante décadas. Hasta ahí es una historia de esfuerzo, y de ésas hay miles.
Lo interesante no es que Guillermo del Toro haya multiplicado su talento. Lo interesante es que, después de multiplicarlo, decidió poner parte de esa multiplicación al servicio del talento de otros. En 2019 creó, junto otras fundaciones e instituciones, una beca fabulosa para que jóvenes mexicanos estudien cine y animación en el extranjero. Pero la beca trae una cláusula: el becario tiene que volver a México a trabajar. Es decir, alguien que multiplicó lo suyo montó después la mesa de cambio para que otros multipliquen lo de ellos, y les puso como única condición no llevarse el oro a otra parte.
Ésa es la imagen completa de la parábola: recibir, negociar, abrir la bóveda para otros. Si algún día alguno de ustedes se encuentra en posición de firmar una beca, acuérdense de este párrafo.
La actividad de los siervos buenos de la parábola fue negociar. Poner el oro en circulación, arriesgarlo, exponerlo. Por eso quiero que dejes de ver los servicios de esta Universidad como prestaciones que te ofrecemos y empieza a verlos como la mesa de cambio donde negocias tu oro. La biblioteca es la mesa donde se negocia la inteligencia: úsala hasta desgastarla. La movilidad, donde se negocia la estrechez de la propia mirada: aplica, aunque creas que no te la van a dar. La investigación, donde se cambia lo que sabemos por lo que todavía no sabemos: toca la puerta de un semillero este mismo semestre. La acción social, donde se negocia el privilegio: no salgas de aquí preguntando cuánto vas a ganar antes de preguntar a quién vas a servir. Cada mostrador está abierto y atendido. Que no se diga que estaba abierto y nadie llegó.
VII. Interés, rendimiento y muerte
Les prometí volver sobre un dato. Que san Mateo coloque el juicio final inmediatamente después de esta parábola no es casualidad. Cuando llega la hora de las cuentas, la pregunta no es cuánto sabías, sino otra, mucho más simple: tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber. Servir es la forma de rendir cuentas del talento recibido.
Después de explicar la parábola, Gregorio se vuelve de golpe hacia los que lo están escuchando y les avisa que de lo que acaban de oír se les va a pedir cuentas, y no al costo, sino con intereses. Luego explica que esos intereses son lo que ustedes le agreguen por su cuenta: entender, a partir de lo que hoy oyeron, aquello que nadie les dijo; hacer lo que nadie alcanzó a enseñarles. Dicho en otros términos: lo que reciban aquí es el capital, no el rendimiento. El rendimiento lo ponen ustedes. Y no conozco una definición más exigente de lo que debería ocurrir en una universidad: que salgan de aquí sabiendo más de lo que les enseñamos.
Que la muerte nos llegue cansados, gastados, extenuados de multiplicar. Gastarnos para multiplicarnos: ésa es la paradoja de la vida cristiana. Perder para ganar. Morir para vivir. Dar para recibir. Cuando los veo y me hago consciente del talento humano que hay en esta Casa de Estudios, no sé si alegrarme o temblar. Porque se nos pedirá tanto cuanto hemos recibido. Que a la alegría de sabernos tan bendecidos le siga la urgencia de multiplicar lo dado. Que nadie salga hoy de aquí con un talento en el bolsillo esperando el momento oportuno, porque el momento oportuno es este primer semestre. Y que el día en que haya que rendir cuentas no digamos la frase del que enterró, “aquí tienes lo tuyo”, sino la otra: “Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado”.
Bienvenidos a la Universidad.










