Hace un par de días, probablemente el 18 de agosto, se conmemoraron los 90 años del asesinato de uno de los más grandes poetas y dramaturgos de las letras universales: hablamos nada menos que de Federico García Lorca. Su muerte ocurrió en el marco de uno de los conflictos más crueles que vivió el siglo XX: la Guerra Civil Española.
Este conflicto armado se desarrolló desde julio de 1936 hasta abril de 1939. Fue un conflicto sumamente sangriento entre el gobierno legítimo de la República y los golpistas conducidos por el general Francisco Franco (1892-1975), quien salió victorioso con la ayuda de Hitler y Mussolini e instauró una dictadura que duró hasta el año de su muerte.
Los bandos en conflicto fueron, por un lado, los “Republicanos”, es decir, los que defendían al gobierno legítimamente establecido. Estaban integrados por socialistas, comunistas, anarquistas y fuerzas burguesas de diferente tipo, abarcando desde grupos moderados hasta organizaciones extremistas. Por el bando contrario, peleaban los “Nacionalistas”, es decir, los que emprendieron un Golpe de Estado bajo la guía de Franco. Estaban compuestos por militares, monárquicos, fascistas (la llamada “Falange”) y algunos sectores de la Iglesia católica.
Ambos bandos se condujeron con suma crueldad, contando cada uno con el apoyo de diferentes gobiernos y organizaciones internacionales. La ayuda a Franco provenía particularmente del gobierno nacionalsocialista alemán y de la Italia fascista. Ambos gobiernos apoyaron a los sublevados con soldados, tanques y aviones, mientras que la ayuda a la República provenía, sobre todo, de la Unión Soviética, que suministró armas. Además, las Brigadas Internacionales, formadas por voluntarios de muchos países, lucharon contra las fuerzas fascistas de Franco.
Las consecuencias de la guerra fueron brutales, con un número de víctimas que debe rondar el medio millón de personas muertas durante la guerra y las posteriores purgas. Franco se alzó con la victoria y gobernó España como dictador absoluto hasta su muerte en 1975. El conflicto español se considera un sangriento ensayo general y el preludio de la Segunda Guerra Mundial.
Para entender el estallido de la Guerra Civil, es menester mencionar a la “Segunda República Española”, nombre con el que se designa el periodo comprendido entre 1931 y 1936 (o 1939), durante el cual existió una nueva forma de gobierno democrático: la república, cosa casi inédita, en un país tradicionalmente regido por una monarquía. España se vio marcada por agudos conflictos políticos y económicos.
Esta Segunda República se proclamó el 14 de abril de 1931, después de que las elecciones celebradas en ese año mostraron que los ciudadanos rechazaban abrumadoramente a la monarquía. La República fue recibida con gran entusiasmo por la mayor parte de la población, que depositaba en la democracia grandes esperanzas. La República era llamada por muchos “la niña bonita”.
Por su parte, el rey Alfonso XIII interpretó el resultado electoral como un rechazo a la monarquía y abandonó el país, pero sin renunciar formalmente a sus derechos al trono.
No hubo resistencia ante el cambio de la forma de gobierno, algo inusual en la historia de España, donde los conflictos políticos solían dirimirse de forma violenta. Así surgió una alianza de gobierno entre los partidos republicanos de izquierda y los socialistas del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). El escritor Manuel Azaña, de Acción Republicana, fue elegido primer presidente del Gobierno, mientras que Niceto Alcalá-Zamora ocupó la presidencia de la República.
El nacimiento de la República se produjo en una etapa en la que la democracia representativa liberal se encontraba a la defensiva en Europa. Ya en octubre de 1922, los fascistas italianos habían tomado el poder con la Marcha sobre Roma y, en 1925, habían desmantelado definitivamente el sistema parlamentario. La situación en Francia se deterioraba, aumentando las tensiones políticas y sociales, además de los actos de violencia.
Aún más agudos eran los conflictos en Austria. La República de Weimar alemana, que servía de referente constitucional y político para España, quedó prácticamente anulada a partir de 1933, con la llegada de Hitler al poder.
Este ambiente hostil para la democracia es el telón de fondo para lo que pasaría en España. El golpe de Estado protagonizado por sectores derechistas del ejército contra el gobierno de izquierda elegido democráticamente desencadenó, en 1936, la Guerra Civil Española, conflicto en el que la República fue violentamente suplantada por el franquismo, es decir, por el régimen dictatorial encabezado por el susodicho general Franco.
Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca nació en la provincia de Granada, en la actual Comunidad Autónoma de Andalucía, el 5 de junio de 1898.
Fue, sin duda, el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Como dramaturgo, se le considera una de las figuras más grandes del teatro español del siglo XX.
Su fama comenzó a distinguirlo con Romancero gitano (1928), un poemario que ilustraba la vida en su Andalucía natal. Era característica de su poesía la combinación de motivos tradicionales andaluces con estilos vanguardistas. Una estancia en la ciudad de Nueva York, entre 1929 y 1930, fue ilustrada en una obra que apareció póstumamente: Poeta en Nueva York (1942).
