La preparación de las clases: el verdadero motor de la universidad
26/08/2026
Autor: Livia Bastos Andrade
Cargo: Facultad de Filosofía y Teología / Proyecto SPES

Existe una verdad incómoda en la educación superior contemporánea: una clase excelente es, ante todo, una clase bien estudiada y planificada. Hoy en día, el mundo académico suele verse deslumbrado por los indicadores de investigación, las acreditaciones y el marketing institucional. Seamos realistas: todo ello, sin duda, importa, y mucho; importa en cuanto a lo que son: medios imprescindibles para cumplir los fines últimos (o las funciones substantivas) de una universidad.

En el momento actual, seamos, además, profundamente agradecidos por todo el esfuerzo conjunto sostenido, a lo largo de los años por cada uno de nosotros y por tantas personas que, en todos esos ámbitos, dieron (y siguen dando) con generosidad su sangre, sudor y lágrimas. ¡Enhorabuena! ¡Un brindis a la UPAEP! ¡Alerombo a todo pulmón! ¡Que vengan muchas más conquistas y que sigamos aportando nuestro grano de arena!

Sin embargo, incluso hoy en día, la docencia de calidad sigue siendo la vitrina más honesta de cualquier institución de educación superior. Una universidad que descuida lo que ocurre dentro de sus aulas es tan incongruente como un hospital de alta tecnología con consultas deficientes o un restaurante de lujo que sirve platos mediocres. El servicio central, la razón de ser, está fallando.

El núcleo del éxito pedagógico radica en una premisa simple, pero ineludible: una clase bien dada es una clase estudiada y bien preparada. No existe otra fórmula. El mito del profesor erudito que deslumbra a los estudiantes basándose exclusivamente en la improvisación y la elocuencia del momento es insostenible.

Es cierto que muchas veces la improvisación nos ha salvado “dentro y fuera” de las aulas. Son millones en el mundo las personas que, sin un trabajo fijo, viven “apagando incendios” y tienen que “improvisar” diariamente para sobrevivir. Pero opino que, por motivos que escapan a nuestro análisis en esta ocasión, la improvisación en Latinoamérica está sobrevalorada: nos es exigida, nos habituamos a ella, pero tiene un costo alto y pasa una factura lamentable.

En esta misma línea, la improvisación docente —la que nace de la ausencia de la preparación debida— genera caos, déficit de aprendizaje, mala propaganda de boca a boca y dispersión. Por el contrario, la preparación de clases brinda al docente y al estudiante la libertad pedagógica: solo cuando el camino está trazado con claridad, el docente puede permitirse innovar, escuchar y guiar con seguridad.

Pero debemos mirar la otra cara de la moneda y ser empáticos con la realidad del profesorado. El diseño de una buena sesión requiere tiempo, un recurso que hoy escasea. Los profesores universitarios son, en muchos casos, docentes hora-clase que saltan de una institución a otra y cuyas horas de preparación no siempre están contempladas.

Los docentes de tiempo completo nos encontramos atrapados en un torbellino de demandas administrativas, burocracia, comisiones, tutorías y tantas otras exigencias que desbordan el límite de lo razonable. Cuando el reloj nos consume y nos vemos obligados a entrar al aula sin la preparación adecuada, el costo emocional es altísimo.

La falta de planificación se traduce de inmediato en un factor de profunda inseguridad personal, altos niveles de estrés, pérdida de la capacidad relacional con el estudiante y del buen manejo del espacio físico y mental de la clase. El aula deja de ser un lugar de disfrute intelectual y se convierte en una fuente de ansiedad.

El impacto colateral de este escenario lo sufre directamente el estudiante. Los jóvenes actuales valoran el tiempo de una manera distinta, marcada por la inmediatez digital. Cuando un alumno percibe que el profesor divaga, improvisa, que no hay un hilo conductor o que se avanza sin rumbo, la desconexión es inmediata.

La sensación de estar perdiendo el tiempo genera frustración y apatía. Este estudiante no solo se desconecta de la materia, sino que pierde la confianza en el valor de su inversión educativa y en la propia institución.

Para el alumno, una clase estructurada es inspiración y claridad; para el profesor, es “lo debido” y la satisfacción por el deber cumplido; y para la universidad, es su mejor carta de presentación y una fuente inagotable de prestigio institucional.

Proteger el tiempo de preparación de los docentes —sean ellos investigadores, tutores, hora-clase, docentes de medio tiempo o de tiempo completo— no es un lujo, sino una necesidad urgente.

¿Qué impacto financiero tendría para las instituciones universitarias blindar los tiempos de preparación de clases de todos y cada uno de sus docentes? Probablemente sea mucho más de lo que muchas instituciones estén dispuestas a pagar. Pero solo devolviendo al aula el respeto y la planificación que se merece, la universidad podrá seguir justificando su existencia como “punta de lanza” y “verdadero templo del saber” en tiempos de inteligencia artificial.

Asumamos como UPAEP –en primera persona y como comunidad– la tarea de nadar contra la corriente y generar una cultura del aula donde la planificación rigurosa y el estudio sean el sello distintivo de nuestra identidad institucional.

Que la docencia basada en el rigor intelectual, en el encuentro humano respetuoso y en la búsqueda incansable de la verdad sea nuestro legado a los estudiantes.