La intención colectiva y la acción social en la universidad: una mirada desde Searle
10/08/2026
Autor: Roberto Casales García
Cargo: Profesor Investigador de Formación Humanista

No podemos hablar de la realidad social sin comprender sus fundamentos. En este sentido, nuestra comprensión del mundo social está íntimamente vinculada a lo que algunos autores, como John R. Searle, han denominado “ontología social”. De acuerdo con Searle, una de las piedras angulares de esta ontología social recae sobre lo que se denomina como “intención colectiva”, bajo el entendido de que la intencionalidad es uno de los elementos constitutivos de toda prâxis, i.e., de la acción, y que la realidad social depende, en muy buena medida, del modo en el que interactuamos socialmente. Para Searle, en efecto, la intención colectiva es uno de los presupuestos necesarios para la creación y mantenimiento de los hechos institucionales, sin los cuales no existiría la realidad social, tal y como ocurre con la mera intencionalidad respecto de la acción.

Como se aprecia en las teorías contemporáneas de la acción, como sostienen autores como Anscombe o Davidson, para que un determinado acto pueda ser considerado como una genuina acción es necesario que el movimiento corpóreo en virtud del cual se materializa, responda a una determinada intención que el agente se prescribe al momento de ejecutar dicho movimiento. Extender la mano para encender o apagar la luz es una genuina acción, en sentido estricto, ahí donde ese movimiento corpóreo responde a una intención que me he propuesto realizar mediante la ejecución de tal o cual acto. De ahí que la intencionalidad sea fundamental para comprender nuestra acción y que, por coextensión, si queremos comprender la acción social, sea necesario comprender la “intención colectiva” que subyace a tal o cual fenómeno social.

Para que exista una intención colectiva, según Searle, no basta con que ni los diversos agentes que componen una sociedad realicen lo mismo, i.e., se comporten de la misma forma, ni que exista una meta común entre ellos. En el primer caso podría suceder que dos individuos, a pesar de realizar la misma acción, se proponen cosas diferentes, como ocurre al encender la luz, donde observamos que un mismo acto se puede realizar por una infinidad de razones diferentes. Uno puede encender la luz, en efecto, para poder leer, pero también para dar un ejemplo en clase. Aquí, aunque la acción supone el mismo tipo de movimiento -tiene el mismo tipo de efectuación-, supone dos intenciones totalmente distintas.

Podría ocurrir, sin embargo, que dos agentes realizaran acciones semejantes por las mismas razones, como ocurre cuando comparten una misma meta. En este mismo instante, por ejemplo, existen infinidad de personas que clasifican su basura con la firme intención de reducir el impacto ambiental que esta suele tener. Eso no implica necesariamente, sin embargo, que exista una intencionalidad colectiva de fondo, capaz de dotar a sus acciones individuales de cierta cohesión, ya que para esto es necesario que exista un nosotros que no sea meramente el resultado de la suma de intenciones individuales paralelas.

Aunque hablar de la intención colectiva no basta para comprender la realidad social, y menos una realidad tan compleja como la universidad, podemos decir que esto último arroja algunas luces para su estudio. La intención colectiva, en efecto, constituye un requisito fundamental para comprender la universidad como una comunidad. Esto se debe a que en la universidad solo existe una comunidad, en el sentido estricto del término, ahí donde existe un “nosotros”: no basta, por ejemplo, con que todos los docentes nos propongamos formar líderes transformadores, ni basta con que todos recurramos al mismo tipo de medios o metodologías para hacerlo -como es el caso de las metodologías activas-. Además de esto. es necesario que exista un “nosotros” en virtud del cual comprendamos nuestra acción.