Hace unos años, cuando salir a la calle se volvió algo de lo cual tuvimos que prescindir ―pues la pandemia nos obligó a enclaustrarnos en nuestras habitaciones―, en el ámbito filosófico se hizo eco de una célebre frase de Pascal. De acuerdo con el pensador francés, una de las principales causas de la infelicidad reside en no saber estar solos en nuestra habitación, sin tener ninguna distracción o divertimento. La soledad nos parece insoportable, según Pascal, porque en ella nos vemos en la necesidad de pensar sobre nuestra propia existencia, haciendo conciencia sobre nuestra propia vacuidad y miseria. Nos fuimos a cuarentena y advertimos, en efecto, que las palabras de Pascal cobraron un especial significado, particularmente ahí donde advertimos lo difícil que fue para muchos el tener que renunciar a diversas formas de divertimento.
El ser humano, según Pascal, es un ser paradójico que, al mismo tiempo que advierte la relación entre su propia felicidad y esa vivencia de la tranquilidad, considera que la única forma de alcanzarla es a través del ajetreo y el movimiento. La soledad nos parece tan insoportable, en efecto, que constantemente buscamos cómo distraernos: son pocos los que tienen realmente el valor de atreverse a estar solos, donde se ven en la necesidad de aprender a estar consigo mismos.
Arendt, por su parte, nos advierte de la necesidad de tener estos momentos de soledad para propiciar el pensamiento, distinguiendo entre dos formas radicalmente opuestas de estar solos. La soledad que es propicia al pensamiento es la solitud, y consiste en aquel estado en el que nos vemos obligados a dialogar con nosotros mismos, a desdoblarnos para confrontar nuestra propia existencia, o, en palabras de Arendt, a ser dos-en-uno.
Una forma de estar solo que se distingue por completo del aislamiento, el cual sirve como mecanismo fundamental para propiciar el terror y generar, en consecuencia, las condiciones básicas para instaurar un régimen totalitario. Uno puede estar solo sin estar aislado, pues en el acto de pensar uno no renuncia a lo intersubjetivo, a la comunidad que establece, en primer lugar, consigo mismo. Pero de esta misma forma advierte Arendt que es posible estar aislado, romper lazos con el mundo, sin tener la necesidad de estar solo.
Actualmente nos enfrentamos a diversas instancias cuyos dinamismos producen situaciones de aislamiento, como puede ocurrir a través de las redes sociales, del uso de la inteligencia artificial o de cualquier otra tecnología del tipo. Pensemos tan solo en la forma de comunicación que subyace a estos espacios virtuales, donde el sujeto puede prescindir por completo del otro, o puede caer en ciertas burbujas que le impidan ver con total nitidez las necesidades ajenas. En un mundo virtual, donde lo común es sustituido por un like o un comentario fugaz, surge el potencial riesgo de generar situaciones de aislamiento que, de suyo, podrían conducirnos a la soledad y no necesariamente a esos momentos de solitud en los que reflexionamos.
Tanto Arendt como Pascal, en este sentido, harían énfasis en la necesidad de aprender a estar solos sin por eso quedar aislados, a estar con uno mismo sin por eso romper vínculos con los demás. Urge reinstaurar esos espacios que son propicios a la solitud, y dar el tiempo suficiente para que la gente pueda dedicarse a pensar: sin pensamiento estamos condenados a alinearnos con cualquier ideología que se nos presente, pero también a aislarnos por completo del mundo en el que estamos. De ahí la necesidad de propiciar también una cultura del encuentro, donde esos pensamientos encuentren un foro que los potencie y enriquezca a través del diálogo.
Y qué mejor espacio para que se dé ese escenario que la universidad.










