Hay candados pequeños y grandes, caros y baratos, materiales y digitales. Tal vez el candado sea uno de los objetos más ambivalentes creados por la humanidad. En su forma más fría e inmediata, evoca la noción de clausura, prisión y la restricción del derecho fundamental a transitar en libertad. Representa la frontera inquebrantable entre el adentro y el afuera, una barrera que detiene el paso y confina el movimiento. Sin embargo, este mismo objeto adquiere un matiz poético en puentes europeos de Italia, Francia o Portugal. En mis viajes, pude observar que cientos de parejas cuelgan candados en varios puentes para sellar compromisos e inmortalizar su amor. En ese gesto, el candado ya no simboliza una condena, sino una elección voluntaria: la decisión de proteger un vínculo valioso frente al paso del tiempo y al desgaste del mundo interior y exterior.
Bajo este prisma, el candado no simboliza la opresión, sino la custodia. Colocamos un candado a aquello que consideramos invaluable, a lo que nos pertenece y tememos perder, o a lo que deseamos preservar de la intemperie y de los riesgos del día a día. Custodiar implica dar valor y establecer fronteras benéficas. En esta misma línea, cabe hacernos una pregunta importante como comunidad: ¿a qué cosas podemos y debemos poner candados en nuestra vida académica? La universidad, como espacio de libertad y rigurosidad, requiere que identifiquemos nuestros tesoros más preciados para protegerlos con firmeza.
Ciertamente se puede hacer un análisis largo y detenido que tenga en cuenta distintas perspectivas. Para empezar, quisiera compartir algunas breves consideraciones fruto de mis reflexiones personales.
Creo que, a nosotros, profesores e investigadores, nos queda la responsabilidad de custodiar nuestro tiempo y vocación. Por lo mismo, es imprescindible que logremos poner un candado inquebrantable a nuestras horas dedicadas al estudio y a la investigación, blindándolas contra la marea de la urgencia administrativa para que la generación de conocimiento siga siendo un pilar de nuestra labor. Asimismo, es fundamental poner un candado riguroso en la preparación de las clases, asegurando la excelencia y el respeto hacia el saber que compartimos en el aula. Finalmente, es igualmente importante proteger el tiempo de atención a nuestros estudiantes, garantizando que sea un espacio de encuentro y escucha real.
A ustedes, queridos estudiantes, les queda el reto de aprender a servirse de los candados para custodiar “lo que cuenta en la vida”: no se trata de usarlos para aislarse ni como forma de dominio del otro, sino para sacar el máximo jugo a la experiencia universitaria. Esta es una etapa vital valiosa, pero efímera; pasará muy rápido. En un abrir y cerrar de ojos, ya estarán en su ceremonia de graduación. Vale la pena poner un candado a su compromiso dentro de las aulas, defendiendo su concentración frente a las interrupciones externas. También es muy importante cuidar el espacio de diálogo con sus profesores, reconociendo en ellos una fuente de aprendizaje profundo más allá del aula. Un consejo final es que extiendan este resguardo a las experiencias extracurriculares y a la vida universitaria en su totalidad, habitando el arte, la capilla, el deporte y la convivencia. Al asegurar estas vivencias, estarán blindando su propia formación humana, convirtiéndose en profesionales íntegros y sensibles a su entorno.
Al igual que los enamorados en los puentes, colguemos nuestros propios candados simbólicos para comprometernos con la excelencia. Al hacerlo, no cerramos las puertas al conocimiento ni nos encerramos en torres de marfil; al contrario, custodiamos el tiempo, el espacio y las relaciones donde ese conocimiento cobra sentido. Cuidar estas parcelas esenciales es el único camino para asegurar que nuestra universidad siga siendo el motor de transformación que la sociedad tanto necesita.










