Vladimir Putin y su guerra híbrida contra la OTAN (1ª parte)
08/09/2026
Autor: Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Cargo: Profesor investigador de la Escuela de Relaciones Internacionales

El cambio climático ya no se puede ocultar, aunque haya líderes mundiales, como Donald Trump, que se empeñan en negarlo. La reciente riada en Nepal es un ejemplo terrible de las funestas consecuencias que dicho fenómeno puede traer consigo. Sin embargo, hay algunas condiciones que pueden significar para algunos países ciertas ventajas a corto y mediano plazo, como es el caso del derretimiento de las regiones del Polo Norte, que Rusia está aprovechando para fortalecer su presencia militar, explorar opciones de explotación de minerales y otros recursos, y emplear esas vías marítimas ya libres de hielo con el fin de agilizar su comercio y abrir nuevas vías aprovechables para su marina de guerra. Por todo esto, la presencia rusa en las regiones árticas se ha fortalecido, lo cual no pasa desapercibido para los países de la región. Entre ellos están los países escandinavos, que son, estrictamente hablando, Noruega, Suecia y Dinamarca, quienes comparten lazos históricos y culturales (como los idiomas que hablan, emparentados entre sí). La denominación “países nórdicos” abarca, además de estos tres, a Finlandia e Islandia, y los territorios de Groenlandia y las Islas Feroe. Para todos ellos, la expansión rusa en esas dilatadas regiones entraña una seria amenaza a su integridad territorial y a sus intereses nacionales de diferentes tipos.

Veamos el ejemplo de Noruega, que está reforzando su presencia militar en el Ártico. La brigada establecida el año pasado seguirá ampliándose con más artillería, baterías de defensa antiaérea y una compañía de comunicaciones, para poder enfrentarse a las amenazas rusas y a un posible escenario en que el archipiélago noruego de Svalbard podría verse repentinamente ocupado por las tropas de Putin sin que se dispare ni un solo tiro. A 1,320 km de dicho archipiélago está la ciudad rusa de Múrmansk, en donde está una importante base militar rusa. Allí se encuentra desplegada una gran parte de los submarinos nucleares estratégicos, la flota de rompehielos nucleares, así como contingentes de la aviación naval, la infantería de marina y las brigadas árticas. Múrmansk es la ciudad más grande del mundo dentro del círculo polar ártico, mientras que Spitsbergen es la isla más grande y poblada del archipiélago de Svalbard, un punto de gran interés geopolítico y estratégico en el Ártico. En caso de conflicto con Rusia, la OTAN prevé que las tropas de Putin intentarían avanzar inmediatamente a través de Finlandia hacia Noruega con el objetivo de ocupar el norte de dicho país y el archipiélago de Svalbard. Esto facilitaría a los submarinos y a la aviación naval rusos atacar las líneas de suministro entre Estados Unidos y Europa en el Atlántico Norte, siempre y cuando, claro está, que los Estados Unidos decidiesen apoyar a sus aliados de la OTAN.

Ante una amenaza híbrida o cualquier otra acción hostil de Rusia contra países de la OTAN que, sin llegar a activar la cláusula de asistencia mutua, constituya no obstante una agresión, se considera que el archipiélago de Svalbard podría ser un blanco fácil. Y es que, aunque Svalbard es formalmente territorio noruego, Rusia tiene derecho a mantener allí una presencia económica. Esto significa, por ejemplo, que los pescadores rusos tienen permiso para hacer escala en Svalbard; Rusia explota una mina de carbón y mantiene un pequeño asentamiento minero en el archipiélago. Naturalmente, sería muy fácil para Rusia sustituir a los mineros por soldados de la noche a la mañana o enviar equipos de rescate a Svalbard bajo el pretexto de un accidente minero o marítimo. En tal escenario, los equipos de rescate iniciales podrían tener carácter paramilitar, seguidos por unidades militares de rescate y, finalmente, por tropas de combate. De este modo, Svalbard quedaría ocupada militarmente de repente, sin que se hubiera disparado ni un solo tiro.

