Háblame, musa. Nos adentramos en la obra La Odisea, cantada por primera vez en el siglo VIII a.C. en veinticuatro rapsodias (canciones enlazadas) escritas a modo de poemas atribuidos a Homero «el hombre de Quíos». En aquella isla griega frente a las costas de la actual Turquía y en el mar Egeo, la tradición oral de mitos y leyendas penetró de cabeza a pies en una población estimada por entonces en 100,000 habitantes. Sin embargo, el no poner por escrito dichas narraciones pudo haber significado su olvido absoluto. La propia figura del posible autor tuvo referencia por parte de Pausanias, quien señaló que en el pronaos del Templo de Apolo de Delfos existió una estatua de bronce de Homero junto a una inscripción que decía «Dichoso e infortunado, pues naciste para cambiar cosas. Buscas una patria…».
El rey Odiseo (el Ulises romano) regresa a su hogar, la Isla de Ítaca, tras la Guerra de Troya. El viaje de regreso duró diez años de aventuras, encuentros y desencuentros, lágrimas y sonrisas, frustraciones y tesoros…, pero lo realmente destacado fueron las experiencias vividas con valores a lo largo de sus 3,650 días fuera de su hogar. En un mar de angustias por no estar junto a su familia, el deseo de volver sopló con ímpetu (Duc in altum) cada vela e impulsó cada remo, donde aún quedaba espacio para la falta de esperanza. Penélope (como en la canción de Joan Manuel Serrat), su esposa, contaba cada segundo hasta ver el regreso de su amado, mientras cada reloj de sol parecía detenerse para siempre y se marchitaba la belleza de un mundo camino a la trascendencia. Sus ojos vieron barcos irse a lo lejos sin noticias de su esposo mientras las palabras hacia su hijo, Telémaco, podían ser de todo menos artífices de la rendición. El amor se mantuvo veinte años sin noticias mutuas y el poder se debilitaba.
Para muchos, la astucia de Odiseo fue su mejor arma; por mi parte, considero que la paideia (el hombre formado) arcaica fue su mejor formación para la toma de decisiones. Lograr la areté (excelencia) pasó por toda una antropología pedagógica donde el hombre, formado por materia y espíritu, era llamado a dicha excelencia por la fuerza motriz de la educación. En todo ello, como menciona Negrín Fajardo, se buscaron cinco ejes de mejora: el corporal o físico (areté corporal, educación física), el metafísico o espiritual (areté espiritual), el privado o individual (educación humanística), el social o público (educación política) y el práctico de técnica y ética (areté técnico artística y areté moral). Todo ello pareció estar trenzado, según sus teóricos, por una intervención religiosa respecto al designio, capricho, antojo o destino… que los dioses determinasen.
Esta pedagogía del héroe homérico, diríamos caballeresco en otros tiempos, fue principalmente elitista y aristocrática, llevando a la práctica esa capacidad de plenitud intelectual a un pequeño sector limitado de la población. Eran conscientes de lo que la educación era capaz de transformar en la persona si atendemos a pensadores como Hesíodo: «La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser» (700 a.C.); pero no pudieron llegar a transformar a grandes núcleos de población, por lo que esos héroes eran ejemplos de narraciones, aventuras, desempeños y modelos a seguir…
No debemos olvidar que, ante los naufragios en la Isla de Esqueria, los juegos atléticos, los disfraces, la prueba del arco… (retos, al fin y al cabo, ante realidades constantemente cambiantes a las que adaptarse), existieron otros factores motivadores y determinantes, como la propia nostalgia, la solidaridad de un grupo con aspiraciones comunes, el establecimiento de normas, los códigos y decálogos contra la corrupción, la no ceguera para los valores y la necesaria creatividad en comunidad. Lo que no le faltó a Odiseo en tal genial aventura fue vivir la propia vida y saber adaptarse a ella.
