A continuación presentamos el discurso que dirigió a la comunidad universitaria el Doctor Emilio José Baños Ardavín con motivo de su último Informe de Actividades.
Muy buenas tardes tengan todos ustedes.
Con este informe de actividades cerramos un ciclo de trece años de haber recibido la encomienda de estar al frente de esta gran institución. Ha sido un periodo del que se pueden entresacar innumerables logros, experiencias y aprendizajes que dan cuenta del despliegue de los talentos de una comunidad que se ha atrevido a soñar en grande, y que ha demostrado una notable capacidad de concreción. Tanto en el video proyectado como en el Informe escrito, se pueden encontrar los hitos más relevantes por lo que hace a su aporte a los postulados estratégicos que nos rigen.
En este último mensaje quisiera centrarme en algo que ha surgido en conversaciones recientes con colegas y amigos: ¿qué te deja, me han preguntado, esta vivencia como rector? Una pregunta que requiere un poco de distancia, de reflexión. Por la vivencia propia, y seguramente de muchos de los que estamos aquí, diría que el paso por UPAEP es una experiencia que atraviesa nuestro existir en todo su dramatismo, brindándole un nuevo sentido.
El ahora Cardenal Christophe Pierre, en su disertación para recibir el Doctorado Honoris Causa, nos exponía dos grandes experiencias que dieron origen a la universidad: la primera se trata, cito, “de un afecto, de un deseo de verdad que todo hombre lleva inscrito en lo profundo de su ser”, y la segunda, “que la inteligencia humana es capaz de conocer la realidad y penetrar en su sentido”; esto, vivido en una comunidad volcada hacia la construcción del bien común, constituye el modo de ser específico de la UPAEP.
Al recorrer el acontecer de estos años, contemplando el paso de tantas generaciones de jóvenes, profesores y colaboradores, cada uno con su circunstancia de vida concreta, con sus sueños y desafíos entreverados con sus frustraciones y tropiezos, uno descubre el carácter transformador de la universidad por ese anhelo compartido de crecer en la verdad de lo que uno es y de lo que está llamado a ser.
Desde esta perspectiva, lo que más valoro es justamente la oportunidad de haberme encontrado con tantas historias de vida, y en algunas de ellas, de haber podido aportarles algo.
En el mundo de la educación se recurre a las rúbricas para constatar el aprendizaje o dominio sobre algún tema. Pienso que de forma análoga, la rúbrica de estos encuentros ha sido la mirada: fiel ventana del alma. Me llevo esas estampas con el particular brillo del espíritu joven:
- miradas cargadas de ilusión al cruzar por vez primera los umbrales de la universidad;
- miradas de las que brotaban algunas lágrimas al asumir como propio el sufrimiento del amigo;
- miradas llenas de estupor al haber superado sus propios límites y afirmar con orgullo: misión cumplida.
- miradas en fin, que nutren y aleccionan, porque hablan de ese anhelo de verdad y de sentido.
UPAEP es en efecto una experiencia vital que atraviesa la existencia, y con ello también el acontecer de la vida en sociedad, con sus claroscuros. En estos años, atestiguamos con dolor e impotencia el flagelo de la violencia que lacera a nuestro país, y que provocó que las miradas de varios de nuestros jóvenes se apagaran antes de tiempo. En el corazón de esta comunidad universitaria quedan grabados los nombres de:
- Rafael Alfaro, junto a su padre;
- Mara Fernanda Castilla;
- Rosario Luis Merino;
- Ximena Quijano y José Antonio Parada junto con sus compañeros de la BUAP y el conductor que los llevaba;
- José Manuel Fuentes y su padre;
- y Óscar Javier Ortiz.
Hago votos para que la memoria de todos ellos, junto a la de tantas familias y comunidades envueltas en estos duelos, nos comprometa a incidir activamente en la reconstrucción de la paz y recuperación de las libertades, cada vez más erosionadas en nuestro querido México.
Cabe recordar que esta universidad surgió hace más de cincuenta años precisamente como consecuencia de una sana insatisfacción con el estado de las cosas; nuestros fundadores tuvieron la audacia de convertirla en acción comprometida con la libertad y la búsqueda desinteresada de la verdad.
Al paso del tiempo constatamos cómo esa llama fundacional permanece, y se alimenta con el aporte de miles de jóvenes que generación tras generación nutren la hoguera que da vida a la UPAEP.
Hoy la tarea no es menor. Hemos procurado que nuestro quehacer brinde a la sociedad razones para la esperanza. Para lograrlo, nuestra institución abraza como núcleo de su propuesta el humanismo cristiano, puesto que el ansia de verdad y de una vida con sentido, aún cuando la adversidad pareciera insuperable, sólo puede ser saciada por el amor con mayúsculas. En lo personal, me quedo con los destellos en tantas miradas, que misteriosamente traslucen ese tipo de amor.
Es así amigas y amigos que arribamos al momento presente, en el que cerramos un capítulo más en la historia de UPAEP. Lo hago con profundo agradecimiento por lo vivido, y también con gran ilusión por el futuro.
Agradezco a Dios por haberme permitido llegar hasta aquí, con el corazón lleno de vivencias extraordinarias. Inmerecidamente, he recibido una de las más grandes bendiciones en mi vida.
