A continuación presentamos el discurso íntegro que Jorge Medina Delgadillo, Rector UPAEP leyó ante los miembros del SNTE Sección 23 durante el Coloquio «Los Futuros de la IA en la Educación»
Queridos colegas del magisterio, preguntarse por los futuros de la inteligencia artificial en la educación es, en el fondo, preguntarse por aquello que seremos capaces de cultivar en sus usuarios. La inteligencia artificial es una de las herramientas e instrumentos más refinados que la mano del hombre ha forjado para el manejo de la información; instrumento, precisamente, y por ello ordenado a la persona que lo empuña. Ninguna máquina decidirá en nuestro lugar qué educación queremos; nuestro porvenir educativo dependerá de tres cultivos que ninguna tecnología suministra de suyo: cultura, criterio y comunidad. Vamos a detenernos en cada uno.
Cultura
La cultura es de quien consulta la máquina, jamás de la máquina misma. La inteligencia artificial calcula sobre el promedio, gravita hacia la burbuja, tiende a homogeneizar; es constitutivamente desarraigada, pues el arraigo es un ejercicio libre del ser humano. La cultura, en cambio, antes que mera erudición, es un olfato particular que permite arraigarnos en la objetividad de las cosas —la tierra y el tiempo en que nos tocó existir, con su historia y su gente—, esa capacidad de ir más allá del mero dato hacia una hermenéutica más justa, más apegada a los hechos.
La cultura nos otorga, en efecto, una sensibilidad especial para alcanzar los hechos en su sustancia, y no en sus apariencias ni en los juegos que los encubren. Sirva de ejemplo el caso de Pedro Lascuráin. Muchos recuerdan su presidencia de menos de una hora como una simple curiosidad —el mandato más breve de nuestra historia—, y en esa anécdota dan por concluido el asunto; quien posee cultura advierte lo que esa rareza disimula: que aquella presidencia relámpago sirvió para revestir de legalidad el golpe de Victoriano Huerta en plena Decena Trágica, tras la renuncia forzada de Madero. La cultura es, así, una potencia de desvelamiento: donde otros ven una anécdota, ella descubre la trama; donde el dato se ofrece liso e inofensivo, ella restituye su gravedad. Y lo que vale para un episodio de nuestra historia vale para toda clase de hechos, pues la cultura educa la mirada para no confundir jamás la superficie con la profundidad.
Ese olfato tiene una raíz honda. ‘Cultura’ significa, en latín, ‘cultivo’, y cultivarse es aprender lenguajes nuevos; pues el pensamiento llega hasta donde llega el lenguaje —“los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, advirtió Wittgenstein (Tractatus 5.6)—, de modo que, a mayor lenguaje, mayor abordaje de lo real, una ‘paleta de colores’ más amplia con que percibir sus matices. Comparar supone, además, conocer aquello con qué comparar: sin un repertorio de referencias, la mente queda encerrada en lo único que tiene a la vista. La cultura ensancha ese repertorio y, con él, el horizonte; nos permite reconocer que cada cosa es una parte dentro de una totalidad mayor, vislumbrar los matices que el aislamiento vuelve invisibles y sustraernos a la estrechez de quien confunde su rincón con el mundo entero.
La diferencia se advierte incluso en la manera de preguntar a una máquina —el famoso tema de los prompts—. Quien carece de un repertorio amplio suele pedir respuestas generales, aceptando acríticamente la primera formulación que recibe; quien posee cultura puede delimitar el problema, aportar antecedentes, distinguir conceptos, establecer relaciones y exigir a la herramienta que contraste perspectivas. No pregunta lo mismo quien sabe qué significa un concepto que quien apenas reconoce la palabra; no solicita lo mismo quien conoce la historia de un problema que quien lo encuentra por primera vez. La calidad de la respuesta depende, en buena medida, de la calidad de la pregunta, y la calidad de la pregunta depende del universo intelectual desde el cual se formula. Por eso, una inteligencia artificial no vuelve culta a una persona; puede, a lo sumo, potenciar el cultivo que ya existe. Allí donde hay referencias, memoria y capacidad de relación, la herramienta encuentra un campo más fértil para servir al pensamiento; donde faltan, puede producir una abundancia de información que, paradójicamente, deje intacta la estrechez de quien la consulta.