Otro viaje a Argentina en 1933, demostró que su fama era en verdad universal. De vuelta a España, escribió sus obras más conocidas: Bodas de sangre (1932), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936).
Hijo de una familia de terratenientes muy bien acomodada, Federico se interesó primero por la música, más que por la literatura. Comenzó a aprender a tocar el piano con Antonio Segura Mesa. Tanto le entusiasmaba la música, que sus amigos lo conocían más como pianista que como escritor.
Sus primeras inspiraciones artísticas fueron Claude Debussy, Frédéric Chopin y Ludwig van Beethoven. Luego conoció nada menos que al gran compositor Manuel de Falla, quien fue el causante de que el folclore español se convirtiera en su gran objetivo y pasión, como lo demuestra su admiración por el llamado “cante jondo”.
García Lorca no se dedicó a la literatura hasta la muerte de Segura en 1916. Sus primeras obras en prosa, como Nocturno, Balada y Sonata, se inspiraron en formas musicales. De hecho, el lector atento se dará cuenta de que dichos nombres proceden de formas y géneros musicales o literario-musicales.
De esos años es también su primer libro en prosa: Impresiones y paisajes, publicado en 1918, una antología de sus mejores páginas en prosa sobre temas políticos y sobre sus intereses estéticos.
En julio de 1936, García Lorca viajó de Madrid, en donde residía, a su tierra natal, ante el temor de que la creciente violencia en el ámbito político diera paso a una abierta guerra civil.
Para estos años, García Lorca ya era un poeta laureado no solamente en España, sino en todo el mundo. El temor del poeta no era infundado. Aunque había nacido en un medio privilegiado, todo el mundo sabía de su sensibilidad hacia los menos favorecidos.
Esta consideración hacia los pobres y desamparados era una especie de “sello de la casa”: sus padres eran así. A diferencia de otros adinerados, que no tenían ninguna inclinación por proteger y promover a sus trabajadores ni a acercarse a los marginados.
Además de esta inclinación por ayudar a los más necesitados, Federico García Lorca se movía en el mundo de los artistas e intelectuales. En Madrid, por ejemplo, trabó amistad con Luis Buñuel, Rafael Alberti y Salvador Dalí.
Como la mayoría de las figuras de las artes, las letras y las ciencias, García Lorca apoyó la instauración de la Segunda República, aunque nunca se afilió a ningún partido político. Además, tenía amigos en ambos bandos.
En vista de que el ambiente violento previo a la Guerra Civil era cada vez más denso, los gobiernos de México y Colombia le ofrecieron asilo político al poeta, pero este rechazó ambas ofertas. De hecho, en México se daba por hecho que Federico aceptaría salir de España para instalarse en dicho país. En Granada la situación en principio era tranquila, pero luego, el cerco en torno a García Lorca se fue estrechando, por lo que buscó asilo con una familia amiga, partidaria de los sublevados: los Rosales.
Ni esto lo salvó. El 15 de agosto, una partida de alzados lo arrestó, bajo los cargos de ser socialista, homosexual y espía al servicio de los rusos.
A pesar de los grandes esfuerzos de los Rosales para liberarlo, aprovechando sus conexiones en el bando franquista, les fue imposible. Incluso, con una orden de liberación en la mano, no volvieron a ver al poeta, quien fue llevado a un lugar no determinado, ya sea en el barranco de Víznar, o cerca de allí, en donde fue fusilado en la madrugada del 17, 18 o 19 de agosto. El cuerpo del gran poeta fue arrojado a una fosa común; todos los esfuerzos para localizarlo desde entonces han sido infructuosos, por lo que los misterios acerca de los últimos días de García Lorca no han podido ser esclarecidos.
Una vez confirmado el asesinato del célebre poeta, el escándalo a nivel internacional fue enorme, así como el desprestigio de España y de los sublevados, que no pudieron sacudirse nunca.
A caballo entre lo popular y la alta cultura, Federico García Lorca era un virtuoso gigantesco de la palabra. Sus versos reflejan pasión por su tierra y una viva compasión hacia los demás, particularmente hacia los marginados y hacia las mujeres, quienes en la España de esa época eran personas que debían ser sumisas, obedientes y solitarias.
En una ocasión se le preguntó por su afiliación política, a lo que respondió: “soy católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico”.
Esperemos que la conmemoración de los 90 años de su cobarde asesinato nos haga volver los ojos hacia la obra imperecedera de Federico García Lorca, poeta universal que España dio a la humanidad.
De él tenemos muchísimo que aprender, que reflexionar y que gozar, pues a pesar de haber escrito en español y desde su país, su mensaje es universal: “yo canto a España y la siento hasta la médula, pero antes, soy hombre del mundo y hermano de todos”.










