DISCURSO DOCTOR JORGE MEDINA DELGADILLO
13/08/2026
Autor: Jorge Medina Delgadillo
Cargo: Rector UPAEP

A continuación presentamos el discurso completo de la Investidura del Doctor Jorge Medina Delgadillo

Con su venia, don Jorge Espina, y demás miembros de la Junta de Gobierno.

Apreciables autoridades de los distintos órdenes y de los distintos poderes; queridos obispos y sacerdotes; colegas rectores, vicerrectores y académicos de otras casas de estudio; apreciables profesores, colaboradores y estudiantes de la UPAEP; querida familia que hoy me acompaña; estimados amigos y compañeros en la vida. Buenas tardes a todos.

Recibo el nombramiento de rector con gratitud profunda y con un sincero sentido de responsabilidad: gratitud por la confianza depositada; responsabilidad por la magnitud de la tarea que se me confía. El desafío de conducir una universidad tan noble como la UPAEP es enorme, y reclama una musculatura de espíritu difícilmente alcanzable. Esta silla —la de la máxima autoridad— la ocupó el Ing. Vicente Pacheco y, después de él, cuatro rectores extraordinarios: el Mtro. Mario Iglesias, el Mtro. Javier Cabanas, el Dr. Alfredo Miranda y el Dr. Emilio Baños, sin duda uno de los mejores rectores que no sólo ha tenido Puebla, sino el país entero. ¿Quién puede llenar los zapatos que dejan esos cinco grandes hombres?

Pero a la conciencia de la magnitud de la responsabilidad le viene aparejada una serena confianza. Confianza, primero, porque sé que esta comunidad está bendecida por el Señor, que sabe hacer proezas y se complace en auxiliar a los pequeños (cfr. Lc 1,46-55). Y confianza, después, por un hecho evidente: la UPAEP está conformada por un equipo extraordinario: gente creativa, generosa, valiente, inteligente, vibrante y solidaria.

En estas primeras palabras quiero dirigirme, brevemente, a los distintos públicos que hoy nos honran con su presencia:

A la Junta de Gobierno. El ADN de esta Casa de Estudios, tal como nos lo transmitieron nuestros fundadores, es una mezcla única de valentía —es decir, espíritu de lucha— y de magnanimidad —o sea, búsqueda del bien común, antes y por encima de cualquier bien particular—. Eso no está sujeto a cambios, y es tarea de todos mantener siempre viva esa mística. Me vienen a la mente, con entrañable afecto, las palabras que don Manuel Díaz Cid gustaba de evocar del compositor Gustav Mahler: «la tradición no consiste en adorar cenizas, sino en transmitir el fuego». Velaré para que esta identidad se mantenga viva, y siga atrayendo y enamorando. Pues lo que está vivo está llamado a rejuvenecer siempre, pues sólo así se sustrae de dos riesgos polares: el de relegar la identidad a la memoria y el de la idolatría del pasado. Me comprometo ante ustedes y ante toda la comunidad a transmitir el fuego de la identidad.

A nuestras autoridades civiles: a los servidores públicos federales, estatales y municipales, diputadas y diputados, militares y miembros del poder judicial. Sepan que siempre contarán con la UPAEP para construir futuro. Los tiempos nos urgen a la concertación de voluntades. México no puede esperar a que decidamos ponernos de acuerdo: la pobreza, la desigualdad persistente y los graves desafíos —educativos, sanitarios, económicos, laborales, de inseguridad y ambientales— están aquí, hoy, frente a nosotros. Toda omisión nacida de la vanidad o de la incapacidad para lograr acuerdos nos pedirá cuentas como generación. Puebla nos reclama unidad, talento y esfuerzo; en eso no regatearemos nada.

Una de las funciones de la universidad —y la UPAEP no es la excepción— es ser conciencia crítica de la sociedad. Y lo seremos: por congruencia a nuestro ideario, pero también por fidelidad a la sociedad. ¿Qué gana un pueblo cuando quien tiene voz no la alza en defensa de los vulnerables, de sus libertades y derechos? Ahora bien, la universidad no es sólo voz crítica y profética; es también manos que colaboran. Lo repito: en todo aquello que construya futuro para nuestros hijos, que genere prosperidad, justicia y concordia social, seremos muy buenos aliados; pero frente a toda injusticia lacerante, nos pondremos, indefectiblemente, del lado del pueblo, aunque esto genere malestar en algunos. Como dijo quien llegó a ser presidente de nuestro Patronato Fundador, don Manuel Rodríguez Concha: «La congruencia tiene un precio y hay que estar dispuesto a pagarlo».

