Pregúntele a un profesor si usa inteligencia artificial. Le va a decir que sí.
Ahora pregúntele si sabe usarla bien. Ahí la respuesta probablemente tarde un poco más.
La Secretaría de Educación Pública (SEP) aplicó el año pasado la Encuesta Nacional [ENIAG] sobre “Usos y percepciones sobre la Inteligencia Artificial Generativa en la educación superior mexicana”, un ejercicio en todo el país, con más de un millón de estudiantes y ciento treinta mil profesores. Dos de cada tres estudiantes usan IA cada semana. Tres de cada cinco profesores, también. Y cuando les pidieron calificarse de cero a diez en qué tan bien creen que la dominan, ningún grupo llegó a cinco y medio (de una escala de 0 a 10).
¿Cómo llegamos a usar todos los días una herramienta que ninguno cree dominar?
En este sentido, el Observatorio Interinstitucional de Inteligencia Artificial en la Educación Superior en México, iniciativa impulsada desde la ANUIES, la FIMPES y la Universidad Pedagógica Nacional, revisó 161 universidades mexicanas. Los resultados son contundentes: más de la mitad no tiene un solo documento oficial sobre inteligencia artificial, aunque es justo decir que algunas ya los están escribiendo. Una buena noticia: ¡UPAEP ya tiene dos!. Y casi nueve de cada diez carecen de cualquier mecanismo para evaluar cómo se usa la IA dentro del salón de clases. El informe encuentra una adopción «más operativa que estratégica». Buscamos herramientas y no miramos el salón.
El debate ya no es si la tecnología debe o no estar en las aulas, en los laboratorios o en las bibliotecas. Ese momento quedó atrás. Lo que de verdad importa es el desafío de cómo integrarla de manera responsable.
Conviene detenerse aquí. Unos quisieran prohibirla. Otros quieren adoptarla cuanto antes. Ambos grupos dan por hecho que ya sabemos para qué la queremos. Y quizá aún no. Porque es más importante el para qué que el cómo.
Más datos (y ya voy terminando). En las universidades particulares, dos de cada tres profesores declaran no conocer ninguna normativa de su institución sobre inteligencia artificial (ENIAG, 2025). Dos de cada tres. Y en las públicas es peor todavía: tres de cada cuatro.
El año pasado, la UPAEP, a través del Proyecto Estratégico RAiSE (Soluciones Responsables de inteligencia artificial para la educación -por sus siglas en inglés -), construyó dos documentos que hoy orientan el trabajo de nuestra comunidad y que en breve se someterán a nuestro Consejo Universitario para su ratificación: El primero: LINEAMIENTOS SOBRE EL USO APROPIADO DE LA iA; el segundo: ORIENTACIONES PARA EL USO DE HERRAMIENTAS DE iA EN LA ESCRITURA ACADÉMICA Y CREATIVA.
Ambos sostienen que el uso apropiado de la inteligencia artificial «es aquel que complementa y favorece la inteligencia natural, crítica y creativa de las personas sin reemplazarla ni crear dependencia».
El objeto del aprendizaje es el pleno desarrollo de las habilidades intelectuales del estudiante: la argumentación, el criterio propio, la capacidad de distinguir lo que vale de lo que no, lo que es real de lo que no… lo que es verdadero de lo que no. «En la medida en que la iA contribuya a ese fin, es bienvenida, pero en la medida en que lo impida u obstaculice, se desaconseja».
Sobre ese piso nace RAiSE, Responsible AI Solutions for Education. Trabaja en cuatro frentes: formar, investigar, normar y desarrollar tecnología con identidad UPAEP. Raise, en inglés, quiere decir “elevar”. No es un adorno del acrónimo. Elevar a la persona que la usa: ese es todo el encargo.
RAiSE no llega con las respuestas. Quien hoy asegure que sabe exactamente cómo debe usarse la inteligencia artificial en una universidad quizá no ha mirado el problema con detenimiento. Lo que RAiSE trae son las conversaciones, el diálogo, el consenso y el disenso (lo propio de una Universidad).
Y estas conversaciones llegan a nuestra Universidad donde profesores ya usan la inteligencia artificial en clase y prefieren no contarlo; donde hay quien prepara su material con ayuda de un modelo y no lo menciona en la junta de academia. No por deshonestidad. Simplemente porque nadie le ha dicho todavía si está bien… o mal.
También llega con estudiantes que la usan mejor de lo que creemos y peor de lo que ellos creen. Con investigadores, con administrativos, con quien tenga una objeción seria. Y con el compromiso de discutir lo que vayamos encontrando.
Quizá alguien esté pensando que una mesa para el diálogo y la discusión es poca cosa frente a una tecnología que avanza cada semana. Objeción razonable. ¿Pero de verdad lo que nos importa es la velocidad?
Las decisiones que aquí importan no son necesariamente las técnicas. ¿Qué procesos cognitivos debemos proteger para que el estudiante los siga desarrollando por cuenta propia? ¿Qué dejamos de exigirle sin darnos cuenta? ¿Qué significa aprender algo cuando la respuesta llega en dos segundos?
Ninguna de esas preguntas se resuelve comprando la licencia del modelo masivo de lenguaje más moderno… o más popular [aunque el lector debe saber que están por llegar a la Universidad un set de herramientas pedagógicas potenciadas por iA que nuestra Dirección de Innovación Tecnológica ha desarrollado con los estándares y tecnología más moderna que existe].
Volvamos al principio. La inteligencia artificial no es nueva. Lleva con nosotros desde el siglo pasado. Pero se ha democratizado y se ha actualizado. Avanza con nosotros, sin nosotros o a pesar de nosotros.
Sin embargo, debemos dejar atrás la cátedra autoritaria y asumir, como comunidad, el deber de cuestionar, dialogar y conversar.
Esa es la buena noticia, aunque no lo parezca.
Nadie tiene esto resuelto.
Nosotros tampoco.
Sentémonos a hablar de la iA;
… y decidamos, entre todos, para qué la queremos.










