Cada semana entras a tu salón.
Sentados, te esperan tus estudiantes, y buena parte de lo que les ocurra este semestre va a depender de ti.
Nadie te dio un nombramiento para eso.
No hubo acuerdo de consejo, ni oficio, ni toma de protesta. Y, aun así, vas a ejercer la forma de liderazgo que más pesa en una universidad: la de SER PROFESOR. Conviene decirlo despacio: SOY PROFESOR. Suena a halago, pero no lo es. Antes que nada, es una gran y grave responsabilidad.
Hay una línea de investigación sobre liderazgo escolar que lleva décadas haciéndose la misma pregunta: ¿qué influye de verdad en el aprendizaje de nuestros estudiantes? Kenneth Leithwood, Alma Harris y David Hopkins (2008) la resumieron en siete afirmaciones. La primera sostiene que, después de la enseñanza en el aula, el liderazgo escolar es el factor que más influye en el aprendizaje. Esto no significa que el liderazgo educativo (educational leadership) decida el destino de nadie. Lo que esa investigación propone es una porción modesta, medida por gente que no acostumbra exagerar.
Liderar no es mandar. Mandar necesita un cargo. Liderar, no.
Es la noción milenaria, siempre son dos: un maestro y un aprendiz.
Lo que se decide en una oficina, en un escritorio, en un mensaje, en una circular, le llega al estudiante después de pasar por muchas manos. Lo que pasa en tu clase le llega directo.
En una clase se deciden cosas que ningún reglamento alcanza. Se decide qué se considera importante y qué no. Se decide qué se exige y qué se tolera. Se decide a quién se le cree cuando dice que puede. Se decide ser PROFESOR o simplemente transmisor de información. Ninguna de esas decisiones aparece en un organigrama. Las cuatro cambian a la persona.
Piensa en el semestre pasado. Quizá hubo un estudiante que estuvo a punto de soltar y no soltó. ¿Por qué no soltó? Tal vez alguien lo miró a tiempo y le hizo una pregunta en el pasillo.
Eso no aparece en ningún perfil de puesto. Y es, con toda propiedad, un acto de liderazgo.
Quizá estés pensando que las decisiones de verdad se toman en otra parte. Los presupuestos, los planes de estudio, las cargas, los calendarios. Es cierto. Parcialmente.
Pero no confundamos las decisiones que organizan una universidad con las que finalmente forman a un estudiante (aunque mutuas convenientemente se reclamen). Las primeras se toman en oficinas y salas de juntas. Las segundas se toman a las siete de la mañana, frente a un grupo. Alguien levanta la mano. Y hay que resolver, en dos segundos, si esa pregunta merece cinco minutos o quizá la clase completa.
Y esta decisión no la puede tomar nadie más. No hay acuerdo de consejo que la sustituya, ni presupuesto que la compre.
Hay otra objeción, y es más honesta que la primera: a nadie le pagan por liderar. Nos pagan por dar clase. También es cierto. Pero el liderazgo del que hablamos no es una tarea que se añade a la clase. Es la clase, hecha de cierta manera; es la clase hecha al estilo UPAEP.
La palabra ayuda a verlo. «Líder» nos llegó del inglés, y detrás está una raíz antiquísima que no habla de mandos ni de jerarquías: habla de ir delante y abrir camino [Raíz indoeuropea leit(h)-; inglés antiguo lædan, causativo de līthan]. Nombra una posición y un riesgo. Alguien va primero y, por ir primero, responde.
Un profesor ﹣primer líder transformador ﹣ abre camino cada vez que exige un poco más de lo que el grupo venía dispuesto a dar. Responde cada vez que alguien no llega y, en lugar de archivarlo como estadística, se pregunta qué no vio a tiempo.
Y va delante, sobre todo, cuando admite frente al grupo que hay algo que él tampoco termina de entender y se pone a averiguarlo junto con ellos.
Nada de esto te pide hacer más. Te pide reconocer lo que ya haces.
En UPAEP sostenemos desde nuestra fundación que el liderazgo no está reservado a unos pocos [a los elegidos]. Lo decimos de nuestros estudiantes con toda naturalidad: Todos pueden ser Líderes Transformadores. Para formar a alguien no hace falta un nombramiento, hace falta entrar al salón y decidir bien, cuarenta veces por semestre, delante de muchachos que se dan cuenta de todo.
¿Y si la verdadera medida de este semestre no fuera el temario cumplido, sino el nuevo rumbo que alguien decidió tomar en su vida gracias a que tú estuviste ahí?
La próxima vez que entres a ese salón no llevarás acta ni oficio.
No te falta nada.
Enseñar ya es liderar;
… el resto, es solo la forma en que decides cambiar el mundo.










