Las Voces de Ingenierías: Inteligencia artificial, el desafío de seguir pensando
03/09/2026
Autor: Alejandro Jarero Mora
Cargo: Facultad de Computación y Ciencia de Datos

La inteligencia artificial (IA) puede analizar en segundos lo que a una persona le tomaría horas, generar alternativas, identificar patrones y poner a nuestro alcance capacidades que antes requerían conocimientos especializados. Pero justamente ahí aparece una pregunta fundamental: ¿qué sucede cuando una herramienta puede hacer cada vez más cosas por nosotros? La respuesta no está únicamente en aprender a utilizarla, sino en saber qué debemos seguir haciendo nosotros.

La alfabetización digital ya no consiste solamente en dominar procesadores de texto, hojas de cálculo o herramientas de comunicación. Hoy implica comprender los alcances y las limitaciones de la tecnología, proteger nuestra información y, sobre todo, evaluar críticamente los resultados que obtenemos. La inteligencia artificial ha democratizado capacidades como la generación de textos, imágenes, audio, código y análisis de información. Sin embargo, disponer de una herramienta poderosa no significa necesariamente saber utilizarla.

La IA puede entenderse como un factor multiplicador: cuando existe conocimiento, criterio y experiencia, potencia nuestras capacidades; cuando estos elementos son insuficientes, también puede multiplicar errores, sesgos o decisiones equivocadas. Por ello, uno de los principales riesgos es confiar ciegamente en sus respuestas. Las llamadas “alucinaciones” muestran que estos sistemas pueden producir información incorrecta o inventada con apariencia de certeza. Contrastar fuentes, revisar datos y comprender aquello que utilizamos continúa siendo una responsabilidad humana.

Esta situación adquiere especial relevancia en la educación superior. Prohibir la inteligencia artificial difícilmente constituye una respuesta suficiente ante una tecnología que ya forma parte de la vida académica y profesional. El reto consiste en enseñar a utilizarla responsablemente. Un estudiante puede emplearla para explorar un tema, generar ideas, programar un prototipo o recibir retroalimentación, pero el aprendizaje ocurre cuando comprende, cuestiona y transforma aquello que la herramienta proporciona.

También debemos considerar el riesgo de la dependencia tecnológica. Las aplicaciones de navegación son un ejemplo cotidiano: nos permiten llegar a un destino sin memorizar rutas ni calles. Algo semejante puede suceder cuando delegamos sistemáticamente la redacción de un correo, una investigación o la generación de ideas. La tecnología debe ayudarnos a realizar mejor estas actividades, no sustituir nuestra capacidad de comprenderlas. Delegar una tarea no debe significar delegar la responsabilidad sobre su resultado.

Los beneficios de la IA también trascienden nuestra experiencia cotidiana. En la investigación científica, su capacidad para procesar enormes volúmenes de información está acelerando procesos que anteriormente requerían años. En medicina, por ejemplo, el análisis computacional de proteínas y de imágenes puede contribuir a comprender enfermedades, explorar nuevos tratamientos y apoyar procesos de diagnóstico. La tecnología puede identificar patrones a una escala extraordinaria, pero las decisiones clínicas, éticas y humanas requieren contexto, conocimiento profesional y responsabilidad.

Otro aspecto fundamental son los datos. Mientras más información proporcionamos sobre nuestras actividades, preferencias e interacciones, mayor puede ser la capacidad de los sistemas para construir modelos sobre nosotros. La hiperpersonalización ofrece beneficios, pero también plantea preguntas indispensables: ¿qué información compartimos?, ¿quién puede acceder a ella?, ¿para qué será utilizada? La alfabetización digital debe incorporar también la capacidad de gestionar responsablemente nuestra relación con los datos.

El desafío, por tanto, no consiste en elegir entre inteligencia artificial o inteligencia humana. Consiste en aprender a trabajar con ambas. La IA puede procesar información, encontrar patrones y generar alternativas; las personas debemos aportar conocimiento, contexto, creatividad, pensamiento crítico, ética y capacidad de decisión.

La inteligencia artificial puede convertirse en uno de los grandes factores de transformación de nuestra época. Pero su verdadero potencial no estará determinado solamente por lo que las máquinas sean capaces de hacer, sino por lo que las personas decidamos hacer con ellas.