Lecciones de biotecnología para la vida diaria
Agosto es Hongosto. Estamos en plena temporada de hongos, así que no te sorprenda encontrarte uno en el jardín. No tengo claro quién decidió que necesitábamos un mes entero para celebrar a los hongos, pero estoy completamente de acuerdo.
El año pasado, en esta misma columna, propuse por primera vez vivir en modo hongo. Empezamos en nivel básico: mientras nosotros solemos asociar el éxito con avanzar rápido, crecer, producir y hacernos visibles, los hongos parecen operar con otras reglas. Pueden permanecer discretamente en un lugar y, mientras aparentemente “solo existen”, descomponen materia, movilizan nutrientes, establecen relaciones y transforman el ambiente que los rodea. La primera lección fue sencilla: no hace falta ser visible todo el tiempo para tener impacto.
Después descubrimos que ponerse en modo hongo tampoco significa romantizar a estos organismos. Algunos son patógenos, producen toxinas o deterioran aquello que quisiéramos conservar. Pero incluso el lado oscuro del modo hongo tenía algo que enseñarnos: comprender antes de eliminar. Conocer los mecanismos que les permiten colonizar, competir o sobrevivir también nos ha permitido desarrollar medicamentos, enzimas y nuevas estrategias biotecnológicas.
Para el nivel difícil subimos la apuesta. Encontramos hongos capaces de crecer en ambientes extremos, de aprovechar contaminantes como fuentes de carbono, asociarse con otros organismos y sobrevivir donde parecía que había muy pocas oportunidades para hacerlo. Y cuando creíamos que ya habíamos llegado bastante lejos, desbloqueamos el modo hongo radiactivo: hongos ****melanizados capaces de tolerar niveles extraordinarios de radiación, que incluso han despertado interés por su posible uso como protección biológica en la exploración espacial.
Finalmente llegaron las levaduras (mis particulares favoritas): pequeñas fábricas celulares que nos recordaron que muchas de las grandes transformaciones ocurren desde adentro y sin hacer demasiado ruido.
Para entonces, el modo hongo había dejado de parecer una colección de curiosidades biotecnológicas y comenzaba a convertirse en una forma de observar la vida: crecer sin prisa, aprovechar lo disponible, adaptarse, establecer redes y transformar sin necesidad de hacerlo todo escandalosamente.
Parecía que ya habíamos llevado el modo hongo bastante lejos.
Resulta que no lo suficiente.
Apenas me encontré un artículo científico que parecía escrito especialmente para este Hongosto. El equipo de investigación de Moon estudió un lugar donde, durante mucho tiempo, prácticamente no habíamos pensado en buscar hongos: aguas atrapadas en una formación de shale, entre 247 y 556 metros debajo de la superficie, en la cuenca de Michigan.
La biósfera profunda es un ambiente peculiar: hay poca disponibilidad de energía, ausencia de luz, condiciones anóxicas y materiales orgánicos que llevan enterrados millones de años. Este ambiente se consideraba un territorio dominado esencialmente por bacterias y arqueas; los eucariotas, como los hongos, se asumían escasos, transitorios o poco relevantes.
Pero cuando Moon y sus colaboradores decidieron buscarlos, los encontraron.
Y encontraron muchos honguitos.
Mediante herramientas moleculares identificaron 689 grupos de hongos pertenecientes a seis filos. Además, consiguieron cultivar 205 aislados y detectaron 13 candidatos a taxones posiblemente nuevos. Algunos pertenecen a grupos como Agaricomycetes y Dothideomycetes, conocidos en ambientes superficiales por una habilidad que ya nos resulta bastante familiar en esta historia: degradar compuestos de carbono particularmente difíciles de transformar.
Los hongos estaban ahí.
No acababan de llegar. No estaban esperando que alguien los rescatara. Y, sobre todo, no parecían estar simplemente aguantando.
Las condiciones geoquímicas de esas aguas parecen haber permanecido relativamente estables desde el Pleistoceno tardío. Los colegas incluso proponen que el agua proveniente del deshielo glacial pudo ser una de las vías por las que los microorganismos cercanos a la superficie llegaron hasta estas formaciones. Lo extraordinario es que, en esas condiciones relativamente estables y prácticamente desconectadas de aportes continuos de la superficie, la vida no se detuvo.
¿Y de qué vive una comunidad cuando aparentemente no llega nada nuevo?
De transformar lo que ya está ahí.
El equipo de Moon propone que algunos de estos hongos podrían degradar parte del carbono antiguo y recalcitrante atrapado en el shale y convertirlo en biomasa y moléculas más accesibles para otros microorganismos. Estos productos pueden entrar después en otras rutas metabólicas y contribuir, incluso, a procesos que terminan en la producción de metano.
Es decir, los hongos no solo podrían haber encontrado una manera de permanecer en un ambiente difícil. Al transformar los recursos disponibles, podrían estar contribuyendo a que otros organismos también permanezcan.
Y aquí es donde el modo hongo se vuelve todavía más interesante.
Porque quizá confundimos demasiado fácilmente permanecer con quedarse quieto.
Y esta es la lección de Hongosto: los hongos nos han enseñado a crecer sin prisa, transformar sin hacer demasiado ruido, aprovechar lo que tenemos disponible, resistir en condiciones adversas y construir relaciones con otros organismos. Y ahora podemos agregar algo más: permanecer no significa quedarse igual.
En la naturaleza, los sistemas que persisten no necesariamente son aquellos que permanecen intactos. Las condiciones cambian, las relaciones se reorganizan, aparecen recursos distintos y algunas capacidades que parecían poco importantes se vuelven fundamentales.
Eso no significa que cualquier cambio sea bueno, ni que adaptarse consista simplemente en soportarlo todo. Los hongos del subsuelo cuentan una historia que me parece mucho más interesante: permanecer puede requerir reconocer las condiciones que existen, aprovechar capacidades que ya estaban ahí, establecer nuevas relaciones y transformar lo disponible para seguir construyendo.
Quizá por eso, a más de un año de estar hablando de hongos, sigo encontrando nuevas razones para volver a ellos. Mientras nosotros apenas empezábamos a descubrirlos, ellos llevaban miles de años haciendo exactamente lo que mejor saben hacer: existir, relacionarse y transformar.
Tal vez ese sea el verdadero modo hongo. Cuando entendí eso, no pude evitar preguntarme: si permanecer no significa quedarnos iguales, ¿cuánto podemos transformarnos sin dejar de ser nosotros mismos?
Cualquier cosa que quieras preguntarme sobre lo que escribo, dímelo: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.. En cuanto pueda te contestaré y, si no tengo la respuesta, sé que mis colegas de la Facultad de Ingeniería Molecular y Tecnologías Sustentables podrán ayudarnos.
Estas son las lecciones de biotecnología para la vida diaria.