A los partidos políticos, estén en el gobierno o en la oposición. Sepan que, como universidad, estamos empeñados en construir ciudadanía y en forjar una cultura de paz. La academia goza de esa sana neutralidad partidista que le permite ser lugar de diálogo y de encuentro con todas las fuerzas; pero ello no supone neutralidad política, pues estamos comprometidos en humanizar las instituciones y a recordarnos lo que sabiamente manda el artículo 39 constitucional: que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo, y que todo poder público dimana de él y se instituye para su beneficio. En una de sus últimas entrevistas, Carlos Monsiváis denunciaba el proceso por el cual un partido, habiendo perdido su vocación original y su vínculo con el pueblo, se entregaba a la autodestrucción: «colonizaba el precipicio», decía él. Lamentamos que todavía en la actualidad algunos dirigentes —sin importar su signo político— conduzcan a sus partidos a la ruina de manera casi sistemática, como si se dedicaran a conquistar su propio abismo. Es hora de devolver al pueblo opciones políticas sanas y creíbles: cauces de pacificación y no de polarización; de trabajo digno y no de clientelismo; opciones que ayuden a un pueblo a conquistar, pronto y de veras, su independencia del crimen organizado. Es hora de formar dirigentes —políticos, sindicales y partidistas— magnánimos. Contarán con la UPAEP en este esfuerzo audaz.

A nuestros pastores en la fe. En especial a usted, querido Don Víctor, Padre y pastor de esta arquidiócesis. ****Quiero refrendar aquí nuestro amor a la Iglesia. Somos hijos suyos y aspiramos a ser —en medio de todas nuestras limitaciones— discípulos misioneros de Cristo. Hace unos días tuve el enorme privilegio de conocer al Maestro General de la Orden de Predicadores, el filipino Gerard Timoner, quien nos lanzó a los asistentes una saludable sacudida: «Demasiados cristianos —dijo— han dejado de ser pescadores de hombres para convertirse en cuidadores de acuarios». El mural de los fundadores de la UPAEP remata con una barca y con una sentencia del Evangelio: duc in altum, «navega mar adentro» (Lc 5,4). Esta Universidad no nació para cuidar acuarios, ni para bordear las orillas de la vida sin compromisos, sin riesgos, sin grandes ilusiones. Somos una universidad católica, y eso nos enorgullece; pero, sobre todo, nos compromete. La UPAEP no nació para sí misma ni se debe a sí misma: se debe a la sociedad y a la Iglesia; y la Iglesia, que tampoco nació para sí, existe para el mundo.

A los empresarios y a los líderes sociales y sindicales; en una palabra, al mundo del trabajo. La universidad está llamada a una colaboración estrecha y fecunda con todos ustedes, porque compartimos una misma convicción: que el trabajo no es una mercancía, sino una de las expresiones más altas de la dignidad humana. Con su trabajo, el hombre y la mujer no sólo se ganan el pan: se hacen a sí mismos, sostienen a los suyos y edifican la ciudad común.

Quiero decirlo con claridad, porque no siempre se dice: la vocación del empresario es una vocación noble. Crear una empresa es crear oportunidades donde no las había; es transformar el talento en trabajo, y el trabajo en pan y techo para la familia, en futuro para una comunidad entera. El empresario que arriesga, que innova, que genera empleo digno y bien remunerado, y que trata a sus colaboradores como personas y no como recursos, presta a la sociedad un servicio que ninguna otra instancia puede sustituir. A ustedes, que muchas veces trabajan en silencio y cargan sobre sus hombros el sustento de tantas y tantas familias, nuestro mayor reconocimiento y admiración. Lo mismo para los líderes sindicales que velan por el respeto y promoción de los derechos laborales de miles de trabajadores.

Pero permítanme, con el mismo afecto, una palabra exigente. La empresa no se justifica sólo por sus utilidades, sino por el bien que genera de manera integral a la comunidad. La riqueza que no se convierte en oportunidad para los demás termina por volverse estéril; el éxito que se mide únicamente en la cuenta de resultados es un éxito a medias. Soñamos con empresarios magnánimos —los mismos que evocaba al comenzar—: mujeres y hombres capaces de mirar más allá del trimestre, de anteponer el bien común al beneficio inmediato, de comprender que no hay prosperidad verdadera mientras haya, al lado, pobreza hiriente.

