Como recordarán mis cuatro fieles y amables lectores, en nuestra colaboración de la semana pasada hemos visto cómo el panorama de la seguridad internacional en el mundo entero está cambiando aceleradamente. Si desde hace años habíamos advertido que la principal amenaza para las democracias occidentales era Vladimir Putin, aún antes de la anexión ilegal de Crimea (2014), ahora, después de la invasión a Ucrania y de las diferentes medidas de guerra híbrida que el Kremlin ha emprendido en diferentes lugares de Europa, no podemos menos que decir que lamentablemente teníamos razón.
Una guerra híbrida es una forma mixta, encubierta o abierta, de conducir un conflicto, echando mano de medios militares y no militares, en la que se difumina la frontera entre la guerra y la paz. Se caracteriza por emplear simultáneamente una combinación de medios, es decir, emplea tácticas regulares e irregulares. Esto incluye ciberataques de muy variado espectro, actos de sabotaje, campañas de desinformación en redes sociales, ataques militares limitados y presión económica. Estas medidas se mueven en una especie de zona gris, pues los ataques suelen producirse por debajo del umbral oficial de guerra, por lo que no existe una declaración de guerra formal. Generalmente, los verdaderos autores o instigadores de los ataques intentan ocultar su identidad o su participación (es lo que se llama “negativa plausible”). El objetivo de la guerra híbrida no es necesariamente la conquista militar inmediata, sino que persigue varios fines: sembrar el miedo, debilitar el orden estatal, probar la capacidad de respuesta del enemigo, desestabilizar internamente a los adversarios y dividir a la sociedad desde dentro.
Un escenario de la guerra híbrida dirigida desde el Kremlin es en la actualidad Europa, particularmente en el norte y este: hace poco más de un mes, en Alemania se descubrió un intento de ataque con drones armados en el aeropuerto de Leipzig, que fracasó por una falla en el detonador; y después ocurrió un acto de sabotaje contra una subestación eléctrica. En algunos países del este europeo han ocurrido sospechosos incendios en fábricas de armamento, todas ellas relacionadas de alguna manera con Ucrania. Ha habido también incursiones de drones en Rumania, Moldavia, Polonia, Alemania, en las repúblicas bálticas, etc., y en prácticamente todas estas ocasiones los hilos llevan a Moscú. Además, en el Mar Báltico han ocurrido atentados contra cables submarinos, y frecuentemente se ha detectado a aviones militares rusos volando sin transpondedor, lo que dificulta su localización y puede conducir a accidentes aéreos. Es bien sabido que Bielorrusia (la única dictadura en Europa y aliada incondicional de Putin) propicia la entrada ilegal de migrantes hacia Letonia y Lituania, para poner a prueba la infraestructura de esos países y crear tensiones internas. En las campañas electorales de los partidos de ultraderecha en Alemania, Austria y Francia se ve la mano y el dinero de Putin, pues dichas organizaciones lo apoyan. Es probable que también haya algo de esas medidas híbridas en los acontecimientos de Ceuta, en la instigación a los marroquíes para lanzarse a atravesar la frontera hacia el enclave español, aunque todavía es muy prematuro afirmar algo así. Todos estos acontecimientos responden a las características de la guerra híbrida señaladas arriba.
Las acciones de Putin, tanto encubiertas como abiertas (como la guerra contra Ucrania), se pueden explicar si analizamos el ambiente estratégico de nuestros días, es decir, en la dinámica del poder militar en el contexto internacional del siglo XXI. Este primer cuarto de siglo se caracteriza por ser un momento de desconcentración y dispersión del poder, de tal manera que estamos en una transición hacia una nueva reconfiguración del orden mundial, que se traduce en una dinámica de competencia entre los actores del sistema internacional. Esta reconfiguración se ve, por un lado, en la decadencia del liderazgo mundial de los Estados Unidos, pues no solo pierde prestigio como líder global, sino que también declina lenta pero firmemente su poder material. Además, ingresan en la arena de la política internacional Estados emergentes, es decir, en ascenso y potencialmente revisionistas del status quo.
Según Randall Schweller, el sistema internacional se encuentra atravesando una fase de “deslegitimación” del hegemón mundial y de desconcentración de poder, lo cual fomenta la competencia por el control de diferentes ámbitos del escenario internacional, como los grandes mares, como uno de los grandes espacios comunes del mundo.
Por su parte, Juan Battaleme ha considerado que el reacomodamiento de poder mundial se plasma directamente en la proyección y ejercicio del poder sobre un espacio determinado y se manifiesta principalmente en la competencia por el acceso de los grandes espacios comunes. Es por eso que el mar representa hoy no solo uno de los espacios comunes de mayor dinamismo, sino que se trata del ámbito donde se reproduce el sistema a través del intercambio de las comunicaciones y del comercio, y donde, por ende, se están manifestando más visiblemente las disputas por el control, específicamente en lo que hace a la proyección de poder y la capacidad de negar o no el acceso al adversario.
