A continuación presentamos el discurso íntegro que dictó, durante la ceremonia de Investidura del Rector, el Licenciado Jorge Espina Reyes.
Con respeto y gratitud a las autoridades que hoy nos distinguen con su presencia; a mis compañeros y amigos integrantes de la Junta de Gobierno; a los miembros del Sistema Educativo UPAEP y de la red educativa Spes; a los rectores y representantes de universidades que hoy nos honran con su presencia.
A los líderes empresariales y a los líderes sociales; a nuestras autoridades religiosas, especialmente a don Víctor y también a don Felipe que nos acompañan; a la comunidad universitaria; a nuestros estudiantes, profesores, investigadores, colaboradores, egresados, familias y amigos.
Nos reúne este día uno de esos momentos que pocas veces viven las instituciones y que, sin embargo, terminan marcando la historia. No es solamente un relevo en la rectoría; es un día para agradecer, para reconocer, para renovar la confianza y para mirar el futuro con esperanza.
Porque las universidades no se construyen únicamente con edificios, laboratorios o programas académicos. Las universidades se construyen, sobre todo, con personas, y quisiera comenzar precisamente hablando de una de ellas. Hace muchos años conocí a un hombre llamado Emilio Baños.
Lo conocí siendo ambos muy jóvenes. Y con el paso del tiempo comprendí que, si hubiera que resumir su vida en una sola palabra, esa palabra sería familia, porque para él la familia nunca se limita al hogar.
Es una familia que siempre encuentra la manera de hacerse más grande, de abrir espacio para alguien más, de recibir con alegría al amigo, al vecino, al estudiante o al compañero. Tiene un extraordinario sentido de la hospitalidad.
Le gusta que alrededor de la mesa haya conversación, ideas, risas, acuerdos y también desacuerdos, porque entiende que compartir la vida es, antes que nada, compartir el tiempo con los demás. Fue un hombre hospitalario, generoso, cercano, alegre y profundamente humano.
Comparte con naturalidad el pan, la mesa, el techo, la conversación y sus convicciones. Hace sentir a todos bienvenidos, como si cada persona que cruzara la puerta de su casa encontrara también un lugar en su corazón.
Si, como dice el poeta: “Da todo lo que puede dar, su puerta está de par en par; quien quiere entrar tiene un plato en la mesa”.
Es también un hombre multifacético: a él poco le importaron los títulos. Sonríe, escucha, ayuda a resolver problemas y sigue adelante con la sencillez de quien nunca ha necesitado reconocimientos para ponerse al servicio de los demás.
Pero, por encima de cualquier profesión o responsabilidad, es un hombre bueno, un esposo profundamente comprometido, un padre ejemplar y una persona cuya mayor autoridad nace de la coherencia entre lo que cree, lo que dice y la manera en que vive.
Las mejores herencias rara vez se escriben en un testamento o en un libro; se transmiten silenciosamente a través del ejemplo, de los valores y de la forma en que se vive cada día. Hay personas cuya mayor obra no son las instituciones que ayudan a construir, sino las vidas que forman.
Se habrán percatado de que, hasta este momento, he hablado de Emilio Baños, de Emilio Baños padre. Él, desde luego, junto con su esposa, ya hace guardia sobre los luceros. Y no podía comenzar esta tarde de otra manera, porque resulta imposible comprender la trayectoria del Doctor Emilio José Baños Ardavín sin reconocer primero las raíces que le dieron origen.
Querido Emilio: en ti hemos visto reflejados muchos de esos valores que aprendiste en casa. Tu cercanía con las personas, tu profundo sentido de familia, tu capacidad de construir comunidad y tu vocación de servicio son también parte de ese legado.
Hoy, al agradecer tu rectorado, queremos hacerlo reconociendo primero a quien sembró en ti esos principios y, con ellos, contribuyó también, desde el silencio y el ejemplo, a la historia de esta universidad. Durante estos años condujiste a la UPAEP con serenidad, visión y profundo sentido de misión. No, no hiciste crecer únicamente una institución: ayudaste a crecer personas.