A mis colegas rectoras y rectores de otras instituciones educativas, a sus docentes y estudiantes. Fomentemos el trabajo conjunto, generemos proyectos de investigación comunes, caminemos hombro a hombro y tengamos una palabra de esperanza para la humanidad. Porque o el futuro es compartido, o no será. No transitemos el camino de la autosuficiencia, en el que cada quien avanza en paralelo. Las universidades de Puebla ya hemos dado ejemplo de encuentro, de reconciliación y de unidad, y nos estamos volviendo ejemplo para muchas otras instituciones y entidades. Pienso en un desafío ineludible que todos vislumbramos: el uso óptimo, pedagógico y ético de la inteligencia artificial. ¡Cuánto podemos hacer juntos, y hacerlo bien! Acompañemos su uso cultivando tres cosas: cultura —dando referentes, contexto, identidad y arraigo a nuestros estudiantes, pues una persona con cultura no sólo escribe excelentes prompts, sino que sabe qué escribir y para qué, sale de las burbujas y promueve de verdad la creatividad—; criterio —formando el discernimiento, la sensibilidad ética y el pensamiento crítico—; y comunidad —pensando en clave de «nosotros», frente al egoísmo acendrado y al inmediatismo voraz—. Tenemos mucho por hacer; pero si lo hacemos juntos, llegaremos, sin duda, mucho más lejos que si cada institución recorre el camino por separado.

A nuestros académicos, quienes enseñan e investigan en la UPAEP. Nunca dejen de aspirar a lo extraordinario. La universidad es una institución potentísima por su capacidad y resiliencia, y sobre todo por su poder para hacer que la gente vuelva a soñar. Porque cuando los jóvenes dejan de soñar se acaba la esperanza para toda la sociedad; en cambio, si lo hacen, abren posibilidades insospechadas. Pero que quede claro: sueño no equivale a ensoñación. No somos una fábrica de ilusiones: potenciamos vocaciones reales, acompañamos historias de vida y ayudamos a que cada quien escriba la suya. Al final de nuestros esfuerzos, la universidad da a luz líderes transformadores —en una gestación que comenzó en las familias y en un largo proceso educativo, donde cooperaron maestras y maestros desde el preescolar—.

Y que a la pasión por formar la acompañe siempre, como binomio inseparable, la pasión por investigar. Generemos conocimiento serio y pertinente, que atienda las problemáticas prioritarias de nuestro pueblo. No balconeemos la vida —y mucho menos desde la torre de marfil de los papers—. No nos es lícito escatimar tiempo ni esfuerzo para dar respuesta a los grandes desafíos que este siglo nos plantea.

A los colaboradores que tienen un puesto en la gestión o administración de la UPAEP. Su labor es fundamental. Su profesionalismo en todo cuanto hacen habilita el cumplimiento de la misión institucional, nos hace crecer a todos y permite el florecimiento de personas íntegras. Detrás de cada clase que inspira, de cada investigación que avanza, de cada alianza y vinculación institucional y de cada experiencia de internacionalización, hay manos que planean, ordenan, resuelven y cuidan lo que casi nunca se ve; y sin esos cimientos, ninguna obra permanece en pie. Administrar esta Casa no es una tarea secundaria, sino una forma altísima de servir. Cuenten con mi gratitud y mi cercanía, y sepan que también ustedes edifican, día a día, todo lo bueno que aquí sucede. Sépanse, pues, interpelados por una vocación: la del servicio y busquen en todo la mejora continua.

A todo el personal de servicio, mantenimiento, seguridad, logística y limpieza: ustedes tienen un lugar especialísimo y toda la comunidad les está agradecida por su esmero, alegría y entrega.

A nuestros queridos estudiantes y padres de familia que confían en nosotros. Esta universidad, a lo largo de más de cincuenta años, ha dado testimonio de la búsqueda comunitaria de la verdad. Pronto descubrirán que aquí nuestros corazones laten juntos por una misma misión. Pondremos todo de nuestra parte para que esta Casa de Estudios esté al servicio de la dignidad y de los derechos humanos; buscaremos que todo aprendizaje promueva la compasión y encienda la pasión, y que los habilite —como decía un gran pensador judío, Emil Fackenheim— para «reparar el mundo». En la UPAEP no se estudia para acumular más saber, sino para servir mejor; porque creemos que quien hipoteca su vida entera al servicio de los demás termina encontrando la clave oculta de la felicidad. Sé que sus corazones anhelan precisamente eso.