El Departamento de Defensa de los Estados Unidos define la proyección de poder como la "capacidad de una nación para aplicar todos o algunos de sus elementos de poder político, económico, informativo o militar para desplegar, sostener rápida y efectivamente fuerzas en y desde múltiples lugares dispersos para responder a diversas crisis, contribuir a la disuasión y mejorar la estabilidad regional o global".
John Mearsheimer propone estudiar la posición de los grandes poderes en el escenario de reacomodamiento del poder mundial, clasificando a los Estados como “statuquistas”, si son proclives a sostener el sistema en su conformación vigente, y revisionistas, si están inconformes con la situación actual y tratan de contribuir a su alteración buscando aumentar sus beneficios. También hay que considerar si estos Estados son proclives a tomar riesgos para mantener o modificar el sistema.
Siguiendo esta línea conceptual, podemos clasificar a los Estados como statuquistas o revisionistas en función del alineamiento o no con la potencia hegemónica vigente, pues los Estados propenderán al balance o al plegamiento en función de sus propios intereses, priorizando la búsqueda de beneficios por sobre la seguridad. De estas dos posiciones de arranque surgen tres modelos de conducta o de cursos de acción posibles: algunos Estados desarrollan un comportamiento de “sostenedores” –supporters-, de “saboteadores” –spoilers- o de “evasores” -shirkers-, respecto del mantenimiento del orden internacional vigente.
Esto se explica a partir de que Schweller elaboró hace unos años un ciclo explicativo de la dinámica del orden mundial que consta de cinco fases:
- Orden estable.
- Desconcentración del poder y deslegitimación del poder hegemónico.
- Formación de alianzas de los emergentes.
- Crisis y guerra por la hegemonía.
- Nuevo sistema, sistema renovado.
La fase de deslegitimación es la respuesta a la erosión de la fase de liderazgo. La deslegitimación ocurre después de que el Hegemón (o poder unipolar) ha comenzado un declive relativo. Por lo tanto, cuando ese poder hegemónico se empieza a debilitar, los Estados emergentes pueden comportarse como sostenedores –Supporters- del sistema, entendiendo que ascender al status de potencia implica contribuir al mantenimiento del sistema (bajo el supuesto de que acatar las normas vigentes conllevará a un aumento de su prestigio y reconocimiento por parte de las otras potencias). El segundo curso de acción es convertirse en saboteadores- Spoilers-, desafiando las normas del sistema de manera abierta. Y, en tercer lugar, pueden inclinarse a un comportamiento de “evasores”-Shirkers-, o sea, comportase como un jugador del sistema vigente, sin desafiarlo abiertamente, pero sin asumir los costos de este mantenimiento (los cuales recaen en el Hegemón actual).
Según han informado recientemente medios estadounidenses, el presidente ruso Vladímir Putin podría intentar poner a prueba la determinación de la OTAN en los próximos años mediante un ataque limitado contra un país miembro de la Alianza. Así lo han reportado tanto el Wall Street Journal como la cadena CNN, citando nuevos informes de inteligencia de EE. UU., cuyo contenido les fue transmitido por funcionarios estadounidenses y fuentes familiarizadas con dichos informes. Según estas informaciones, los posibles escenarios abarcan desde un ciberataque hasta una incursión a pequeña escala en territorio de un país de la OTAN, que bien puede ser una de las tres repúblicas Bálticas (Estonia, Lituania y Letonia), Finlandia o Noruega, como ya hemos comentado en esta misma columna. De acuerdo con esto, Estados Unidos había asumido anteriormente que Putin no buscaría provocar a ningún país de la OTAN mientras mantuviera la guerra contra Ucrania, pues carecería de los medios militares suficientes para sostener al mismo tiempo dos aventuras militares. Sin embargo, esta evaluación cambió durante el presente año, según declaraciones de funcionarios estadounidenses recogidas por el diario. El objetivo de un eventual ataque de Putin contra un miembro de la OTAN, en el contexto de la guerra en curso en Ucrania, sería dividir a la Alianza, lo que le permitiría entonces, probablemente, ganar terreno en Ucrania.
Lo que debe hacer la OTAN para enfrentarse a esta guerra híbrida es fortalecer sus capacidades de disuasión. Por “disuasión” entendemos la amenaza con la aplicación de consecuencias tangibles para mover a un Estado a no realizar una acción indeseada. En la política internacional, este principio busca prevenir los conflictos antes incluso de que surjan o estallen. El principio fundamental es el cálculo de costos y beneficios, es decir, el agresor debe percibir que el daño derivado de un ataque a un adversario resulta o puede resultar mucho mayor que el posible beneficio. Un elemento esencial es la “credibilidad”: la amenaza solo es eficaz si la otra parte percibe que, llegado el caso, se ejecutarán realmente las amenazas. Esto sirve, entonces, para prevenir la violencia: el objetivo es evitar el acto mediante el mero temor al castigo o a las represalias; significa entonces que quien emite la amenaza debe ser percibido como lo suficientemente fuerte como para que el otro no se arriesgue a que se lleve a cabo la amenaza. Este es el único lenguaje que entiende Putin. Lamentablemente, después de casi seis años en la Casa Blanca, Trump no es capaz de entenderlo.