Agradezco a esta querida comunidad universitaria por la oportunidad de navegar juntos en esta barca, y por haber estado resuelta, una y otra vez, a remar mar adentro.
- A la Junta de Gobierno, y a todos los consejeros: en particular a sus presidentes Francisco Emmelhainz, Juan José Rodríguez y Jorge Espina, por su confianza, guía y apoyo;
- a mis compañeros y amigos de Red Directiva, por su camaradería y entrega, sin regateos;
- al claustro de profesores, columna vertebral de nuestra institución, por vivir apasionadamente su vocación;
- a los equipos de colaboradores, por su profesionalismo y genuino espíritu de servicio,
- dentro de ellos una mención en especial a los grupos de mantenimiento, apoyos académicos, limpieza, logística y seguridad: gracias por hacer que las cosas sucedan, por procurar a la universidad como su hogar, y por cuidarnos como a su familia.
A nuestra comunidad estudiantil, hoy representada por Consejeros y Líderes de Mesas y Grupos, gracias por impregnar el Campus de alegría, por atreverse a volar alto, y por dejarnos ser parte de su historia.
Agradezco también el trabajo colaborativo con nuestras autoridades en las diferentes instancias de los tres poderes del Estado, así como su apertura al diálogo, aún en asuntos donde pudiera haber habido disenso.
A nuestro querido arzobispo, Mons. Víctor Sánchez, gracias por su guía y cercanía en todo momento; le reitero la alta estima que le guarda UPAEP. Nos alegra igualmente la presencia de Mons. Felipe Pozos, quien por cierto bendijera el inicio de mi gestión en 2013. Junto con ellos a nuestros capellanes, religiosas y religiosos, por su dedicación al cuidado de la vida interior de la comunidad.
Agradezco el compañerismo y generosidad para emprender proyectos en común de mis colegas rectoras y rectores aquí presentes; en especial de las rectoras Lilia Cedillo de la BUAP y Viviana Ortiz del Tec de Monterrey; y de los rectores Pepe Mata de la Anáhuac Puebla, Job César de la Madero, y Alejandro Guevara de la Ibero; gracias por compartir este caminar.
A mis amigas y amigos líderes de organismos empresariales, así como a los líderes sindicales y de organizaciones de la sociedad civil; agradecerles su iniciativa y trabajo persistente para abrir mejores espacios de participación y propuesta en favor de Puebla.
Así mismo, un reconocimiento en todo lo que vale a los reporteros, conductores, representantes y dueños de los medios de comunicación, por su incansable labor, hoy particularmente crítica, para difundir el acontecer universitario, político y social; por ejercerlo haciendo valer la libertad de expresión, indispensable para nuestra vida democrática.
Un par de agradecimientos más para dos personas extraordinarias, de las que he podido contar con su acompañamiento prácticamente toda mi vida: hombres de fe, con enorme espíritu de servicio, y profundo amor por México. Me refiero a José Antonio Quintana Fernández, que en paz descanse; y a Bernardo Ardavín Migoni. Gracias por tanto.
Y por supuesto, agradecer la comprensión, el amor y la complicidad de mi amada esposa Daniela, y de mis queridísimas hijas Fernanda, Fátima, Paulina y Jimena; increíble verlas crecer en estos años. Dicen ellas que todas tienen algo de águilas, así que pareciera que la historia no ha ido tan mal… Gracias a mis padres que me acompañaron desde el Cielo, y a toda mi familia y amigos que hicieron esta aventura aún más disfrutable.
En este quehacer tuve desde luego mis tropiezos y errores. Aprovecho esta ocasión para ofrecer una disculpa por aquellas ocasiones en las que le hubiere fallado a cualquiera de ustedes, y me confío a su generoso perdón.
Para finalizar, les comparto que vivo este momento con mucha ilusión. En primer lugar, por entregar la estafeta de la rectoría a un hombre de la categoría de Jorge Medina Delgadillo: académico, investigador y directivo de altos vuelos; pero sobre todo gran amigo, esposo y padre de una bella familia. Enhorabuena querido Jorge, y disfruta al máximo cada momento; sé que así será.
Y en segundo lugar, me ilusiona enormemente la conformación de la Red Educativa Spes y la tarea que la Junta de Gobierno ha tenido a bien asignarme como Consejero Delegado. Junto con mi equipo, la asumimos con el mayor entusiasmo para servir y generar sinergias en favor de las instituciones que la integran, diseñando, como nos convoca Su Santidad León XIV, “nuevos mapas de esperanza”.
Amigas y amigos, asistimos a un momento complejo en la historia de la humanidad, una nueva época que nos plantea interrogantes de difícil respuesta. Es por ello que éste es un tiempo propicio e ineludible para la universidad. Recordemos lo que a este respecto insistía San Agustín, cito: “Vivamos bien, y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros.”(Agustín de Hipona, ca. 391-430/2005).
Hagamos, pues, lo nuestro: buscar la verdad, servir con generosidad y trabajar por el bien común. Hoy cambia la encomienda, pero permanece intacta la ilusión de navegar y de seguir construyendo, juntos en comunidad, nuevos mapas de esperanza. Que Dios, el Señor de la historia, nos conceda la sabiduría y la fortaleza para hacer nuestra parte; Él, siempre providente, hará lo suyo.
UPAEP
La Cultura al Servicio del Pueblo
Muchas gracias por su atención