Y ese es probablemente el mayor legado que puede dejar un Rector. La Universidad fortaleció su presencia nacional e internacional, consolidó su calidad académica, impulsó la investigación, amplió su vinculación con la sociedad y dio nuevos pasos para responder a los desafíos de nuestro tiempo.
Pero más allá de los indicadores, de las acreditaciones o de los reconocimientos, permanece una comunidad más fuerte, más unida y más consciente de la responsabilidad que tiene con México. Por ello, a nombre de la Junta de Gobierno y de toda esa comunidad universitaria, te expresamos nuestro más profundo agradecimiento.
Hoy concluye una etapa extraordinaria de tu servicio a la UPAEP, pero no concluye tu misión.
Con enorme alegría debemos asumir ahora una nueva responsabilidad al frente de la red educativa Spes; una misión que permitirá que esa experiencia, esa visión y ese compromiso puedan multiplicarse al servicio de muchas instituciones educativas y, con ellas, a miles de jóvenes. Muchas gracias, Emilio.
Hace algunos días, una de tus hijas me llamó para hacerme partícipe de unas palabras que querían que te dijeran a través de quienes estamos a tu alrededor. Entonces, permíteme concluir con unas palabras que nacen no solo del presidente de la Junta de Gobierno, sino del amigo que ha tenido el privilegio de caminar contigo durante estos años.
Tu paso por la rectoría deja una huella profunda en esta universidad. Pero quienes mejor conocen el costo silencioso de esta entrega son Dany, tus hijas, tu familia, que compartieron contigo el tiempo, las preocupaciones y también las alegrías de esta misión.
Ellos me pidieron que hoy te dijera, en nombre de quienes tanto te quieren, algo muy sencillo: muchas gracias, Emilio; gracias por haber servido con generosidad, por haber sido coherente con tus principios y por mostrarles con tu ejemplo que el verdadero liderazgo siempre comienza en el servicio.
Estoy seguro de que el mayor orgullo que ellas sienten hoy no es que hayas sido Rector de la UPAEP, sino el hombre y el padre que has sido para ellas.
Que Dios siga bendiciendo tu camino y el de tu familia en esta nueva etapa.
Este día también damos la bienvenida al Doctor Jorge Medina Delgadillo. Pero antes de hacerlo vale la pena mirar por un instante la historia, porque ninguna institución llega hasta aquí por casualidad. La UPAEP ha sido edificada con hombres y mujeres que, en distintos momentos, asumieron la enorme responsabilidad de conducir esta obra educativa.
Recordamos al ingeniero Vicente Pacheco, primera autoridad entonces de esta universidad; entonces secretario general, con su liderazgo fundacional y visionario. Al maestro Mario Iglesias, cuya conducción firme y generosa, y su extraordinario liderazgo, consolidó una etapa decisiva. Al maestro Javier Cabanas, siempre con su espíritu universitario y humanista: todos ellos ahora hacen guardia sobre los luceros.
Pero todavía están con nosotros el Doctor Alfredo Miranda, cuya gestión innovadora y comprometida fortaleció el crecimiento de nuestra institución; y, desde luego, el Doctor Emilio Baños, cuyo liderazgo sereno, cercano y transformador deja una profunda huella en nuestra universidad.
Cada uno recibió una estafeta; cada uno la entregó fortalecida. Y hoy esa misma confianza recae en Jorge Medina.
Querido Jorge: recibes una universidad sólida, pero sobre todo recibes una comunidad viva; una comunidad que cree profundamente en su misión y que sabe que la educación sigue siendo una de las formas más nobles de transformar la sociedad. Tienes todo nuestro respaldo. Pero también compartimos contigo la conciencia de la enorme responsabilidad que hoy asumes.
Porque los desafíos del presente exigen universidades que no solo formen excelentes profesionistas, sino mujeres y hombres capaces de reconciliar, dialogar, servir y construir el bien común. Confiamos plenamente en ti y caminaremos contigo.
