La calidad de las conversaciones define la calidad de los resultados.
Pareciera que el término conversación debería formar parte de las prácticas cotidianas de quienes integran las organizaciones: entre pares, en las relaciones de equipo y entre líderes y colaboradores. Pero antes, tendríamos que detenernos a comprender qué significa realmente conversar.
Conversar no es solamente intercambiar o escuchar información, ideas o sucesos, conversar implica comprender significados a partir de una filosofía y/o cultura organizacional, con la finalidad de que, más allá de las diferentes posturas, podamos interpretar de manera similar los signos y, a partir de ahí, construir mejores ideas que se traduzcan en acciones, resultados y propósitos compartidos. También implica desatorar o resolver áreas de oportunidad, retroalimentar, negociar, mediar y encontrar alternativas; la conversación no puede verse como algo que simplemente sucede, conversar puede hacer sostenible a una organización y a cada uno de los sistemas que la mantienen viva.
El tema central es ¿realmente sabemos conversar?
Porque conversar implica escuchar y reconocer las habilidades, conocimientos y competencias del otro o de los otros, quizá lo más fácil sea simular que escuchamos y evitar reconocer que, en ocasiones, el significado no es claro, que existen interpretaciones diferentes y que, por lo tanto, pueden tomarse decisiones que terminarán produciendo resultados deficientes.
Por ello, vale la pena plantearnos una pregunta: ¿qué pasaría si una parte importante de los resultados de una organización y de sus equipos estuviera determinada por la manera en que conversan?
Hacer conversaciones que generen valor implica, en primer lugar, respetar a quien habla y a quien escucha; dar a cada persona el tiempo que le corresponde; no interrumpir constantemente y reconocer la conversación como una herramienta estratégica, parece obvio, pero no siempre sucede así. La naturaleza de las personas es diversa y hay quienes no dan suficiente valor a los conocimientos, experiencias o perspectivas de los demás, esto no significa que conversar sea estar de acuerdo con todos y en todo, por el contrario, conversar también implica expresar lo que se piensa, manifestar desacuerdos sin temor a ser descalificados o a enfrentar consecuencias por pensar diferente, implica generar espacios donde los desacuerdos puedan ser decodificados, comprendidos y utilizados para construir algo mejor.
En la conversación también puede existir el miedo, cuando este se vuelve constante y se prolonga en el tiempo, puede afectar el bienestar de las personas y la manera en que se relacionan dentro de la organización. En este contexto, la NOM-035 cobra relevancia, pero más allá de la norma, es importante que en las organizaciones exista seguridad psicológica, la posibilidad de expresar ideas, inquietudes, preocupaciones, áreas de oportunidad o aciertos con libertad, siempre desde el respeto y con la responsabilidad de contribuir al propósito organizacional.
Es importante recordar que, como todo comunica, el silencio también comunica y, en ocasiones, puede convertirse en la expresión más fuerte de una organización donde las opiniones prefieren guardarse, donde las personas terminan limitándose a decir aquello que creen que los demás quieren escuchar, cuando esto sucede, la inteligencia colectiva se limita, y ante la necesidad laboral de conservar un espacio, cumplir una función o evitar conflictos, resulta difícil juzgar el silencio. Por eso, provoquemos conversaciones de calidad para tomar más y mejores decisiones, generemos espacios donde exista seguridad psicológica para lograr más y mejor colaboración y donde la diversidad de ideas se convierta en una fuente de innovación y resultados.
Las organizaciones enfrentan fenómenos globales que, forzosamente, demandan adaptación, aprendizaje e innovación, pero para provocar más y mejores resultados quizá tengamos que empezar por algo mucho más cercano y cotidiano, cambiar nuestras conversaciones y hacer que generen valor. Conversaciones donde exista honestidad, donde sea posible disentir, donde reconocer un error no sea una amenaza sino una oportunidad para aprender, donde escuchar tenga el mismo valor que hablar. Porque al final, si queremos cambiar los resultados, quizá primero tengamos que cambiar la manera en que conversamos.










