¿Qué somos más allá del trend?
31/08/2026
Autor: Dr. Jorge Medina Delgadillo
Cargo: Rector UPAEP

Una reflexión para que los profes no exageren y para que los estudiantes no minimicen

1. Lo inocuo - nada de qué preocuparnos

Vivimos en una era de trends. Es normal que haya modas cada vez más extendidas pero de corta duración. ¿Recuerdan a los therian? ¿Qué decir de las It Girls o los Gymrats? ¿Todavía existen los brainrots italianos? Modas van y modas vienen.

Ahora estamos frente a un nuevo trend: farmear aura está en efervescencia, es un fenómeno masivo, repentino y donde los chavos encuentran diversión y pertenencia. Así como en los videojuegos los jugadores “cosechan” recursos para subir de nivel o desbloquear habilidades, los farmeadores de aura proyectan ante los demás seguridad, carisma y ese magnetismo raro que atrapa. En estas “batallas de aura”, los jóvenes bromean emulando memes o simulando personajes. Todo es diversión.  Hay algo que debemos celebrar del farmeo: dejan de ver pantallas para verse entre ellos, para celebrar, para reír y para hacer comunidad.

En el fondo, farmear aura es un concepto parodia. Tener "aura" solía significar hacer algo épico o genial; era una especie de contador social de admiración. Pero ahora se hace desde la ironía: hacer algo tan ridículo que nadie en su sano juicio lo haría... y justo por eso te da credibilidad y te proyecta. El juego consiste en ver quién tiene menos vergüenza, quién suelta más rápido ese freno interno que te dice “no, mejor no”. Gana el que mejor haga el ridículo en público. Resucitan modas pasadas, bailes que ya nadie recuerda y frases que nunca debieron volver, cosas que por ridículas jamás darían risa, pero que terminan dando muchísima risa precisamente por lo absurdo de la situación.

Están los batalladores y los espectadores. Los primeros son los chicos que quieren hacerse los graciosos, soltar la chispa y ver si prende. Siempre ha habido gente sumamente chistosa; que es buena para el cotorreo, son los típicos que desafían y apuestan a hacer cosas que los demás no se atreven. Los segundos somos los curiosos de siempre, los que disfrutamos del show y de ver hasta dónde llega el otro sin caerse del escenario imaginario que él mismo construyó.

Y hasta ahí, nada del otro mundo. Es como cuando de niños hacíamos tonterías para que nos pelaran, o como cuando en la secundaria el más loco del salón se ganaba el aplauso. El detalle es que hoy ese aplauso se graba, se sube y se multiplica. Y eso ya es otro boleto.

2. El límite - algo para cuestionarnos

La cosa se tuerce cuando empezamos a grabar sin permiso, subiendo videos de gente que nunca te dio luz verde o involucrando a instituciones de forma imprudente. Una cosa es hacer el ridículo por gusto propio y otra muy distinta es arrastrar a otros sin que hayan firmado para eso. ¿Dónde queda el derecho a no salir en el show? ¿Y el derecho a que tu cara no se vuelva meme sin tu consentimiento? Son preguntas incómodas que nadie se hace en pleno arrebato, cuando la cámara enfoca y el grupo grita “¡échale, échale!”.

Luego está el riesgo de hacer cosas de las que sí te puedes arrepentir. Hacer una tontería en el salón al rato da risa y ya. El reto exigirá cosas cada vez más extremas, más arriesgadas, más al filo. Y la huella digital no perdona: lo que hoy es viral para reír, mañana  será penoso, pero igualmente viral. Cuando se acaba la borrachera de la risa, queda la cruda de la vergüenza, y nos deja una lección a todos, como institución.

Y aquí viene lo más gordo: la necesidad de hacer este tipo de cosas para sentir que vales. Porque si no te miran, ¿existes? ¿Te sientes vivo?  Orillarnos a hacer el ridículo solo para caerles bien a los demás ya raya en una falta de autoestima, ¿no crees? No tiene nada de malo querer agradar, es súper humano. Pero cuando el precio es hacerte menos, jugar a ser tonto o fingir ser quien no eres, toca preguntarse: ¿a quién le estás demostrando algo? ¿Y por qué necesitas demostrarlo justo así?

Decimos que "debemos estar seguros de nuestra valía", pero suena a discurso barato y en la práctica está bien difícil. El mundo digital nos malacostumbró a cientos de likes y notificaciones que nos dan una dosis de dopamina. Ahora buscamos esos cientos de miradas en el mundo físico; la batalla de aura es el mismo premio, pero sin pantalla. Y el problema de los premios externos es que nunca terminan de llenar. Siempre piden más.

La presión social va en aumento y se vuelve problemática. Si no entra en conflicto con nuestros valores, la podemos mantener a raya. Pero, ¿y si los mina sin que nos demos cuenta? ¿Y si un día despiertas y no sabes si lo hiciste por gusto o por pavor a quedarte fuera? ¿Y si el límite lo queremos poner justo después de haberlo cruzado?

3. Lo fuerte - algo para alertarnos

Ser presa de un trending de manera acrítica es peligroso. Nos sumamos a la borregada de un reto que nació sabrá Dios dónde, que corre como chispa en petate y que nadie cuestiona. No importa quién lo inventó ni qué hay detrás; el punto es tener nuestro pedazo de fama de cinco minutos.

Hoy es esto, ¿mañana marcharemos al ritmo de cualquier otro  challenge? Y la historia nos ha enseñado, sin excepciones, que esto muchas veces termina en arrepentimientos, en pérdidas, en historias tristes o hasta tragedias. Cuando llegamos a ese punto, todos nos cuestionamos: ¿por qué hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué nadie dijo “alto” cuando todavía se podía? ¿Por qué la advertencia siempre nos cae cuando ya pasó todo?

Porque el problema no es el aura, es el hambre de aprobación. El problema es que confundimos ser vistos con ser valiosos. Hemos externalizado tanto nuestra autoestima que ahora depende de un like, de un comentario o de un grito en el patio. Y eso, queridos jóvenes, es un terreno bien resbaladizo. El asunto de fondo con cualquier moda es que no haces lo que realmente quieres, sino lo que otros quieren que quieras.

También nuestra responsabilidad como espectadores. El que mira, graba, aplaude y no dice nada no es neutral; también está farmeando su propia dosis de pertenencia. Quien comparte el video sin pensar en las consecuencias le echa su granito de arena a esa montaña que después se puede derrumbar. ¿Hasta dónde somos cómplices de lo que festejamos?

La pregunta no es “¿esto de farmear aura está bien o está mal?”, porque eso suena a sermón y a dedo acusador. Además, éste, como el resto de trends, durará poco. Las verdaderas preguntas son otras y son más profundas: ¿esto me hace más libre o más esclavo de las tendencias, es decir, de la voluntad de los demás antes que de la mía? ¿Lo hago porque quiero o porque necesito que me quieran?

Al final, el aura se desvanece. Esta moda, como cualquier otra, termina. Después de las batallas la risa se apaga. El celular se guarda. Y uno se queda a solas con lo que es, con lo que hizo, con lo que eligió mostrar y con lo que decidió guardarse. Ahí, en ese silencio interno, no hay trending que valga. Solo tú y tus preguntas. Yo lo que quiero decirte, cuando sobrevenga el silencio, es que vales muchísimo. Y que tienes un futuro prometedor. Que está bien echar relajo (¡siempre está bien echar relajo sano!) Pero que cuando sientas que la cosa se sale de control o no es ya agradable para los demás o para las instituciones, vale la pena parar, reflexionar y cambiar.

Les mando un abrazote,

Jorge Medina