Ese relevo rectoral coincide con un momento profundamente significativo en los 53 años de historia de la UPAEP. A lo largo de estas décadas hemos vivido muchos hitos, pero hoy somos testigos de uno que marcará un antes y un después.
El nacimiento y consolidación de la red educativa Spes presenta una nueva etapa para la educación superior en Puebla y en México. No se trata únicamente de una nueva estructura institucional. Se trata de una visión compartida; de una comunidad de instituciones que decide caminar unidas para responder, desde el humanismo cristiano, a los grandes desafíos de nuestros tiempos.
Hoy esa visión compartida congrega a una comunidad educativa de más de 25 mil personas unidas por una misma inspiración, una misma misión.
Son miles de estudiantes, profesores, investigadores, colaboradores y directivos que han decidido demostrar que la integración entre instituciones no solo fortalece a cada ente, sino que multiplica su capacidad de formar vidas y de servir al bien común.
Y con ello llegan también nuevas responsabilidades: para Emilio Baños, al asumir el liderazgo de esta red; para Jorge Medina, al conducir la universidad dentro de este nuevo horizonte; y para todos nosotros, llamados a fortalecer este proyecto con generosidad, inteligencia y espíritu de servicio.
Quiero expresar también nuestro profundo agradecimiento a los Misioneros de Guadalupe y a la Universidad Intercontinental por su apertura, su confianza, su generosidad y su visión para formar parte de esta gran red educativa que hoy comienza a escribir una nueva página.
Muchas gracias, padre Eugenio, superior de los Misioneros de Guadalupe. Muy amable por la confianza que han tenido en nosotros.
Pero ninguna universidad puede olvidar al país que sirve. Hace apenas unos días, durante su visita a México, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, mano derecha de Su Santidad el Papa León XIV, nos dejó una reflexión profundamente conmovedora.
Al referirse a las madres buscadoras, mencionó durante su homilía en la Basílica de Guadalupe lo siguiente: “Su ejemplo resuena con especial fuerza aquí en México, donde tantas madres siguen buscando con firmeza y fe a sus hijos desaparecidos.
Nada puede impedirles hacer todo lo posible por ayudar a sus hijos, y todos podemos ayudarlas con nuestra oración para que, al igual que aquella mujer del evangelio de hoy, su perseverancia y fe sean recompensadas”.
Son palabras que interpelan nuestra conciencia.
Que esas palabras hayan sido pronunciadas por el cardenal Parolin les confiere un significado especial. A través del cardenal, el Papa ha querido hacerse cercano a un país marcado por el dolor de la violencia, las desapariciones y el sufrimiento de tantas familias, recordándonos que esa realidad no puede ser ignorada y que nuestro compromiso por construir un México más humano y reconciliado es más urgente que nunca.
Hoy nuestro país registra más de 132,000 personas desaparecidas. Detrás de cada cifra hay un nombre, una historia, una familia y una madre. Madres que, cuando las instituciones no han podido responder, han salido ellas mismas al campo. Han tomado una pala. Han escarbado la tierra con sus propias manos. Han recorrido montes, caminos y desiertos buscando un indicio, una prenda, un rastro; cualquier señal que les permita volver a abrazar, aunque sea en la memoria, a quienes les fueron arrebatados.
No podemos acostumbrarnos a ese dolor. No podemos permitir que la indiferencia sustituya a la compasión.
Como Universidad de inspiración humanista, nuestra responsabilidad no termina en las aulas. Estamos llamados a formar personas capaces de reconocer la dignidad de todo ser humano y de comprometerse con la construcción de una sociedad más justa, reconciliada y en paz.
Ese compromiso también nos obliga a mirar con honestidad la realidad de nuestra propia tierra. Puebla es un estado de enorme talento y potencial, pero también de profundas desigualdades. Somos el quinto estado más poblado de México, pero apenas la décima economía del país, por lo que nuestro PIB per cápita es inferior en 30% al del promedio nacional.