La cultura es arraigo, como he dicho, y el arraigo engendra compromiso, amor a la propia historia y a la tierra que se habita, y un modo de pensar que se sabe deudor de la comunidad y responde por ella. Ese pensamiento sociocomprometido abandona la erudición neutral —encerrada en sí misma e indiferente a la suerte de los demás— para poner la cultura al servicio del pueblo, medir su valor por el bien que es capaz de generar y hacerse cargo de la vida común como de algo propio. Y quien así piensa mantiene siempre a la persona en el centro, la reconoce en su dignidad, que procede de su condición y no de su función ni de su rendimiento, y jamás la confunde con lo que produce ni con aquello de lo que se sirve. De ahí que sepa poner cada cosa en su lugar: la persona es el sujeto, y las herramientas —fruto de un trabajo humano anterior— son siempre causa instrumental. También la inteligencia artificial, entrenada sobre cuanto la cultura ha producido a lo largo de los siglos, es en rigor trabajo humano objetivado, acumulado y puesto al servicio de nuevas tareas; por eso le toca servir y nunca gobernar. Ésta es, al cabo, la obra de la cultura: mantener a la persona en su lugar de autora, y jamás de instrumento de su propio instrumento.
Criterio
La palabra criterio traduce el griego kritérion, el cernidor con que se separan las piedras de la arena fina; su oficio es impedir que todo entre o que todo se quede. Criterio es, por tanto, discernimiento, la capacidad de establecer cuándo conviene servirse de la inteligencia artificial y cuándo abstenerse, en qué medida y hasta qué punto. Su uso es legítimo cuando libera la operación que nos hace crecer para orientarla hacia algo mayor, y degenera en abuso cuando la suplanta y termina por atrofiarnos, hurtándonos el trabajo de pensar, de discernir y de contemplar por nosotros mismos.
Por ese mismo criterio, hay cosas que nunca debemos delegar: la propia aproximación a la realidad, la intuición, la toma de decisiones basada en valores, el discernimiento a partir de nuestras convicciones, las preguntas fundamentales que orientan la existencia y la emoción ante la vida. Son actos de la persona en sentido riguroso, y nadie puede ejercerlos en mi lugar sin que yo deje de ser yo. Por eso, debemos ser conscientes de que el uso de la inteligencia artificial introduce una mediación entre nosotros y aquello que buscamos conocer o hacer, y que toda mediación tiene consecuencias. Ninguna inteligencia artificial es gratuita: su costo es oculto y se salda en varias monedas, entre ellas los datos con que la alimentamos, la atención que le cedemos, el juicio que le confiamos y, la más cara de todas, que es el debilitamiento de nuestras propias facultades.
Un principio de la vida social, el de subsidiariedad, del latín subsidium (ayuda, refuerzo, socorro) ilumina esta problemática. Conforme a él, a la instancia superior le está prohibido absorber lo que la inferior puede realizar por su propia iniciativa; su deber es sostenerla, promoverla y acompañarla para que despliegue sus propias capacidades, sin destruirla jamás ni reemplazarla. Trasladada a nuestro campo, la inteligencia artificial, que dispone de más información que la persona, le debe ese mismo servicio —capacitarla en vez de absorberla, habilitarla en vez de suplantarla—. El criterio consiste, justamente, en saber dónde termina la ayuda y dónde comienza la usurpación.
