En el año 2172 habrán pasado el mismo número de años desde el fallecimiento de Don Benito Juárez a esa fecha que desde la caída de la Triple Alianza hasta la Independencia del Virreinato de la Nueva España (1521-1821). Esas sumas de periodos de 300 años, o de más de 600 años entre los mexicas y el futuro, no eliminarán que sigamos hablando por entonces del legado que dejaron muchas personas y sus actos en la historia.
El 18 de julio próximo se cumplirán los 154 años de la muerte de Benito Pablo Juárez García. Nuevamente, si juzgamos el peso de la historia por categorías de buenos contra malos, podemos caer en anacronismos, datos erróneos, prejuicios, vicios, pasiones viscerales… ¿Qué podemos situar respecto a aquellos años para reflexionar en el legado que dejaron en nuestro presente?
No demeritan en nada en una vida los momentos de un joven Juárez desde su origen zapoteco, su caminar entre las cabras, el imaginarlo levantando la mirada al cielo buscando explicaciones, el tener (como Juan Diego Cuauhtlatoatzin) a un tío Bernardino como consejero y mentor, el llanto al dejar la tierra que le vio nacer mezclado con el llanto ante la ciudad que le vio llegar… Casi todos situamos que fue huérfano, pero no que nació aún dentro del Virreinato de la Nueva España. A menos de un mes de la Independencia (27 de septiembre de 1821), Juárez encontró a los quince años su sitio, el consuelo, la aceptación, el conocimiento y la confirmación de su fe en el Seminario de la Santa Cruz de Oaxaca.
Alejado de lo clerical fue ascendiendo en cargos públicos y culminó a los veintiocho años el título de abogado iniciándose en ideas liberales y pensamiento masón a través de alguno de sus profesores. En lo personal, tuvo a su primer hijo, Tereso, fruto de su primera relación (anterior a Margarita Maza) con la joven tehuana María de la Cruz Ortiz; a la cual sumaría a los treinta y cuatro años en otra relación a su hija Susana, hija de Juana Rosa Chagoya. Ajenos al debate de que el total de hijos que tuvo con diferentes mujeres parece ser que fueron un total de catorce, Juárez llegó a la capital, Ciudad de México, para tener que regresar a Oaxaca en tiempos de la Guerra contra Estados Unidos creando el incidente señalado de negar auxilio a Santa Anna. Una vez más, entre mexicanos, con diferentes modos de ver el desarrollo de los acontecimientos, todos amando a su patria, pero cada uno a su manera, el enemigo sacó el mejor provecho.
Santa Anna no lo fusiló, el fresco de las mazmorras de San Juan de Ulúa caló los huesos de Juárez antes de embarcarlo con pena de exilio a Cuba. Fue en Nueva Orleans donde Juárez hizo negociaciones con logias masónicas y se reafirmó en oponerse a quien lo deportó. Sin un voto, pero con la legitimidad de la Constitución, Juárez llegó a la presidencia en 1858 a los cincuenta y dos años de edad a la par que Félix María Zuloaga a sus cuarenta y cinco años. Dos compatriotas, dos gobiernos paralelos, un solo país.
En Guadalajara, sus oídos escucharon en su propia sala de juntas «¡Los valientes no asesinan!» cuando todas las armas se disponían a fusilarlo allí mismo. Una vez más, allí su muerte no llegó. ¿Cuántas sensaciones y decisiones pudo ocasionar una vida expuesta en lo político a una fragilidad tal de poder perecer en tantos momentos para librarse de ella en unos pocos segundos?
Ante una nueva división, el pago al apoyo estadounidense por su protección juarista fue su momento más bajo y frágil. El Tratado McLane-Ocampo (1859) dividió en varias secciones el país y puso por escrito un bastón de mando al servicio de EEUU en cuanto al dominio del territorio mexicano. Juárez seguramente se arrepintió con el paso del tiempo de aquella decisión que tuvo que tomar, entregar suelo mexicano y autonomía política era la última línea a traspasar. Lo pagó caro y por un solo voto de diferencia fue designado para continuar en el gobierno ante la Segunda Intervención Francesa. México seguía dividido en una cadena de guerras civiles con contextos internacionales. Ni las cartas tardías de Víctor Hugo dirigidas a Juárez salvaron la vida de Maximiliano de Habsburgo. Ni los ojos vidriosos al entrar en Ciudad de México de su mejor hombre, José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, fueron atendidos por Juárez como se mereció. Mientras unos cantaron alegremente “Adiós mamá Carlota”, otros se encomendaron en recuperar el honor merecido de quien tanto lo amó, Porfirio Díaz.
La República restaurada (1867-1876) no llegó con menos división y las sucesivas elecciones federales, eliminados en lo político los conservadores, pusieron frente a frente a los dos liberales más prestigiosos del momento, Juárez y Díaz. Nació la expresión «¡Viva Porfirio Díaz! ¡Muera la reelección!», que se atribuye erróneamente en origen en el periodo posterior maderista. Desde 1868 surgieron al menos ocho revoluciones antijuaristas hasta llegar al Plan de la Noria (1871). Aquel joven zapoteco, quizás como ha pasado tantas veces en la historia y podría ocurrirnos a cualquiera de nosotros, sintiéndose el mejor de los mejores, el mejor defensor de su identidad, el imprescindible y más vitoreado, se aferró al poder. Quizás no es la ambición, es la inexorable sensación de que no hay nadie mejor que uno mismo cuando lleva las riendas de un proyecto. Porfirio Díaz marcó un antes y un después y llamó cortesano (rey), manipulador y fraudulento a su mentor: «La reelección indefinida, forzosa y violenta del Ejecutivo federal, ha puesto en peligro las instituciones nacionales. En el Congreso, una mayoría regimentada por medios reprobados y vergonzosos ha hecho ineficaces los nobles esfuerzos de los diputados independientes y convertido la representación nacional en una cámara cortesana, obsequiosa y resuelta siempre a seguir los impulsos del Ejecutivo».
Con tanta tensión y con tanto ambiente de un nuevo conflicto armado entre hermanos a las puertas, el 18 de julio de 1872, falleció Benito Juárez por angina de pecho. Días previos una anotación de Juárez dejó para el futuro una clave, un consejo, un mandato… «Cuando la sociedad está amenazada por la guerra; la dictadura o la centralización del poder pueden ser un remedio para aquellos que atentan contra las instituciones, la libertad o la paz». Aquel niño que soñó con salir de la miseria y la desesperanza, que porfió con el destino entre guerras y divisiones, que tomó decisiones como estadista y como gestor, que vio la muerte tan cerca como para sentir que se le escapaba la vida varias veces entre sus dedos, aquel adulto que se encumbró y sintió el peso de la fama hasta rozar cierta inmortalidad, aquel gobernante que quiso perpetuarse sintiéndose insustituible… dejó un legado en dicha expresión final que Porfirio Díaz tomó como plan de acción.
En el año 2172, en el infinito y más allá, seguirá la humanidad hablando de Juárez y de Díaz, esperemos que no en las categorías mencionadas de buenos contra malos, pero ya con un paño de cierta niebla y distancia como hoy miramos a los tiempos virreinales.