La OTAN se enfrentaría entonces a la disyuntiva de entrar o no en guerra con Rusia a causa de un pequeño y remoto archipiélago noruego. Si decidiera no hacerlo, el mensaje para el resto de los países de la Alianza sería claro: se aceptan los hechos consumados por parte de Rusia y se prefiere evitar la confrontación. Esto, naturalmente, generaría una enorme inseguridad en los países bálticos y en Polonia, y brindaría a Rusia nuevas oportunidades para poner a prueba la verdadera firmeza de la OTAN. Si se optara por el combate, Rusia probablemente utilizaría la guerra política para difundir hacia Occidente el mensaje de que la OTAN estaría enviando a sus soldados a una guerra que podría convertirse en un conflicto nuclear por una isla pequeña, helada e inhabitable. Esto sometería a la OTAN a una tensión política interna extrema, hasta el punto de poder provocar su ruptura, que es lo que precisamente busca Rusia. Ya sabemos que el objetivo declarado de Putin es acabar con la OTAN, para lo que no hace falta necesariamente un ataque convencional: bastaría con una acción de este tipo para desacreditarla hasta dejarla políticamente muerta. Y si a esto le agregamos que Trump, por su lado, también está tratando de debilitar a la OTAN, tendremos los ingredientes perfectos para un estallido político y de seguridad que pondría a Europa al borde del colapso y al que arrastraría incluso a los Estados Unidos, aunque Trump no haya calculado esto.

Es por eso que Noruega busca reforzar sus fuerzas armadas convencionales y establecer una estructura más sólida que le permita mejorar su capacidad de defensa y de resistencia. En caso de conflicto militar con Rusia, las fuerzas noruegas podrían verse rápidamente desbordadas en la defensa de su territorio, pues son cuantitativamente inferiores. Las fuerzas terrestres noruegas son muy reducidas, debido a que durante la etapa de paz en Europa después de la Guerra Fría, el ejército se orientó hacia operaciones en el extranjero y tareas limitadas de defensa costera. Por eso, hasta ahora Noruega solo contaba con dos brigadas: una mecanizada y una de infantería ligera. Estos son recursos militares a todas luces insuficientes para enfrentarse a Rusia, incluso a una Rusia debilitada por la guerra en Ucrania.

Noruega no podría defender su territorio por sí sola; necesitaría refuerzos de la OTAN. Sin embargo, los socios en los que siempre se confió según los planes originales ya no están presentes como antes -es decir, Estados Unidos- o bien tienen que lidiar con sus propios problemas. Los canadienses, por ejemplo, que poseen gran experiencia en el combate en el Ártico, se encuentran al otro lado del Atlántico y tampoco cuentan con un ejército numeroso. El ejército británico, asimismo, atraviesa mínimos históricos en cuanto a efectivos. Europa, recordémoslo, se enfrenta al problema de que, en caso de un ataque ruso, probablemente no recibiría (mucha) ayuda de Estados Unidos.

Podríamos plantearnos la pregunta de si las fuerzas armadas europeas empezaron ya en el pasado a replantear su estrategia mediante el uso de armas nucleares tácticas. Así ha sido, en efecto, pero en el proceso se llegó a una conclusión: es difícil prever cómo evolucionaría una escalada nuclear. Si se depende de la defensa con armas nucleares, pero al mismo tiempo se es consciente de la espiral de destrucción que ello desencadenaría, Rusia podría optar por intentar primero una vía convencional, es decir, sin comenzar por iniciativa propia una escalada nuclear. En tal caso, la OTAN se enfrentaría al dilema de tener que escalar el conflicto al plano nuclear o bien perder la guerra. Por eso vemos que las fuerzas armadas europeas han vuelto a la planificación de una guerra convencional.

Empero, debemos advertir que no todos los actores políticos europeos son de la misma opinión en cuanto a la probable fecha de un ataque ruso contra algún miembro de la OTAN. El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, por ejemplo, gran conocedor de Rusia, ha desestimado las advertencias procedentes de Alemania sobre un posible ataque ruso a territorio de la OTAN antes de 2029. Sin embargo, al mismo tiempo, Stubb advirtió que no se debe subestimar la amenaza que representa Rusia. "Siempre hay que prepararse para lo peor con el fin de evitarlo", afirmó. El presidente finlandés fundamentó su valoración en información de inteligencia y en la capacidad de disuasión de la OTAN, la cual se basa en fuerzas convencionales, misiles y armas nucleares.

Recientemente, varios políticos y militares occidentales habían advertido sobre un posible ataque ruso a territorio de la OTAN en los próximos años. Según el general alemán Carsten Breuer, Rusia podría estar en condiciones de lanzar un ataque a gran escala contra territorio de la OTAN a partir de 2029. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, advirtió en diciembre 2025 sobre un posible ataque en un plazo de cinco años, mientras que el ex primer ministro británico Keir Starmer, citando informes de inteligencia ingleses, señaló el año 2030. Altos representantes del gobierno polaco han externado asimismo su preocupación de que Rusia, ante su fracaso en Ucrania, busque escalar la situación por medios híbridos o convencionales contra la OTAN, si bien no han mencionado alguna fecha concreta en la que teman un ataque.

La semana próxima seguiremos revisando este tema, crucial para la seguridad internacional, más allá de Europa.