La hora que nadie quiere: apuntes sobre nuestra corresponsabilidad
09/09/2026
Autor: Jorge Medina Delgadillo
Foto: Rector UPAEP

“Un par de veces he expresado la opinión de que cada pueblo y aun cada individuo, en lugar de acunarse en falsas “responsabilidades” políticas, debería antes bien examinar en su propio interior hasta qué punto él mismo es corresponsable de la guerra y de todas las demás miserias del mundo por sus fallos, descuidos y malos hábitos; ése sería tal vez el único camino para evitar la próxima guerra. Esto no me lo perdonan, pues, desde luego, todos ellos se consideran perfectamente inocentes (...) Reflexionar una hora, recapacitar un rato sobre sí mismo y preguntarse hasta qué punto participa uno mismo y es corresponsable de la basura y la maldad del mundo... ¡mira, eso no lo quiere nadie!” [Hesse, H. (2012). El lobo estepario (M. Manzanares, trad.). Alianza Editorial].

Leyendo este pasaje, destaco tres ideas que me parecen honestas y útiles:

  • La autocrítica como antídoto: mucho se evita revisando nuestros propios fallos, descuidos y malos hábitos, lo que nos ayuda a prevenir nuestras pequeñas o grandes “guerras”. Pensar seriamente en nuestro grado de corresponsabilidad frente a la maldad del mundo es infinitamente más útil que desentendernos de ella.
  • El comodín de la inocencia: el pretexto ideal ha sido siempre navegar bajo la bandera de la “inocencia”. Ya se trate del káiser, de los generales, de los políticos o de nosotros mismos, casi nadie tiene el valor de reconocer su parte ni de aceptar alguna culpa.
  • La hora que nadie quiere: aunque la autocrítica y la reflexión están al alcance de todos y solo nos cuestan una hora, silencio y concentración, resulta que, como dice el texto, “eso no lo quiere nadie”. ¿Por qué? Porque siempre es más placentero “acunarse” en cuentos, relatos y autoengaños.

Estas ideas, expresadas por Harry Haller (el protagonista de la novela), me parecen sumamente esclarecedoras. Y aunque pareciera que se habla de guerras mundiales, la verdad es que son un espejo finísimo que se puede aplicar a nuestra vida cotidiana, en el hogar y en nuestra querida Universidad.

Aterrizando esto a nuestra realidad, y rompiendo un poco nuestros propios autoengaños, me surgen algunas preguntas incómodas sobre nuestro grado de corresponsabilidad:

  • ¿Cuál es mi grado de corresponsabilidad en no haber llegado a una meta de matrícula? ¿O de plano siento que no me toca ni pensar en ello porque soy investigador, porque soy administrativo o porque pertenezco a otro decanato?
  • ¿Cuál es mi grado de corresponsabilidad en el clima laboral de la Universidad? ¿O asumo que no vale la pena pensar en ello porque mi área, mis compas y mi equipo tenemos un ambiente aparentemente fantástico?
  • ¿Cuál es mi grado de corresponsabilidad en el buen uso de los recursos, en el cuidado de los inmuebles y de los equipos? ¿O creo que no es necesario pensar en ello porque asumo que de eso se encargan los de Gestión y Finanzas?
  • ¿Cuál es mi grado de corresponsabilidad en la formación de los chicos, en dar un buen ejemplo, ofrecer una corrección oportuna o mostrar una legítima preocupación por su futuro? ¿O siento que eso ya es “too much” pues yo solo vengo a dar mi clase?

Hacerse estas preguntas no es para darnos golpes de pecho ni para buscar culpables. Todo lo contrario. Es darnos cuenta de que la Universidad no es un ente abstracto distante, sino una comunidad que estamos construyendo (o desgastando) con cada pequeña decisión.

Nadie nos pide que carguemos con todo el peso de la institución sobre los hombros, pero quizá valga la pena regalarnos esa “hora que nadie quiere” para ver qué pedacito de la bronca es nuestro, o mejor aún, en qué pedacito de la solución podemos convertirnos. Al final, las grandes transformaciones no vienen de un manual; vienen de animarnos a soltar la bandera de la “inocencia” y decir: “esto también es mío, ¿cómo le entramos?”

Un abrazote a todos.