El acceso a una alimentación digna es un derecho fundamental de la humanidad; sin embargo, son alarmantes las estadísticas relacionadas con la pobreza alimentaria. Según la FAO, para 2026 la cifra de quienes padecen hambre, incluyendo la inseguridad alimentaria moderada o grave, asciende a 2,100 millones de personas (25.8 % de la población global) y, en México, datos del INEGI y CONEVAL indican que el número de habitantes que tienen un ingreso menor al precio de la canasta alimentaria es de 12.1 millones de personas, que representa un 9.3 % de la población nacional.
Por otra parte, México es considerado uno de los 12 países con megadiversidad por el variado origen geológico de sus suelos, su topografía accidentada y las distintas condiciones climáticas que dan origen en consecuencia, a una diversidad de especies vegetales, animales y hongos. Muchos de ellos aptos para consumo humano como alimento o con potencial terapéutico, entre otros usos, a lo que se agrega el conocimiento ancestral de las poblaciones rurales descendientes de los pueblos originarios acerca de estos recursos, lo que nos proporciona además una gran riqueza cultural e histórica.
Cabe destacar que esta pobreza alimentaria puede ser más grave en las zonas urbanas que en las rurales debido a que en el campo, como diría la canción, “con dinero y sin dinero” hay comida disponible y no faltan hierbas para una sopa, una gallina o un conejo para comer, en cambio en las ciudades en una economía monetizada, si no se tiene dinero, no hay comida.
De estas primeras reflexiones surge una propuesta que me ha acompañado en mi vida profesional, ahora dedicada a la docencia y que retomo de mi paso como servidor público en la Secretaría de Desarrollo Rural la experiencia que llevó a que en el año 2007 se publicara el libro “Opciones alimenticias del estado de Puebla.
Dicha publicación se basa en la información proporcionada por pobladores de las regiones rurales del estado a través de un equipo de profesionistas del sistema estatal de extensionismo rural, que consiste en una ficha técnica con las aspectos más relevantes de 259 especies comestibles entre las que se encuentran algunas del conocimiento público pero muchas otras más, completamente desconocidas salvo en las comunidades donde se consumen y mencionaré algunas de estas como el acachul, acocol, ajolote, armadillo, avispa negra, acocil, chaya, chayotextle, chiquiliches, cuahuayote, cuatomate, guamúchil, gusano cuchamac, hongo de cazahuate y un largo etcétera hasta llegar a las 259 especies, que de pasar como ha sido el caso de todos los cultivos y ganado, por un proceso primero de domesticación y luego de producción en una escala que puede ir aumentando en respuesta a su aceptación de los consumidores ya sea como producto fresco o bien a través de procesos agroindustriales, pueden convertirse en cadenas productivas generadoras de alimentos capaces de cubrir necesidades de la población rural y urbana.
A mis estudiantes les sugiero darse la oportunidad, por lo menos una vez en su vida profesional, de trabajar en el servicio público y desde esas posiciones promover estudios que identifique el potencial de la producción de alimentos basados en la biodiversidad y el conocimiento tradicional de cada lugar en el que estén, incentivar el cultivo de estas especies locales y cubrir paulatinamente las necesidades alimentarias de las familias de su comunidad, municipio o estado y en algún momento, de todo el país.
Por otra parte, en las zonas urbanas desarrollar proyectos de producción familiar de alimentos que pueden incluir especies hortícolas convencionales de mayor consumo, pero también especies provenientes de las comunidades rurales.
Lo tenemos ante nuestros ojos, nos queda tener la mente abierta a estas posibilidades y contribuir a la seguridad alimentaria nacional y propiciar que nunca más haya pobreza alimentaria en México.