Aquí puede traerse a nuestra reflexión una intuición pedagógica que conviene no perder de vista y que encontramos, de manera especialmente clara, en María Montessori: ayudar no significa hacer por otro aquello que ya puede hacer por sí mismo, sino disponer las condiciones para que pueda realizarlo y desarrollarse a través de esa actividad. Cuando nos anticipamos a una operación que la persona todavía necesita ejercitar, no necesariamente la ayudamos; podemos estar impidiendo que adquiera la capacidad que precisamente debe adquirir. La inteligencia artificial puede caer en esa misma paradoja. Si se anticipa a operaciones que todavía debe realizar la persona, pienso en concreto en las operaciones mentales magistralmente estudiadas por el pedagogo judío Reuven Feuerstein: observar, comparar, recordar, ordenar, relacionar, inferir, argumentar, imaginar…, ahorra un esfuerzo inmediato, pero al precio de debilitar el ejercicio que forma esas capacidades. El problema no está, por tanto, en que la máquina haga algo que nosotros también podemos hacer, lo cual siempre es lícito, pues nos ahorra tiempo, esfuerzo y recursos que podemos destinar a otras actividades, sino en que haga por nosotros aquello que nos hace crecer como personas y que debiera ser indelegable.
El discernimiento de su uso se vuelve especialmente delicado en educación. Pedir a la inteligencia artificial que resuelva de inmediato un problema que el alumno todavía debe aprender a plantear puede impedirle aprender a analizarlo; solicitarle una interpretación antes de haber realizado una lectura atenta puede privarlo del ejercicio de descubrir por sí mismo relaciones y significados; encargarle una redacción antes de haber ordenado las propias ideas puede sustituir la formación del pensamiento por la apariencia de un pensamiento ya formado. Algo semejante ocurre cuando se recurre a ella de manera indiscriminada o demasiado precoz. La herramienta empieza a ocupar el lugar de operaciones mentales básicas y superiores que requieren tiempo, esfuerzo y maduración. Pero el mismo instrumento puede emplearse en sentido contrario, es decir, para bien. Después de haber pensado, puede ayudar a contrastar una hipótesis; después de haber escrito, puede señalar inconsistencias; después de haber investigado, puede ayudar a ordenar información; después de haber argumentado, puede presentar una objeción que obligue a afinar el propio razonamiento. En estos casos, la inteligencia artificial no sustituye la operación formativa, sino que la prolonga y la vuelve más fecunda.
Éste es, en último término, el fino discernimiento que exige la inteligencia artificial en educación: saber cuándo una ayuda nos hace capaces y cuándo nos vuelve dependientes; cuándo amplía una facultad y cuándo empieza a ocupar su lugar. La buena herramienta no es la que hace innecesario nuestro esfuerzo, sino la que, después de exigirlo, nos permite llevarlo más lejos.
Un profesor de historia puede usar la IA para generar una línea de tiempo o un mapa conceptual, pero el criterio consiste en que sea el alumno quien, después de leer las fuentes primarias, verifique y corrija esa línea de tiempo, explicando por qué eligió incluir o descartar ciertos eventos. En el campo formativo ‘Lenguajes’, la IA puede ser un excelente corrector de estilo, pero nunca debe sustituir el proceso de escritura del alumno, donde ordena sus ideas, busca la palabra precisa y encuentra su propia voz.
Comunidad
El riesgo que actualmente nos acecha a todos es el del individualismo: la atomización de quien se queda a solas con un oráculo privado, rumiando respuestas que nunca comparte. Lo digital, librado a su inercia, nos desarraiga de la existencia concreta, aquella que nos viene dada, en mucho, por la corporeidad. ¿Cómo, entonces, formamos comunidad frente a esta tendencia? A ello se añade otra dificultad, ya que buena parte de los algoritmos que median nuestra experiencia digital no están diseñados primariamente para hacernos compañeros, sino para mantenernos consumiendo. Aprenden aquello que atrae nuestra atención, anticipan nuestras preferencias y nos ofrecen aquello que probablemente prolongará nuestra permanencia en las pantallas. Podemos estar cada vez más conectados y, al mismo tiempo, cada vez más solos; podemos recibir contenidos ajustados a nuestros intereses y perder, precisamente por ello, el encuentro con aquello que nos cuestiona. Hace falta entonces un segundo clic, una segunda mirada que interrumpa la inercia de la recomendación y pregunte qué hay detrás de aquello que tanto nos engancha, qué finalidad persigue y qué tipo de relación humana está favoreciendo. Sin esa pausa, corremos el riesgo de ser reducidos de interlocutores a consumidores y de convertir la tecnología, destinada a acercarnos, en un mecanismo más de aislamiento.
