Recuerdo con mucho cariño una canción infantil que decía: “En la granja de mi tío, ia-ia-o…”. En ella aprendíamos los nombres y sonidos de diferentes animales. Han pasado los años y el mundo parece ser que ha mutado en parte de granja y de ia. Mientras que las tiranías/dictaduras de todo signo asoman el ojo entre las puertas de las no tan extensas democracias mundiales, acercándose a la novela Rebelión en la granja de George Orwell. En el segundo factor, la tradición oral y las canciones son metalizadas en una IA con mayúsculas.
Los nodos de la inteligencia artificial, ni inteligente ni imparcial, son manejados por EE.UU., China y Europa. ¿Acaso no podemos liderar desde el propio México un nodo hispanoamericano que se sume a los ya existentes? ¿Debemos plegarnos a bases de datos informativos que no atiendan a verdades y acciones culturales propias? La IA no sustituye al criterio científico de un especialista y su mal uso puede incentivar una desigualdad, ya sea por motivos del acceso al conocimiento, de carencias en la formación intelectual, de infraestructuras tecnológicas, de alfabetización digital…
Aprender de patrones y, recientemente, hasta aparentar el pensar en quebrantarlos, ha generado un sesgo de la BIG DATA que puede llevarnos a dejar de ver las puertas de Jerusalén como un camino de salvación para sustituirlo por una barrera ideológica que quebrar, como los muros de Troya, por dividir el cosmos del caos, la inteligencia de la barbarie, el bueno contra el malo, el rico contra el pobre…
El dominio de la información es uno de los grandes poderes mundiales, desde el saber plantar una flor hasta la operación quirúrgica más complicada. Tener conocimientos nos ayuda a progresar. ¿Acaso el amor por la ciencia lo hemos perdido? IA, IA… ¡Oh!
Un estimado historiador de Ciudad de México, de cuyo nombre sí me acuerdo, pero no voy a citar, publica cada cierto tiempo en las redes sociales, con sorpresa, la imagen de una persona leyendo un libro en el autobús. No le pone título, pero intuyo que de ponerlo sería algo así como “Sucesos extraordinarios del siglo XXI”.
No crean que la crítica le aleja del papel, pues sube dicha fotografía en sus redes desde su lugar de trabajo, que destaca con múltiples armarios expositores con infinidad de libros leídos a sus espaldas. Para que le llame la atención que alguien lea un libro en un transporte público, ¿cuánto habrá vivido? IA, IA… ¡Oh!
Viajemos con la imaginación y tracemos una historia sobre ello. Lupita era la menor de dos hermanos. Juan se acababa de titular. Es la primera generación de licenciados que ha vivido desde el primer día junto a la IA en su titulación.
En la celebración de su ceremonia de egreso Juan presumía de haber generado el 70% de las tareas, el 40% de los exámenes, el 60% de los ensayos y hasta el 99% de los mensajes de amor a sus parejas con la IA. Lupita lo miraba con sus quince años y dos meses con un rostro entre perplejidad, asombro y cierta incomodidad a partes iguales.
Juan le pedía a la IA generar imágenes que le hicieran más joven y apuesto junto a su título universitario, que debía incorporar en letras de neón luminosas “Gracias a la IA”. IA, IA… ¡Oh!
Lupita había escuchado durante años los debates a micrófono abierto que su hermano había generado con sistemas informáticos, mientras jamás pidió una tutoría a un docente. Nunca vio un lápiz o un bolígrafo en las manos de su hermano; sus manos eran más finas que las de un marqués del siglo XVIII.
Encontró en una caja junto a los zapatos el cementerio de memorias USB más rancio que te puedas imaginar, por ser modelos desde 2019. Estaban numerados, rotulados y hasta mordisqueados. Lupita llegó a emocionarse cuando encontró dos cuartillas impresas en la parte posterior de la mesa de trabajo de Juan.
Naufragó cuando, al leerlas, se dio cuenta que eran prompts que habían compartido varios grupos de alumnos para dar solución a una tarea sin autorización ni supervisión del docente. ¿Acreditar dichas materias de ese modo de qué habrá servido? IA, IA… ¡Oh!
Tras un suspiro, Lupita, que seguía escuchando a todo volumen desde su celular el último éxito de su cantante favorito, envió el último mensaje del día en su estado: “Luna menguante, símbolo de prohibido y una campana tachada”; es decir: “No conectado, no molestar”.
Hacía tres días le había preguntado a su abuela qué libros debía leer si quería ser más sabia. Hacía dos lo consultó con su profesor tutor. Apenas hace unas horas le pidió a la IA clasificar el listado final por dificultad de lectura y hasta por los precios de cada editorial.
Poniendo su concierto favorito de fondo, pero sin sonido, tomó nuevamente entre sus manos su última compra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, sonrió y continuó. IA, IA… ¡Oh!