Por eso, en esta Universidad queremos aprender a habitar. Habitar la verdad: hacer ciencia en serio, investigación rigurosa, enseñanza de excelencia. Habitar las fronteras: las sociales, científicas, tecnológicas y culturales, porque es en las periferias donde se acrisola una vocación. Habitar la complejidad: porque hay soluciones que, por monofocales, resultan insuficientes; la crisis social y la crisis ambiental, por poner dos ejemplos, sólo podremos enfrentarlas de manera interdisciplinar, intergeneracional e interinstitucional. Y habitar nuestras realidades: reconstruir entre todos este tejido social deshilachado, evitar más muertes fratricidas, aprender a caminar juntos disminuyendo la polarización, y buscar sin descanso justicia, Estado de derecho y protección para los más necesitados: sean nuestros hijos aún en el vientre, escasamente valorados; sean nuestros pueblos indígenas, injustamente rezagados; sean nuestros hermanos migrantes, insuficientemente acogidos.

A nuestros queridos egresados: Ustedes son quienes encarnan la promesa y hacen vida, en medio de su profesión y familia, el espíritu águila: permítanme lanzarles un desafío que nos concierne a todos: nadamos en un liberalismo pervasivo que nos envuelve como el agua al pez, que nos empuja a ser consumidores voraces, a medir el éxito por lo que poseemos, a confundir libertad con desinterés. La UPAEP no está para engrosar las filas del conformismo. Estamos llamados a ser críticos, disruptivos y propositivos. A salir del agua para ver el mar con nuevos ojos.

Vienen a mi memoria las palabras de Newman: «Si hay que asignar un fin práctico al paso por la universidad, es el de formar buenos miembros de la sociedad; su arte es el arte de la vida social, y su fin, la aptitud para el mundo».

Un egresado águila es una persona cuyos sueños transforman, primero, su propia vida, y luego la de su familia, la de sus empresas, organizaciones e instituciones, y, finalmente, la vida entera de su país.

A mi familia: a mi amada esposa, a mis padres, a mis hijos, a mis hermanos y sobrinos, primos y tíos, a mis suegros y a todos los grandes amigos que he tenido en la vida y que han sido también mi familia extendida. Gracias por su presencia, por sus palabras, por su huella en mi existencia. Mis padres me enseñaron a amar a México, a su gente, a su historia, a conocer sus paisajes y a valorar sus tradiciones. Amar a México no es un sentimiento, son acciones concretas: acomedirse en el hogar, ser agradecido con los bienhechores, servicial con los vecinos, trabajador infatigable, generoso con los necesitados, honesto con todos. Nunca serán suficientes las palabras para agradecer todo lo recibido de ustedes, especialmente su ejemplo de vida. Ana, Tomás, Teresa, Catalina, Clara, Mónica y Rebeca: ustedes son mi motor cada día. Espero siempre estar a la altura de lo que se merecen y de lo que significan para mí.

Queridos todos:

La Virgen de Guadalupe encomendó a Juan Diego construir una “casita sagrada” en el Tepeyac (Nican Mopohua, 26), pero esa casita es símbolo de lo que cada persona está llamada a edificar según su propia vocación. Noteocaltzin (casita sagrada) admite varias lecturas complementarias: podemos ser nosotros mismos, templos donde Dios habita; la familia, santuario del amor, la entrega y la unidad sin violencia; la sociedad, que ampara a los desprotegidos y ordena lo político, económico y social hacia el bien común; la Iglesia, forjadora de la civilización del amor; o la Tierra entera, casa común que estamos llamados a custodiar como administradores de la creación. En todas esas dimensiones late una misma vocación: hacer del mundo el hogar de una humanidad reconciliada. ¿Estamos dispuestos a edificar esa casita sagrada, no con piedras, sino con nuestra vida entera?

A nuestra Madre del Tepeyac presentemos nuestros afanes de cada día como aquellas rosas que Ella tomó, acomodó y bendijo en la tilma de Juan Diego, y a su tierna mirada encomendamos nuestros días a partir de ahora.

Muchas gracias