Hoy, sin la supuesta protección de Atenea, sin telpochcalli, calmécac o cuicacalli, con las innegables raíces del humanismo, la Nueva Escuela Mexicana (NEM) está, por sus tiempos de vida, más cerca de la Ilíada (Troya, Ιlión), en un viaje de ida, que de un viaje de vuelta y conclusiones como la Odisea. Es este heroico camino, con el «compromiso por brindar calidad en la enseñanza para mejorar las capacidades y las habilidades de los educandos en áreas fundamentales como la comunicación, las matemáticas y las ciencias», en nuestro caso en la Ciencia de la Historia y el pensamiento crítico, compartimos una misión que debe seguir enfrentándose a quimeras, cíclopes, sirenas, pretendidos semidioses… que no atiendan a la formación «integral de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, con el objetivo de promover el aprendizaje de excelencia». Nuestra paideia hoy no es arcaica, aunque debemos beber de ella, del Toltecáyotl y de la Universitas católica, donde siguen existiendo heroínas y héroes que cada mañana llegan con una sonrisa al aula al servicio de sus estudiantes. Allí donde el sueño aprieta y el cansancio nos delata, esos referentes siguen surcando océanos de sabiduría, construyendo caballos de madera para traspasar muros infranqueables que bloquean la fraternidad y siendo ejemplo de lucha por la verdad.
Hoy, la NEM, con el «fomento de la identidad con México», no debe crear categorías de buenos contra malos, de acusaciones frente a orgullos rancios. Debemos ir para regresar y que, en esa Odisea, recordemos que Ítaca (México) no nos ha traicionado. Tenemos muchas Penélopes, Telémacos y Odiseos, que bien se pueden llamar Juanas, Guadalupes o Carlitos, y que necesitan que no olvidemos nuestra auténtica historia inculturada que nos ha conformado como potencia mundial en cultura. Ante nuestra «responsabilidad ciudadana» y nuestra «conciencia social», debemos investigar, analizar, formar y divulgar… nuestra evolución histórica sobre nuestros valores cívicos actuales y el bienestar social por el que muchas generaciones han luchado hasta nuestro presente. En ese camino, nuestras mejores armas son portadas por «quienes son formados hoy en la Nueva Escuela Mexicana y emplean el pensamiento crítico gestado a partir de análisis, reflexión, diálogo, conciencia histórica, humanismo y argumentación fundada para el mejoramiento de los ámbitos social, cultural y político». ¿Quién puede temer ir a las Termópilas, a las puertas de Troya o llegar como mendigo a Ítaca con tan altos principios? Puede que no compartamos todo, ni en el camino de regreso a Ítaca ni en la NEM; discutir y debatir es sano dentro del respeto y apego a la verdad, pero lo que nos une como horizonte es que «asumimos la educación desde el humanismo», teniendo por centro a la persona.
Ese ayer que quizás trabajó menos el análisis desde la diversidad cultural y la cultura de paz sigue con cantos de sirena ante la propia «revalorización del magisterio». Parafraseando a Mariano Jabonero, secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI): «No existe mayor calidad de educación que la calidad de sus propios docentes». No debemos dejar a merced de las corrientes y los malos vientos la mejora de la formación de alumnos y docentes, con materias temáticas y de didáctica que favorezcan su crecimiento, estímulo, mejora laboral y salarial con un grado oficial en sus disciplinas. Nuestro camino debe ir acompañado de las nuevas narrativas y de las «tecnologías de la información y la comunicación», que rompan los campos de algas y los icebergs del desánimo.
Hoy, México puede liderar proyectos educativos de la más alta calidad, más plurales y democráticos que aquellos tiempos griegos, en «vinculación con la comunidad inmediata», adaptando lo bueno, pero no sumando realidades que no encajan con nuestra tradición y forma de ver la vida. Nos une la verdad, pero, en verdad, no todo nos une.
Hoy, la NEM y La Odisea, siguen siendo dos oportunidades de diálogo, acción y reflexión atemporales, desde donde salgamos fortalecidos de haber vivido una vida digna, allí donde estos contenidos y el propio humanismo no queden relegados a una sesión de cine de ciento setenta y tres minutos.