A ello se suma que el 72% de las personas ocupadas trabaja en la informalidad, mientras el 43% de nuestra población vive en situaciones de pobreza y el 7% enfrenta la pobreza extrema.
Estas cifras deben interpelarnos, particularmente a quienes tenemos responsabilidades de liderazgo en el ámbito empresarial, porque el desarrollo económico y la prosperidad no son tarea exclusiva del gobierno.
Los empresarios, los presidentes de organismos empresariales y quienes generan empleo están llamados a asumir un papel decisivo en la construcción de una economía más competitiva, más incluyente y más humana, capaz de abrir oportunidades para todos y no solo para unos cuantos.
Frente a desafíos de esta magnitud, ninguna institución puede responder por sí sola. Es momento de fortalecer una auténtica alianza entre el sector público, el empresariado, la academia y la sociedad civil: esa gran tetrahélice que, cuando trabaja con generosidad y visión de futuro, es capaz de transformar realidades desde nuestras distintas responsabilidades.
Estamos llamados a poner en el centro el bien común.
Pero esa transformación no ocurrirá por inercia ni por el simple paso del tiempo. Depende, en gran medida, de la voluntad, de la generosidad y de la visión de quienes hoy tenemos la responsabilidad de tomar decisiones desde el servicio público, el empresariado, la academia y la sociedad civil.
Son los liderazgos de cada uno de estos sectores los que pueden optar por impulsar proyectos que privilegien el bien común y no intereses particulares.
Ejemplos como el de Bilbao nos recuerdan que la verdadera transformación de una ciudad, de una sociedad, solo fue posible cuando todos esos sectores decidieron sentarse a la mesa, compartir un propósito superior, trabajar y, juntos, con perseverancia, durante muchos años.
Puebla y México necesitan menos esfuerzos aislados; más voluntades unidas, convencidas de que el desarrollo, la justicia y la paz solo serán posibles cuando caminemos juntos.
En este momento les pediría respetuosamente que nos pongamos de pie.
Guardemos un minuto de silencio que nos sirva de reflexión por todas las personas desaparecidas de nuestro país, por sus familias y especialmente por esas madres que siguen buscando con una esperanza que no se rinde.
Muchas gracias.
Que ese silencio no termine aquí. Que se convierta en compromiso, porque educar también significa sanar; educar significa reconciliar; educar también significa sembrar esperanza.
Hoy hemos agradecido un legado. Hoy hemos recibido una nueva responsabilidad. Hoy hemos recordado el profundo dolor de nuestro país. Pero quienes creemos en Dios sabemos que la esperanza nunca nace de la indiferencia, sino de la certeza de que Él sigue caminando con su pueblo.
Que Dios siga bendiciendo a este centro de estudios que es nuestra Universidad. Que ilumine el camino del Doctor Emilio Baños en la nueva misión que hoy emprende. Que acompañe al Doctor Jorge Medina al iniciar esta nueva etapa.
Que bendiga a cada integrante de nuestra comunidad universitaria y nos conceda la sabiduría para seguir formando personas que transformen la sociedad con verdad, con libertad, con justicia y con mucha responsabilidad.
Quisiera concluir estas palabras compartiendo un poema del escritor poblano Tamiro Miceneo, cuya fuerza simbólica resume de manera extraordinaria el desafío y la esperanza de nuestra patria. Dice:
“Todo en la naturaleza es simbolismo.
Hay en la Sierra de Puebla una flor encantadora,
una que el indio llama flor que llora,
flor que llora colgada en el abismo.”
Perfecta analogía encuentro en ella con la patria mía,
y el lado adverso me parece el mismo.
México es una flor encantadora,
pero es una flor, flor que llora colgada en el abismo.
Que Dios nos conceda la sabiduría para cuidar esta universidad y la fortaleza para servir a México, hasta que nuestra patria deje de ser una flor que llora y vuelva a ser una nación encantadora.
Muchas gracias.