Frente a esto, tenemos el deber de formar comunidad con la presencia y el cuerpo, cierta contigüidad de nuestras experiencias y de nuestro marco vital; también con la historia compartida, el interés por el otro, el introducirse en su drama existencial y el dejar que otros entren en el nuestro; y, por encima de todo, con la búsqueda de la verdad emprendida como tarea común. Esta búsqueda es, por su propia índole, cooperativa: obra de muchos que se acompañan, se corrigen y se enriquecen, y que llegan más lejos juntos de lo que alcanzaría cada uno por separado. Late en ello la honda convicción de que la humanidad forma una sola realidad, un cuerpo en el que cada persona se debe a las demás, de suerte que el nosotros es comunión antes que una simple agregación de individuos.
La inteligencia artificial puede usarse en ‘clave de nosotros’; pero sabemos que los mecanismos para que ello suceda aún no están desarrollados, pues no basta con una capacidad técnica más, sino que hace falta un sustrato de fondo que alimente el hecho mismo de usarla. Importa que la usemos juntos; pero importa más comprender por qué la usamos juntos y qué sentido tiene hacerlo —una dimensión que la máquina no puede determinar de antemano, porque pertenece a un orden distinto del meramente informativo o creativo—. Ese ‘por qué’ compartido es, precisamente, la pregunta más comunitaria de todas.
Pensar la inteligencia artificial en clave comunitaria significa también preguntarnos no sólo qué puede hacer por cada uno de nosotros, sino qué podemos hacer con ella para los demás. Puede servir, por ejemplo, para hacer accesible el conocimiento a quienes tienen mayores dificultades para acceder a él; para traducir y adaptar contenidos que permitan a personas con distintas lenguas o capacidades participar en una misma conversación; para organizar y poner en común información que facilite la colaboración de una comunidad; para acompañar procesos de investigación cuyos frutos no queden encerrados en quien los realiza, sino que puedan ponerse al servicio de otros. Incluso en el ámbito educativo, su mayor fecundidad puede estar menos en acelerar el trabajo individual que en liberar tiempo para aquello que sólo una comunidad puede hacer: conversar, preguntar, corregirse, enseñar y aprender unos de otros. El criterio del bien común cambia así la pregunta. No se trata simplemente de qué puede hacer la inteligencia artificial, sino de qué vale la pena hacer con ella para que aquello que ganamos individualmente pueda convertirse también en un bien compartido.
Cultura, criterio y comunidad son, al cabo, un solo cultivo: el de la persona que, arraigada en su historia, dueña de su discernimiento y abierta a la comunión, permanece como sujeto y no objeto del instrumento que maneja. De ese cultivo dependen los futuros de la inteligencia artificial en la educación, pues la máquina abrirá los surcos que le señalemos, y seremos nosotros, los educadores, quienes decidamos si nos conduce hacia una humanidad más culta, más lúcida y más unida. Ésa es nuestra tarea; y es una tarea que, emprendida en común, nos llevará mucho más lejos de lo que nadie alcanzaría en solitario. Porque al final, queridos colegas, no se trata de enseñar a usar herramientas o máquinas, sino de enseñar a ser más humanos. Ésa es nuestra tarea, y es la más importante y donde siempre seremos necesarios y nunca sustituibles.
Gracias.










