Durante décadas, el mundo creyó haber dejado atrás la tensión constante de la Guerra Fría. Sin embargo, en la actualidad, un conflicto relativamente nuevo parece estar tomando forma cada vez más, aunque de manera lenta y peligrosa. Me refiero a la creciente tensión entre Rusia y Occidente, especialmente considerando la guerra en Ucrania. Esto ha dado paso a una confrontación distinta, una guerra que no siempre se declara, pero que se siente todos los días. Una experiencia que les narro a continuación me hizo preguntarme: ¿estamos viviendo una nueva Guerra Fría o enfrentando algo aún más complejo?
Sucede que hace unos días, mientras jugaba un videojuego con amigos, fuí víctima de un hacker ruso que trató de tomar control de mi computadora. La verdad es que nunca me había pasado nada igual. De alguna manera, el atacante desconectaba mi teclado y mouse, pero gracias a un antivirus logré evitar algo peor. Aunque mi experiencia parezca un hecho aislado, me hizo cuestionarme qué tan reales y cercanas son estas amenazas. Si a mí, que vivo en México y lo que me encontraba haciendo no tenía nada que ver, ¿cómo será el hackeo de los rusos hacia Europa Occidental? ¿Cómo lo será con Ucrania?
A diferencia del siglo XX, la guerra ya no se limita a enfrentamientos militares directos. Hoy en día, los ataques pueden ocurrir desde una computadora, a través de campañas de desinformación o mediante sabotajes invisibles a infraestructuras importantes. Un ejemplo de esto fue el ciberataque conocido como NotPetya, en 2017 y atribuido a actores rusos, que comenzó afectando a Ucrania pero terminó impactando a empresas y sistemas en todo el mundo, causando pérdidas millonarias y demostrando que este tipo de guerra no tiene fronteras.
En mi opinión, este cambio hace que el conflicto actual sea incluso más preocupante que el anterior, ya que no distingue claramente entre tiempos de paz y tiempos de guerra. Vivimos en un tiempo extraño, o que al menos nunca imaginé, donde la tensión es constante hagas lo que hagas.
Lo más inquietante es que este tipo de conflicto comparte muchas similitudes con las grandes tensiones del pasado: la existencia de bloques enfrentados, la desconfianza constante entre potencias y la carrera por el dominio tecnológico y estratégico. Sin embargo, la gran diferencia es que ahora todo ocurre de manera más silenciosa o extraña, lo que lo vuelve aún más peligroso. Una situación así no solo amenaza a los gobiernos, sino que puede afectar a cualquier persona en cualquier momento, sin que siquiera se dé cuenta, tal como me pasó a mi.
Pienso que esa es la parte más alarmante, la posibilidad de una catástrofe global que no llegue de forma repentina, sino que se construya poco a poco, en silencio, hasta que ya sea demasiado tarde para reaccionar.
Todo esto me dejó una sensación difícil de ignorar. Ya no hablo de conflictos lejanos o ajenos, sino de un entorno global en el que la seguridad se ha vuelto frágil y cambiante. Tal vez lo más importante no sea solo preguntarnos quién tiene el poder, sino qué tan preparados estamos como sociedad para enfrentar un mundo donde la amenaza no siempre se ve, pero siempre está presente.
Y si algo me deja esta reflexión es que, aunque parezca lejano, el conflicto global ya no está allá afuera o solo en Europa, también puede estar en cualquier momento justo frente a nosotros.










